—Durhomme tenía una sobrina de siete años llamada Clementina. Vivía en Montevideo y una vez, cuando estaba con gripe, Frèdèric le escribió una carta que decía así…
Clementina: cuando compré el papel avión para escribirte esta carta, pensaba que ya venía con alas y timón y que volaría solo hasta allá, pero el del correo me dijo que será mejor que lo envuelva en un sobre, le ponga mi nombre, el tuyo, lo lleve hasta un buzón y me olvide del asunto. La gente sigue empecinada en no querer volar.
Fijate que te estoy escribiendo con mi puño y letra y que una vez me dijiste que era igual a las letras de la máquina de escribir. Me acuerdo que me contaste que tu papá decía que los papeles importantes van con letras de máquina de escribir y que le aclaraste que yo debía ser importante porque también escribo con letras de máquina de escribir. Yo no sé si soy importante, sobrina, pero mientras lo sea para vos y la tía Jacinta todo irá de maravillas.
Entonces, estas palabras que elegí y ordené en series de siete líneas por párrafos no curarán tu gripe pero, al menos, te la harán olvidar por un rato.
Hablando de olvidos, no recuerdo si te llegué a contar cuando tenía un submarino hace unos años, porque hablamos y paseamos tanto la última vez que se me entreveran los cuentos como en un plato de tallarines. Cuestión que con un amigo teníamos un submarino que se lo compramos a unos rusos cuando se cayó el muro. Muro que era la medianera que separaba nuestra casa de una familia rusa y por pura erosión interna, el mismo se cayó. De todas maneras, teníamos el submarino ahí, en la puerta de casa, estacionado.
Los submarinos tienen que estar en el agua y cada tanto lo baldeábamos, a veces, incluso, con un chorrito de Fabuloso Lavanda para que tomara rico olor. Siempre paseaba con él por la orilla del Sena, asomándome en cada esquina por la escotilla y pegando un bocinazo mientras sacaba el brazo afuera.
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