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Ensayos sobre arte escritos por Frèdèric Durhomme, en los cuales admite sus técnicas para crear textos, así como también, para afanarlos con todo éxito.

Le Voyage dans la Lune
Escena de «Le Voyage dans la Lune» de Georges Méliès (1902).

De la carta a la luna

—Dur­homme te­nía una so­brina de siete años lla­mada Cle­men­tina. Vi­vía en Mon­te­vi­deo y una vez, cuando es­taba con gripe, Frè­dè­ric le es­cri­bió una carta que de­cía así…

Cle­men­tina: cuando com­pré el pa­pel avión para es­cri­birte esta carta, pen­saba que ya ve­nía con alas y ti­món y que vo­la­ría solo hasta allá, pero el del co­rreo me dijo que será me­jor que lo en­vuelva en un so­bre, le ponga mi nom­bre, el tuyo, lo lleve hasta un bu­zón y me ol­vide del asunto. La gente si­gue em­pe­ci­nada en no que­rer volar.

Fi­jate que te es­toy es­cri­biendo con mi puño y le­tra y que una vez me di­jiste que era igual a las le­tras de la má­quina de es­cri­bir. Me acuerdo que me con­taste que tu papá de­cía que los pa­pe­les im­por­tan­tes van con le­tras de má­quina de es­cri­bir y que le acla­raste que yo de­bía ser im­por­tante por­que tam­bién es­cribo con le­tras de má­quina de es­cri­bir. Yo no sé si soy im­por­tante, so­brina, pero mien­tras lo sea para vos y la tía Ja­cinta todo irá de maravillas.

En­ton­ces, es­tas pa­la­bras que elegí y or­dené en se­ries de siete lí­neas por pá­rra­fos no cu­ra­rán tu gripe pero, al me­nos, te la ha­rán ol­vi­dar por un rato.

Ha­blando de ol­vi­dos, no re­cuerdo si te lle­gué a con­tar cuando te­nía un sub­ma­rino hace unos años, por­que ha­bla­mos y pa­sea­mos tanto la última vez que se me en­tre­ve­ran los cuen­tos como en un plato de ta­lla­ri­nes. Cues­tión que con un amigo te­nía­mos un sub­ma­rino que se lo com­pra­mos a unos ru­sos cuando se cayó el muro. Muro que era la me­dia­nera que se­pa­raba nues­tra casa de una fa­mi­lia rusa y por pura ero­sión in­terna, el mismo se cayó. De to­das ma­ne­ras, te­nía­mos el sub­ma­rino ahí, en la puerta de casa, estacionado.

Los sub­ma­ri­nos tie­nen que es­tar en el agua y cada tanto lo bal­deá­ba­mos, a ve­ces, in­cluso, con un cho­rrito de Fa­bu­loso La­vanda para que to­mara rico olor. Siem­pre pa­seaba con él por la ori­lla del Sena, aso­mán­dome en cada es­quina por la es­co­ti­lla y pe­gando un bo­ci­nazo mien­tras sa­caba el brazo afuera.
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