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Ensayos sobre arte escritos por Frèdèric Durhomme, en los cuales admite sus técnicas para crear textos, así como también, para afanarlos con todo éxito.

Elvis
Elvis Presley con su guitarra Gibson J-200 en 1957.

Heartbreak tale

—Cuando El­vis mu­rió, Tom Waitts dijo: «tal vez, se cansó un poco de arre­glar los co­ra­zo­nes ro­tos del mundo» y fue así que Dur­homme se quitó esa cu­rita del alma.

Frè­dè­ric Dur­homme, vol­vía, sin ho­jas que leer, una fría tarde de do­mingo, ape­nas en no­viem­bre, en el au­to­bus, casi va­cío, los vi­drios des­en­fo­ca­dos por la con­den­sa­ción, el puño del saco hú­medo por en­fo­car la ven­ta­ni­lla en un arco de cir­cun­fe­ren­cia que acercó un poco más a la ciu­dad. El único mo­vi­miento fue la iner­cia de la fre­nada, en la pa­rada si­guiente, cuando la gente subió.

Re­cor­daba cada mi­nuto, cada su­su­rro, ni un mi­nuto en vano, el brazo des­li­zando la cin­tura, la fría mano que ha­bía que abri­gar cuando ca­mi­na­ban jun­tos, cada ca­ri­cia ahora ya perdida.

Cos­taba re­pa­sar los pá­rra­fos que con­ta­ban cuando se co­no­cie­ron en la fa­cul­tad, la pri­mera no­che jun­tos en la ha­bi­ta­ción blanca de Dur­homme, sin cua­dros, el pri­mer mes jun­tos. Mas la vida los ha­bía apre­su­rado y ella que apa­re­ció de re­pente, se fue tam­bién así.

El juego cruel, la com­pa­ti­bi­li­dad de sig­nos, las lla­ma­das, el te ex­traño, los ir y ve­nir, la efí­mera es­ta­bi­li­dad en las ho­ras de sofá, mi­rán­dose, la mú­sica a las es­pal­das, la manta que los trans­for­maba en una sola forma.

Co­men­za­ron como ex­tra­ños y hoy, fría tarde de do­mingo, ape­nas en no­viem­bre, en el au­to­bus casi va­cío, vol­vie­ron a serlo. Una tre­gua en el es­tado na­tu­ral de ellos: el no sa­ber el uno del otro. Su amor se ha­bía ido y no ha­bía consuelo.

—Ya ven­drá otro amor —pen­saba Frè­dè­ric que se re­fu­giaba en las go­ti­tas que pei­na­ban la ven­tana —y como de­cía El­vis en aque­lla can­ción: «los hom­bres sa­bios di­cen que solo los ton­tos se apre­su­ran y que como un río que se­gu­ra­mente fluye al mar, que­rida mía, al­gu­nas co­sas es­tán des­ti­na­das a pasar».

—Al­gu­nas co­sas es­tán des­ti­na­das a pa­sar —pensó otra vez Dur­homme.
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