MediaTinta

Ensayos sobre arte escritos por Frèdèric Durhomme, en los cuales admite sus técnicas para crear textos, así como también, para afanarlos con todo éxito.

Marcel Duchamp en Nueva York, marzo de 1952.

El anartista

—Mar­cel Du­champ fue un ar­tista y un anar­quista del arte. Era de esos anor­ma­les que cam­bia­ron a la dis­ci­plina como Pi­casso en pin­tura o Ro­din en escultura.

La quie­tud e in­ma­cu­lada at­mós­fera se­ria casi de hos­pi­tal, en­tre pa­si­llos de par­quet y si­len­cios so­lem­nes con la res­pi­ra­ción re­gu­lada por el aire acon­di­cio­nado, en la ató­nita calma del «no en­tiendo nada» pero «acá so­mos to­dos cul­tos», es cómo va­mos por cual­quier mu­seo o ga­le­ría de arte del mundo.

«Este de acá me gusta» y «este es una ca­gada» y como cinco «no en­tendí nada». Por ahora ob­je­tos co­no­ci­dos: cua­dros, es­cul­tu­ras y al­gún alam­bre tor­cido con forma de ésta última y to­dos tan des­co­no­ci­dos como el arte mismo. Sin em­bargo, esto no es lo peor.

En la se­gunda dé­cada del si­glo XX, al­gu­nos vi­si­tan­tes de es­tos mu­seos, vie­ron cómo se ex­po­nían un uri­na­rio, una rueda de bi­ci­cleta so­bre un ta­bu­rete y un rack de bo­te­llas. Ob­je­tos co­ti­dia­nos pues­tos en una ga­le­ría seria.

—Esto lo puedo ha­cer yo mismo —dijo al­guno y un —me es­tán ca­gando —se es­cu­chó al fondo. Esto no es lindo. Esto no ex­presa nada. Esto no es arte.

—Pero está en el mu­seo y tiene la firma del ar­tista —acotó el guía. —¡Ah! —dijo una vieja —debe ser im­por­tante.

Mar­cel Du­champ realizó es­tos ob­je­tos en­tre 1910 y 1930 y los llamó «Ready-​Made». An­tes de tal lo­cura, ya era un pin­tor que ve­nía con­sa­grán­dose poco a poco. Na­ció en Fran­cia, en 1887 y ha­bía ro­zado el Cu­bismo con al­gu­nos cua­dros e in­cluso mez­clas en­tre Cu­bismo y la ci­né­tica del Fu­tu­rismo, como lo es su obra «Nu des­cen­dant un escalier».

Un poco como un juego pro­vo­ca­tivo y otro poco para ge­ne­rar re­fle­xión, tomó dos ob­je­tos tan co­ti­dia­nos como una rueda de bi­ci­cleta y un pe­queño ta­bu­rete y los en­sam­bló. Le co­locó su firma —la firma de ar­tista— y au­to­má­ti­ca­mente se con­vir­tió en una obra de arte. Sólo por­que fue fir­mada por un ar­tista, sólo por­que era ex­puesta en un mu­seo o galería.

Con esto, Du­champ, mues­tra el pro­blema de de­ter­mi­nar cuál es la na­tu­ra­leza del arte y trata de de­mos­trar que tal ta­rea es casi una uto­pía. De ahí se dis­pa­ran las pre­gun­tas ¿qué es el arte? ¿un ob­jeto es una obra ar­tís­tica sólo con la firma el ar­tista? ¿tam­bién lo es por es­tar ex­puesto en un mu­seo o galería?

Éste fue el punto de par­tida para el arte del si­glo XX, el que se des­prende del «arte por el arte», es de­cir, el arte sólo para ser es­té­tico, «lindo» di­ría la vieja, sin com­pro­miso so­cial por parte del ar­tista. De acá sa­lió Dalí, Po­llock, War­hol y todo lo que ven­dría después.

Bueno —pensó Dur­homme —ter­miné la in­tro­duc­ción de Du­champ. Siete y diez y este mate está a punto de pe­dir eu­ta­na­sia the kids are all hop­ped up and ready to go they’re ready to go igual ya nos es­ta­mos por ir they’re ready to go now, they got their—

—¿Es­tás pronto?

—Sí, pará que apago el to­ca­disco y vamos.

—¿Qué es­ta­bas escuchando?

—A es­tos ti­pos del punk, Los Ra­mo­nes. Un res­piro en­tre tanto fal­sete disco.

Frío de la gran puta ca­rajo dónde está la bu­fanda qué rico per­fume, éste, el nuevo que tiene. ‘Ta ma­dre con la llave. Ma­ñana de tarde, pero me va a de­cir que vaya ma­ñana de ma­ñana, es­toy seg—

—Ma­ñana de ma­ñana ten­drías que ha­blar con el cerrajero.

—Sí, des­pués de to­mar unos ma­tes voy hasta ahí.

Raro. An­tes esta reja ce­rraba de un sa­que pero ahora es a dos tiem­pos. Claro, falta en­gra­sarla. De­ma­siado viejo para as­cen­sor y qué linda se vino Ja­cinta, rim­me­leando los ojos y la­bios que—

Qué ex­traño es cuando se cie­rran los ojos para cada beso. Debe ser que como se está muy cerca, es bravo en­fo­car o tal vez —y qué buen tema para con­tarle — , cuando se cie­rran los ojos al be­sar es que se mira para aden­tro, mas no de ma­nera in­tro­ver­tida y ajena a la otra parte, sino que se mira para aden­tro para ver cómo la otra per­sona está en­trando en esa cosa que to­dos lla­man «alma», en be­rre­tas poe­mas de cua­tro versos.

Como esas fra­ses que arran­can con «La vida es…» siem­pre son una por­que­ría pero sí, ce­rrar los ojos, mi­rarse aden­tro y de­cirle a la otra per­sona: «vení, vení, pasá a mi alma; ha­cete amigo ¿qué va’ a to­mar?». Y ¿qué to­ma­ría un alma al entr—

—¿Qué tal, vecina?

—Bue­nas tar­des, jóvenes.

—Ade­lante.

—Gra­cias, m’hijo.

Vien­tito que hay, ta­que­lo­pa­rió y que me queda corta apren­der el fa­moso nudo Wind­sor te­jió corta pero, buéh, abriga al me­nos y Ma­ni­fes­ta­ción a Creys-​Malville ma­yor apa­gón de la his­to­ria en Nueva York ¿cómo aguanta sin cal­ce­ti­nes ese ve­te­rano?. Debe te­ner una a cuarzo atrás del mostrador.

—No sé cómo aguanta el frío el diariero.

—Ni idea. La del quinto ¿ubi­cás la del quinto? Es la que siem­pre anda por el ba­rrio con las lla­ves en la mano como si tu­viera la puerta en frente. Bueno, esa misma me contó que le te­jió una bu­fanda para el cum­plea­ños pero no se la veo puesta al don.

—¿Una beige?

—Me dijo que era blanca.

—Por­que siem­pre lo veo con una bu­fanda beige que usa como re­pa­sa­dor para cada vez que se le cae el café con el viento.

—¿Cómo de re­pa­sa­dor? Y ¿tanto viento?

—Es que siem­pre toma en va­sos de pa­ra­fina. «Para no te­ner que la­var ta­zas», me dijo una vez. Igual, la del quinto le hace to­dos los gus­tos ojo que viene un auto.

—Puta, ve­nía apu­rado el hom­bre. Es que no po­día creerlo cuando me con­taste que eran amantes.

—Sí, me lo contó el del sexto que tam­bién fue amante de ella y ahora, por ce­los, le contó a me­dio barrio.

—Lo del tipo del sexto lo sa­bía por­que me contó la peluquera.

—Sí, pa­rece que una vez se le rom­pió la ca­le­fac­ción a la del quinto y el dia­riero le dijo que nada me­jor para el frío que los dia­rios. Ella le dijo que claro, por­que uno se ca­lienta le­yendo las no­ti­cias y bueno, pa­rece que el he­chizo fue mu­tuo. ¿Viste que el dia­riero siem­pre te hace chis­tes ton­tos como que los ele­fan­tes y los ra­to­nes no pue­den ju­gar al fút­bol por­que se le con­fun­den la ca­mi­seta? Bueno, pa­rece que com­par­ten el mismo hu­mor. En­ton­ces, una no­che de jue­ves, él llevó como tres ki­los de «Le Monde» pero «Le Monde» del año del cuete. Creo que to­da­vía es­taba de Gau­lle. Y le pa­re­ció un gesto muy herm—

—Ella ¿es viuda? ¿no?

—Claro y en­tre cog­nac y cog­nac, ter­mi­na­ron en el sofá.

—Opa.

—Pero con el frío que mirá cómo ce­rró este bar.

—Sí, esta es­quina tiene como una mala ener­gía. Nin­gún ne­go­cio dura más de dos suspiros.

—Es que hubo de todo: desde aque­lla guar­de­ría para pe­ces hasta la pa­pe­le­ría y cine porno «El lá­piz ja­po­nés». Cues­tión que con el frío que ha­bía, los dos se ta­pa­ron con los dia­rios. Con el su­dor, la tinta se le, di­ga­mos, «ta­tuó» en la piel y se que­da­ron como hasta las seis de la ma­ñana, le­yén­dose mu­tua­mente. A él le gus­taba to­carle ese par de ar­tícu­los de eco­no­mía mien­tras que ella le aga­rraba la foto de Mi­chel Pla­tini en pleno orsai.

—Con ra­zón la del quinto me de­cía lo bien que leía ese hom­bre va­mos por acá que es más cerca.

¡Hay que ta­parse con dia­rios! Lo pa­rió. Con la guita que tiene, viejo rata y la he­ren­cia que co­bró de la ga­le­ría de arte del pa­dre que nunca lo es di­fí­cil de­fi­nir arte hoy en día por­que to­da­vía se tiene esa con­cep­ción de arte como algo lindo, como una ex­pre­sión del ar­tista; y Du­champ vino y se cagó en todos.

Las ca­ras de las vie­jas cuando vie­ron ese mea­dero, ahí, en plena ga­le­ría y le die­ron una pa­tada en culo al tipo y mirá vos: ahora eso está re­lu­ciente en el Pom­pi­dou. Es­ta­ría bueno que lo lim­pia­ran con de­sin­fec­tante para que con el olor a baño de bar la obra sea com­pleta. Ese olor a Agua Jane de hos­pi­tal, aroma a lim­pieza in­dus­trial de «ahora me vengo a preo­cu­par de la sa­lud» que emana en cual­quier sala de espera.

Lo bravo es que des­pués uno mira eso y piensa que cual­quiera puede ser un ar­tista frío que hace. Aga­rrás cual­quier cosa y le po­nés la firma y clinck-​caja. Como las la­tas de sopa de War­hol, qué hijo—

—¿Va­mos ca­mi­nando? ¿No? o ¿que­rés ir en Métro?

—No, no; va­mos ca­mi­nando que to­da­vía hay sol.

Darse esos lu­jos que se dio Du­champ. En pri­mer lu­gar, te­nés que ser un ar­tista clá­sico, es de­cir sa­ber di­bu­jar, sa­ber de pers­pec­tiva, co­lor, es­pa­cio mirá qué lindo Ci­troën, luz, his­to­ria del arte. Con­ven­ga­mos que un ac­tor o un mú­sico no ne­ce­si­tan sa­ber di­bu­jar para ser lo que son pero sí sa­ber mu­cho de su dis­ci­plina. Ha­ber estudiado.

Que de he­cho, Pi­casso, para ha­cer un toro tan sin­té­tico, pri­mero di­bujó uno hi­per­rea­lista y luego le fue sa­cando ele­men­tos hasta de­jarlo en su mí­nima ex­pre­sión. De cua­tro pa­tas, dos cuer­nos, un lomo y mi­llo­nes de tex­tu­ras y cla­ros­cu­ros fo­to­grá­fi­cos, el pe­lado lo re­dujo a doce lí­neas que in­cluso el topo de planta baja sa­bría que es un toro.

—Ojo el charco.

—Uf, me­nos mal por­que esta ga­muza no se puede mo­jar mucho.

Aquel loco, sí. Ahí va, el de ar­qui­tec­tura, uno de los do­cen­tes ha­bía di­cho que cuando se co­men­zaba a di­se­ñar un pro­yecto, uno lle­naba de co­sas y luego iba sa­cando hasta de­jar lo mí­nimo ne­ce­sa­rio por­que claro, lo más di­fí­cil es siem­pre ha­cer lo más sim­ple. Y una obra es buena cuando jus­ta­mente, tiene lo mí­nimo ne­ce­sa­rio para vi­vir, sin pe­sa­das mo­chi­las con que cargar.

«Me­nos es más» de­cía Mies Van der Rohe ca­len­tita que es la mano de Ja­cinta. La gua­cha esta nunca se saca los guan­tes aun­que con­ven­ga­mos que es ideal cuando le da un uso prác­tico: cuando saca la asa­dera del horno, con ese pe­tit gâ­teau tan rico que le sale o con la cal­dera para el mate. Y el ar­tista que se puede dar esos que la pe­lí­cula este buena al menos.

Por­que si te po­nés a pen­sar, de­fi­nir el arte hoy es día está bravo. Cam­bió mu­cho todo. Sí, que des­pués de la in­ven­ción de la fo­to­gra­fía mató todo aque­llo, por­que fi­jate vos que ya la hi­per­rea­li­dad que pin­ta­ban, jus­ta­mente, como si fue­ran fo­tos, no iba más y ahí vi­nie­ron los im­pre­sio­nis­tas que está So­fía Lo­ren en ese afi­che; y ahí em­pe­za­ron a pin­tar no tan real, sino mos­trar cómo veían la reali­dad ellos, con sus ojos, con su alma y es­pí­ritu. Me acuerdo de aquel pro­fe­sor de dib—

—Dejá que yo pago.

—No seas tonta, dejá que yo te in­vito. Dos para «Una Gior­nata Par­ti­co­lare». Fáh, no. ¿te­nés dos fran­cos ahí?

—Sí, ‘pe­rate.

—Ahí va.

—Sala 2, a la izquierda.

—Gra­cias.

—Se les fue la mano con la calefacción.

—Im­pre­sio­nante. Dame que te llevo el abrigo.

Pre­sio­nante So­fía, cómo está y aquel pro­fe­sor de di­bujo que se pa­re­cía a Pa­no­ra­mix y largó aque­llo del buen di­bu­jante di­buja lo que ve y no cómo es. Claro, esa cosa de di­bu­jar como lo ve uno y no como es; y ese ha sido siem­pre un buen punto de par­tida para de­fi­nir al arte. Es ese «así es como lo veo y no como es» La sub­je­ti­vi­dad en su má­xima ex­pre­sión. Y es­tos impr—

—¿Va­mos al me­dio? ¿No?

—Sí, ¡uf! Asien­tos có­mo­dos al menos.

—Nada que ver a Cinemateca.

—No, es cierto, pero las pe­lí­cu­las va­lían la pena.

—Acá, el que vale la pena sos vos.

Otra vez ce­rra­mos los ojos para be­sar­nos y ver­nos el alma. Alma. Alma y co­ra­zón son pa­la­bras tan bas­tar­das hi­jas de la poe­sía ba­rata que ano­tar aque­llo de mi­rar para adentr—

—Esta de «La Gue­rre des Étoi­les» pa­rece es­tar buena.

—¡Páh! no sé; me pa­rece una co­pia de «2001» pero los efec­tos pue­den es­tar lindos.

—Dale, va­mos a verla.

—Bueno, ca­paz que el vier­nes ve­ni­mos des­pués de la reunión con Auguste.

No hay caso con mi­rarse para den­tro y Ja­cinta, qué linda que está Ja­so­fía ade­más de im­pre­sio­nante de grande en la pan­ta­lla y los im­pre­sio­nis­tas que era como el pro­fe­sor éste, que pin­ta­ban como que lo veían y no como era; y ahí ya el arte em­pezó como una cosa me­dia sub­je­tiva. Ade­más, claro, fi­nes del si­glo pa­sado apa­re­cían es­tos rompe hue­vos de Nietzs­che y los ro­mán­ti­cos, dán­dole pa­ta­das en el culo y So­fía al tema de la be­lleza clá­sica y eso de la rup­tura con la tradición.

—No gra­cias, hermosa.

Al­gún día le tengo que de­cir que no me gus­tan los ca­ra­me­los agri­dul­ces y cual­quier otra por­que­ría del es­tilo; o es dulce-​dulce o salado-​salado. Nada de re­la­ti­vi­da­des y Eins­tein, la me­cá­nica cuán­tica y todo eso que ya la cien­cia ha­cía ver la reali­dad, el uni­verso, báh, de otra ma­nera em­bole esta pe­lí­cula seis hi­jos So­fía se pasó en la cama esta mu­jer a puro sexo.

«Siem­pre pen­sando en lo mismo» me di­ría Ja­cinta y «si Freud es­tu­viera acá se ha­ría un li­bro con vos» y ahora tam­bién Freud por esa época, cam­biando la ma­nera de ver las co­sas. Se trans­formó la ma­nera de ver el uni­verso en tan poco años.

¿Cuándo vol­verá a con­cen­trarse tanta ener­gía crea­tiva para que se cam­bie la ma­nera de ver el uni­verso? Ca­paz que en el si­glo que viene y como de­cía Ma­falda, que los li­ber­ta­do­res la­ti­noa­me­ri­ca­nos apa­re­cían un si­glo sí, un si­glo no.

—Sí, pa­rece que es homosexual.

Im­pre­sio­nante Mas­troianni. Ac­to­razo y mirá es­tos na­zis, se­guro y la pri­mera gue­rra mun­dial el hom­bre se dio cuenta de lo que era ca­paz y otro cam­bio de reali­dad. En­ton­ces, ahí va, si tanto cam­bió la ma­nera de ver la co­sas, era ob­vio que iba a cam­biar el arte o, me­jor aún, la de­fi­ni­ción de arte.

Por­que claro, Eu­ropa es­taba tan he­cha paté y con tan­tos cam­bios de reali­dad que qué mierda de reali­dad ibas a re­fle­jar y ahí apa­re­ció el arte abs­tracto: au­sen­cia de reali­dad. Pa­re­cido a aque­llo del Ba­rroco, que la reali­dad era una bosta y en­ton­ces re­lle­na­ban todo con ro­cocó crema chan­ti­lly. Igual, como esos, que di­cen que en la reali­dad de hoy no se puede vi­vir, eso siem­pre fue as—

—¿Qué dijo?

—Que lo amaba

Lo ama­bas­tracto, lo abs­tracto des­pojó de la reali­dad y más le vale a So­fía que se des­poje de algo, ya que es­ta­mos, y ahí el ar­tista de vuelta a re­fle­jar aún más su mundo in­te­rior. No sé por qué los sub­tí­tu­los los ha­cen cada vez más pe­que­ños, ta­que­lo­pa­rió. Es pre­fe­ri­ble es­cu­char ita­liano a leer anal­fa­be­tismo dis­mi­nuyó en esos años, por aque­llo de que el arte ayuda a co­mu­ni­car a los anal­fa­be­tos ya no co­rría más.

Que claro, en el Gó­tico de la Edad Me­dia era eso: igle­sias lle­ni­tas de imá­ge­nes para que los que no sa­bían leer, que eran la gran­dí­sima ma­yo­ría y la gran­dí­sima So­fía ese ves­tido, pu­die­ran leer a la Bi­blia en los mu­ros de las ca­te­dra­les. Es que el Gó­tico era una época tan vi­sual como la de ahora y si te po­nés a ver, a pe­sar de que hay mu­chos me­nos anal­fa­be­tismo, la gente lee me­nos y ve más. Es­ta­ría­mos como una es­pe­cie de neo­gó­tico. Aun­que fi­jate tam­bién, que ahora na­die lee por­que to­dos escriben.

Ca­gán­dome de ca­lor con la ca­le­fac­ción. Yo sa­bía que era me­jor el cine que está en frente a la Ópera pero está pla­gado de gente, una masa de per­so­nas arte tam­bién se vol­vió me­dio fe­ti­che, como que en­cuen­tra gusto en la con­cien­cia so­cial de pla­cer, eso de la cul­tura de ma­sas y qué cul­tura de ma­sas tiene el pa­na­dero de la es­quina. Ese pan ruso que me mos­tró ni idea que exis­tía y no sé cómo hace ese hom­bre que es ce­líaco para es­tar en­tre tanto glu­ten. Aun­que, ahora que pienso, la otra vez es­taba ca­chando un Fe­lipe ¿Será ce­líaco o yo le en­tendí mal? La mu­jer, Ce­lia ¿no?, lo va a ma­tar. Ade­más, cómo se pu­tean siendo él del Frente Na­cio­nal y ella comunista.

—Debe fal­tar poco.

—Se­gu­ra­mente

Creo que Marx ha­bló algo del arte pero no le dio mu­cha pe­lota. Me pa­rece que mar­xis­tas pos­te­rio­res tra­ta­ron de ver la re­la­ción en­tre la doc­trina y el arte y si no me acuerdo mal, lle­ga­ron a la con­clu­sión de que el arte es re­flejo de la reali­dad so­cial, si bien el pro­pio Marx no veía una co­rres­pon­den­cia di­recta en­tre una so­cie­dad de­ter­mi­nada y el arte que pro­duce ese afi­che de Marx que te­nía Ce­lia es­taba bueno. ‘Ta­ría pa’ ha­cerle una re­pro­duc­ción y en esa época claro, con los nue­vos in­ven­tos, cual­quiera po­día te­ner una re­pro­duc­ción de la Mona Lisa en la mesa de luz y ahí el arte se caga en aque­llo de la obra como ob­jeto único y todo eso de ha­cerle una re­ve­ren­cia mís­tica pa­rece que está por ter­mi­nar a ver quién la dirigió.

—Mirá, Scola.

—Y ¿ese quién es?

—Et­tre Scola, aquel que hizo «Una mu­jer y tres hom­bres» que la vi­mos en aquel cine de 18 y Ejido la última vez que fui­mos a Montevideo.

—Ah; sí, sí.

—Va­mos que muero de frío y sueño.

—Sí, va­mos en el Mé­tro que está me­dio frío pa’ caminar.

—¿Te gustó?

—Sí, sí; ‘taba linda.

—Sí, yo qué sé; los diá­lo­gos lle­nos de ador­nos pero se de­jaba llevar.

¿Adorno no era aquel fi­ló­sofo ale­mán? Un te­rraja de la Es­cuela de Frank­furt, pero el tipo, claro, el tipo ha­bía de­fen­dido al arte de van­guar­dia como una reac­ción a la ex­ce­siva tec­ni­fi­ca­ción de la so­cie­dad moderna.

—¿Cómo era aquel li­bro que me pres­taste, el de Theo­dor Adorno?

—¿El de «Teo­ría Estética»?

—Ese y ¿qué de­cía más o menos?

—¿No lo ha­bías leído?

—Sí, pero me olvidé.

Puta, se avivó.

—De­cía aque­llo de que el arte es re­flejo de las ten­den­cias cul­tu­ra­les de la so­cie­dad pero sin lle­gar a ser fiel re­flejo de ésta, ya que el arte re­pre­senta lo inexis­tente, lo irreal.

—Ajá, o ca­paz que en todo caso, re­pre­senta lo que existe pero como po­si­bi­li­dad de ser otra cosa.

—Claro, de tras­cen­der. ¿Nos ba­ja­mos en ésta?

—Sí, acá. Ahí va. El arte como «ne­ga­ción de la cosa», que a tra­vés de esta ne­ga­ción trasciende.

—¿Y me ne­ga­rías un—

Mi­rar para aden­tro otra vez.

—Otra vez ganó el Saint Germain.

—Di­si­mu­lando, mirá el dia­riero que se puso su bufanda-​repasador.

—Sí, lo veo. Pero qué lo pa­rió con es­tos de Saint Ger­main. Qué orto.

Or­tega y Gas­set ha­bía di­cho que sí, a ver, sí, ahí va. Que el tema de la so­cie­dad de ma­sas no puedo ol­vi­dar de pe­dirle ese afi­che de Marx a Ce­lia con­vierte al arte en algo un poco eli­tista pero la ex mu­jer del pa­na­dero tam­bién se lla­maba Ce­lia y la hija que tie­nen ahora tam­bién y que con todo el tema de la abs­trac­ción, el arte pa­dece una des­hu­ma­ni­za­ción raro este pa­na­dero de­bido no sólo a la abs­trac­ción en sí sino a la pér­dida de de pers­pec­tiva his­tó­rica, es de­cir, no po­der un tipo con tres o cua­tro Ce­lias en su vida ana­li­zarlo por ser tan re­ciente. Y ade­más la per­cep­ción es­té­tica del arte des­hu­ma­ni­zado plan­tea un cierto dis­tan­cia­miento tan­tas Ce­lias que no to­dos pue­den com­pren­der y así lo hace aún más eli­tista ahora en­tiendo por­que me dijo que era Celiático.

—No te ol­vi­des ma­ñana de la cerradura.

—No, no; de nin­guna forma.

Es for­ma­tivo, es de­cir como que ex­presa una forma de ha­cer a la vez que hace, es de­cir, in­venta el modo de ha­cer. Creo que eso era de Luigi Pa­rey­son. Me ten­dría que fijar.

—Sí, gra­cias.

Como que esa for­ma­ti­vi­dad de la obra de arte no es un «re­sul­tado» sino un «lo­gro» y—

—No, sin le­che. Con azú­car, no más.

Y la post­mo­der­ni­dad vuelve a esa te­rra­jada del «arte por el arte», es de­cir, el arte sin com­pro­miso so­cial, el arte sólo por­que es lindo pero ade­más esa cosa de re­pe­ti­ción de imá­ge­nes an­te­rio­res, una re­se­man­ti­za­ción de lo an­te­rior per­diendo el sen­tido ini­cial. Al caer el or­den modern—

—Voy a or­de­nar el cuarto an­tes de acostarnos.

—Dale que yo le­vanto acá.

Des­or­den. Des­or­den y no hay or­den en la de­fi­ni­ción. Es que es bravo de­fi­nirlo hoy en día. Es de­cir, aque­lla cosa que el arte en la crea­ción de la be­lleza o lo de Os­car Wilde, lo de la na­tu­ra­leza imita al arte como que ya no co­rre más; y este ja­bón lí­quido tam­poco ma­ñana me doy una vuelta por el su­per des­pués del ce­rra­jero como que hoy es una cues­tión di­ná­mica, en cons­tante trans­for­ma­ción y ade­más me­tida con el tema de los me­dios de co­mu­ni­ca­ción, el con­sumo y ya ter­mino acá y la puta me falta ter­mi­nar de escrib—

—¿Apago acá?

—Sí, sí que yo ya terminé.

—¿Va­mos a acostarnos?

—Ter­mino un se­gun­dito el ca­pí­tulo de Du­champ y vamos.

—Dale.

De to­das ma­ne­ras lo fas­ci­nante del arte es que no se tenga una de­fi­ni­ción única y que se pueda dis­cu­tir, ha­cer un co­mer­cio de ideas so­bre lo que es. Por­que los te­mas lin­dos son los que no se aca­ban, como aque­lla pe­lí­cula «Whisky» que Ja­cinta me mos­tró en Mon­te­vi­deo y no sa­bía­mos qué ha­bía pa­sado con Marta y aque­lla car­tita para Ger­man. Es­tu­vi­mos dos se­ma­nas char­lando y con­je­tu­rando qué po­día ha­ber pa­sado y sin dar­nos cuenta, los di­rec­to­res de la pe­lí­cula nos ha­bían re­ga­lado una se­mana de char­las, ima­gi­na­ción y creación.

Como cuando vas al Pom­pi­dou y no en­ten­dés un ca­rajo de lo que ex­po­nen ahí. Nada me­jor que ima­gi­narse, ha­cer mo­ver el ba­lero para ver qué fue lo que pudo de­cirme el tipo, si es que me quiso de­cir algo y ha­certe sen­tir y pen­sar. Eso, claro, es eso. Pa­sa­rán mil años, mil de­fi­ni­cio­nes, pero el arte no puede de­jar de ha­certe sen­tir y pen­sar por­que para eso está. Sen­tir y pensar.

Frè­dè­ric Dur­homme miró la má­quina de es­cri­bir y cuando el sueño y las ga­nas de es­tar con Ja­cinta eran más, es­cri­bió las últi­mas lí­neas de su cuento que ter­mi­naba así:

…«me quiso de­cir algo y ha­certe sen­tir y pen­sar. Eso, claro, es eso. Pa­sa­rán mil años, mil de­fi­ni­cio­nes, pero el arte no puede de­jar de ha­certe sen­tir y pen­sar por­que para eso está. Sen­tir y pen­sar. Fré­dé­ric Dur­homme miró la má­quina de es­cri­bir y cuando el sueño y las ga­nas de es­tar con Ja­cinta eran más, es­cri­bió las últi­mas lí­neas de su cuento que ter­mi­naba así».

El tema es «Sheena is a punk ro­cker» y era el que Dur­homme es­cu­chaba al prin­ci­pio del ca­pí­tulo. Es de la banda The Ra­mo­nes y sa­lió en su ter­cer álbum, «Ro­cket to Rus­sia» de 1977, en pleno ama­ne­cer del mo­vi­miento punk. Por­que Mar­cel Du­champ era jus­ta­mente eso: un punk en el arte.

Clip de au­dio: Es ne­ce­sa­rio te­ner Adobe Flash Pla­yer (ver­sión 9 o su­pe­rior) para re­pro­du­cir este clip de au­dio. Des­car­gue la ver­sión más re­ciente aquí. Tam­bién ne­ce­sita te­ner ac­ti­vado Ja­vas­cript en su navegador.

  1. El 29 de abril de 2010, a eso de las 12:06,
    Mendieta apuntó que:

    1

    ¡Que lo pa­rió! Ne­go­cie­mos don Dur­homme: deme tiempo pa’ leerlo mejor.

    ¡Pa­ya­dor y gui­ta­rrero! Eso es lo que es usté’.

  2. El 29 de abril de 2010, a eso de las 20:50,
    @martinszy apuntó que:

    2

    Vengo a de­cirle que su blog es una in­mun­di­cia, me con­ta­mina las no­ve­las con co­men­ta­rios ar­tís­ti­cos y me ha­bla de arte como si fuera un taxista.

    Lo fe­li­cito por lo que dice y por cómo lo dice. Voy a ha­cer un pe­queño es­fuerzo por di­fun­dir su obra en Twit­ter.

    ¡Suerte!

  3. El 30 de abril de 2010, a eso de las 16:07,
    El Santi apuntó que:

    3

    Usté como que ac­tua­liza poco o sea que, en ge­ne­ral, no ac­tua­liza un jo­raca pero cuando ac­tua­liza, ac­tua­liza —y eso na­die lo puede ne­gar— por­que se manda unas ba­ta­tas como esta que, claro, no son pa’ bló’, son como pa’ li­bro; y justo. justo, usté’ cuando a’tualiza me mete el dedo en cuanta llaga es­té­tica tengo ha­ciendo men­ción, como quien no quiere la cosa, de hi­jos de puta como el Sr. Du­champ, que dios lo tenga en la glo­ria, pero que nos ha ca­gado la vida a cuan­tos te­ne­mos el vi­rus del arte me­tido aden­tro pero no te­ne­mos la más puta idea de qué se trata eso; y a uno le cuesta pen­sar ca­rajo y no es fá­cil sa­ber si pa­ya­sos como Dalí o di­va­gan­tes como Adorno o son ti­pos en se­rio y apor­tan algo o en reali­dad lo que hi­cie­ron im­porta un so­rete y lo hi­cie­ron para po­der tran­sarse mi­nas, ga­nar guita y que ha­bla­ran de ellos y tam­poco está tan claro que el ba­rroco sea te­rraja ni si los vi­tra­les de Char­tres fue­ron un ins­tru­mento de do­mi­na­ción de clase o la tele del me­dioevo ni si la fo­to­gra­fía mató todo o al con­tra­rio o si la Ce­lia está buena se­gún los cri­te­rios de Or­tega o Dur­homme está bueno se­gún los cri­te­rios de Wilde.

    Hay que eli­mi­nar la pa­la­bra «arte» del dic­cio­na­rio, de­di­carse a las Ce­lias, ha­cer lo que a uno le sale de las pe­lo­tas en el te­rreno crea­tivo y al fi­nal mo­rirse como Du­champ, como Pi­cass, como Adorno (se murió,¿no?) como Freud, como Or­tega, como todos.

    Pero usté, al igual que mi uró­logo, me ha in­tro­du­cido el dedo en el meo­llo de mi con­fu­sión es­té­tica y pro­meto ha­cer un posteo o va­rios posteos so­bre su posteo a la breve edad.

    Sin más.

  4. El 1 de mayo de 2010, a eso de las 09:46,
    Lucía apuntó que:

    4

    Desde el ran­cho del Santi, tomé este largo, si­nuoso y des­co­no­cido ca­mino que me con­dujo ha­cia el suyo. To­da­vía no se, si hice lo co­rrecto, por­que siendo las 9:26 ho­ras de este Do­mingo, muy hi­jo­pu­tesco —por lo de­sierto y so­leado— me siento pior que una hor­miga en el me­dio del Cen­te­na­rio cuando las tri­bu­nas ejer­ci­tan su grito mas an­siado: ¡pu­tear al árbitro!.

    He que­dado bo­quia­bierta, tonta, ida, ano­na­dada, en fin, chota luego de leerlo; pero no se asuste, es tem­po­ra­rio lo de la boca y por ese mo­tivo, vol­veré pero no seré mi­llo­nes o ¿sí?.

    Ce­le­bro su en­cuen­tro en este va­lle de lá­gri­mas y si mi es­pas­ti­ci­dad me lo per­mite, tam­bién una reverencia.

    Deseán­dole pase us­ted lo me­jor que le dejen.

  5. El 1 de mayo de 2010, a eso de las 19:59,
    Miss Marple apuntó que:

    5

    «Un li­bro es una cosa en­tre las co­sas, un vo­lu­men per­dido en­tre los vo­lú­me­nes que pue­blan el in­di­fe­rente uni­verso, hasta que da con su lec­tor, con el hom­bre des­ti­nado a sus sím­bo­los. Ocu­rre en­ton­ces la emo­ción sin­gu­lar lla­mada be­lleza, ese mis­te­rio her­moso que no des­ci­fran la psi­co­lo­gía ni la re­tó­rica. La rosa es sin por qué, dijo An­ge­lus Si­le­sius; si­glos más tarde, Whistler de­cla­ra­ría: El arte su­cede. Ojalá seas el lec­tor que este li­bro aguardaba».

    —J.L.B.

    Mon­siuer Durhomme:

    Hoy en­con­tré es­tas pa­la­bras le­yendo el pró­logo de J.L.B. al li­bro lla­mado «Bi­blio­teca Per­so­nal». No bien las leí, salté desde mi le­cho a la PC pen­sando: «acá está lo que yo que­ría de­cirle a Frè­dè­ric y no sa­bía cómo».

    Lo más ma­ra­vi­lloso de todo es que, el que dijo «el arte su­cede» es el hijo de aque­lla adusta an­ciana que está en el cua­dro del Lou­vre y que Mr. Bean tras­ladó a Los Ángeles. :)

    Le cuento esto, por­que la ex­pe­rien­cia más sor­pren­dente frente a una obra de arte, que in­cluyó ale­gría sor­presa y fe­li­ci­dad es­té­tica (¡ay!, qué rim­bom­bante me he puesto) fue des­cu­brir ese cua­dro en el mu­seo sin pre­vio aviso.

    Es que siem­pre me he pre­gun­tado si mi asom­bro ante una obra de arte de­pende o no del co­no­ci­miento pre­vio que tengo de ella, de si soy ca­paz de re­co­no­cer una sin ha­berla oído men­cio­nar jamás.

    Otra pre­gunta re­tó­rica, por­que sé que no me va a con­tes­tar, ¿es pre­ciso ha­ber es­tu­diado para va­lo­rar el arte?, no me re­fiero a la Li­te­ra­tura, para ésta tengo mu­cho ol­fato y au­da­cia para opi­nar lo que quiero, us­ted es­cribe muy bien y no in­teresa lo que diga Ha­rold Bloom. Me su­ce­die­ron dos co­sas ex­tra­ñas: la Mo­na­lisa me dejó fría, en cam­bio cuando vi La Fuente de Du­champ o la rueda de bici casi em­piezo a gri­tar de emo­ción como una loca en me­dio de tanta gente comme il faut.

    Pa­ra­fra­seo las pa­la­bras de J.L.B. y ter­mino acá, por­que no quiero ri­va­li­zar con us­ted en can­ti­dad de pa­la­bras: «ojalá sean mu­chos los lec­to­res que esta pá­gina está aguardando»

  6. El 6 de mayo de 2010, a eso de las 00:01,
    Pablo Zárate apuntó que:

    6

    Es­ti­mado:

    Muy in­tere­sante el ar­tículo y como di­se­ña­dor no puedo mas que de­jarle elo­gios so­bre el look & feel que ha lo­grado con su blog.

    Sa­lu­dos, desde el otro lado del charco.

  7. El 6 de mayo de 2010, a eso de las 08:45,
    Cherrit apuntó que:

    7

    Bon jour. ¡cof cof!

    Re­cién llego ve­nida de otro si­tio que vi­sito a dia­rio y muy en­tu­sias­mada con la rú­brica de este es­pa­cio «anar­tista»: ¡fasineitinggg!.

    Mien­tras im­primo los tex­tos (ve­rán: soy de la old school), me pre­paro unos ma­tes san­tos, con mu­cho yuyo se­rrano y me dis­pongo a leer; por­que allí donde diga: ¡Du­champ!, ¡Ma­ri­netti!, ¡Bu­kowski! ¡Bu­rroughs!, ahí tengo que es­tar yo.

    Sin más, sin me­nos, atte:

    Che­rrit.

  8. El 6 de mayo de 2010, a eso de las 17:29,
    Archimboldo apuntó que:

    8

    ¡Ah!, fi­ló­sofo y enamo­rado: cómo me re­cuerda mis años en Pa­rís en mi le­jana juventud.

    Mi blog sólo es un ho­me­naje a las her­mo­sas mu­je­res que nos mues­tran los gran­des ge­nios de la pin­tura y un re­cuerdo de va­rios mu­seos que vi­sité, pero, como verá, mi do­mi­nio del di­seño grá­fico es nulo.

    Le de­dico, Dur­hommme, una can­ción del go­rrión de Pa­rís que acos­tum­bro a es­cu­char en mis no­ches nos­tál­gi­cas re­cor­dando el cielo de la Ciu­dad Luz.

    Un viejo pro­fe­sor de arte.

    —S’envole une chan­son /​Hum Hum /​Elle est née d’aujourd’hui /​Dans le coeur d’un ga­rçon /​Sous le ciel de Pa­ris /​Mar­chent des amou­reux /​Hum Hum /​Leur bon­heur se cons­truit /​Sur un air fait pour eux.

    —Sous le pont de Bercy /​Un phi­lo­sophe as­sis /​Deux mu­si­ciens quel­ques ba­dauds /​Puis les gens par mi­lliers /​Sous le ciel de Pa­ris /​Jusqu’au soir vont chan­ter /​Hum Hum /​L’hymne d’un peu­ple épris /​De sa viei­lle cité.

  9. El 7 de mayo de 2010, a eso de las 11:29,
    Archimboldo apuntó que:

    9

    Otra vez yo, muchacho:

    Tú sa­bes que acá en La Pa­loma hay un in­ge­nioso ba­cán que hace, pero no re­parte, ¡ojo! dia­rios y que tiene una suerte de lo­cos con las mu­je­res. Hoy, meta ma­tear, pen­sando en tus es­cri­tos y mi­rando «la mar» (¿no­tas mi es­tilo eu­ro­peo?) le des­cu­brí el se­creto al Ju­lio Cé­sar: las ta­túa con el se­ma­na­rio y des­pués las lee. Y tú sa­bes que es sim­pá­tico el tipo, da gusto ha­blar con él.

    Y ¿en­ton­ces? ¿para qué te co­mento otra vez, mu­cha­cho, pa’ qué? por­que mi des­me­mo­ria me im­pi­dió darte la di­rec­ción de mi blog, que es abu­rrido como pes­car con an­zuelo pero ¡hay cada mi­nas, che!

    Tú ves, ahí…

  10. El 7 de mayo de 2010, a eso de las 19:38,
    Mia Wallace apuntó que:

    10

    Hola, Dur­homme. Como la he­roína de «Pulp Fic­tion» (me re­fiero a la mu­jer, no la droga) pienso que un si­len­cio con­for­ta­ble en­tre dos in­dica más co­mu­ni­ca­ción que un mero palabrerío.

    Como no te puedo ver en este mo­mento (¿al­gún día qui­zás?) te doy una po­si­ble res­puesta que en­con­tré le­yendo las apos­ti­llas de «El nom­bre de la rosa».

    …«Por mi parte, lla­ma­ría efecto poé­tico a la ca­pa­ci­dad que tiene el texto de ge­ne­rar lec­tu­ras siem­pre dis­tin­tas, sin ago­tarse ja­más del todo. El que es­cribe (el que pinta, el que es­culpe, el que com­pone mú­sica) siem­pre sabe lo que hace y cuánto le cuesta. Sabe que debe re­sol­ver un pro­blema. Los da­tos ini­cia­les pue­den ser os­cu­ros, ins­tin­ti­vos, ob­se­si­vos, mero de­seo o re­cuerdo. Pero des­pués el pro­blema se re­suelve es­cri­biendo, in­te­rro­gando la ma­te­ria con que se tra­baja, una ma­te­ria que tiene sus pro­pias le­yes y que al mismo tiempo lleva im­plí­cito el re­cuerdo de la cul­tura que la im­pregna (el eco de la intertextualidad»

    Yo cam­bio «texto» por obra de arte y pienso que la obra de arte per­dura por­que es ca­paz de ge­ne­rar in­fi­ni­tas lec­tu­ras sin ago­tarse. Lo del «eco de la in­ter­tex­tua­li­dad» tam­bién me pa­rece muy acer­tado: el arte lleva im­plí­cito el re­cuerdo de la cul­tura que lo impregna.

    Fi­nal­mente: ¿qué que­rés que te diga? In my opi­nion, so­me­ti­mes, los ma­ma­rra­chos de hoy son el arte del ma­ñana. So­rry por la irres­pe­tuo­si­dad fi­nal. Mi lema es «río ergo sum».

    Kis­ses.

  11. El 25 de mayo de 2010, a eso de las 23:47,
    Folvril apuntó que:

    11

    C’est fan­tas­ti­que, mon cher! Merci!

  12. El 8 de julio de 2010, a eso de las 01:11,
    Frèdèric Durhomme apuntó que:

    12

    Men­dieta: lea tran­quilo que acá na­die se va a ir. Mu­chas gra­cias por leerme con Inodoro y la Eu­lo­gia… y los loros.

    Mar­tinszy: bueno, es que tra­bajé como ta­xista en Pa­rís hasta que un día, por puro atajo al ca­mino, subí el taxi al Me­tro. Como 10 pa­ra­das an­duve. Me echa­ron no por subir al va­gón, sino que me ha­bía ol­vi­dado de ba­jar la ban­dera. Mu­chas gra­cias por las fe­li­ci­ta­cio­nes y su di­fu­sión en 140 caracteres.

    El Santi: no le quiero me­ter otro dedo en la llaga es­té­tica por­que ya se­ría pe­dir una se­gunda opi­nión. Pé­leme la para «arte» del dic­cio­na­rio que yo pon­dré en boca de to­dos su afa­mado blog. In­men­sa­mente agra­de­cido por leer y di­fun­dirme en su ran­cho el cual es: http://​www​.di​va​gues​del​santi​.blogs​pot​.com

    Lu­cía: creo que no me le­vanto un do­mingo a las 9:26 de la ma­ñana desde el año ’39 ¿Si­guen ha­biendo ma­ña­nas a esas ho­ras? Mil gra­cias por sus cá­li­das pa­la­bras que usaré como bol­sita de agua ca­liente en las frías no­ches de enero.

    Miss Mar­ple: de­jar pa­la­bras J.L.B. en cual­quier ámbito, es como re­gar un jar­dín seco, donde los sen­de­ros se bi­fur­can. Mien­tras «Miss Mar­ple su­cede» todo irá bien. Gra­cias y muchas.

    Pa­blo: desde éste lado del charco, le agra­dezco con mi me­jor ti­po­gra­fía sus pa­la­bras. Mu­chas gracias.

    Che­rrit: Bon­jour, be­lle dame, com­ment allez-​vous? Pá­seme un mate santo mien­tras le agra­dezco cá­li­da­mente sus bue­nas palabras.

    Ar­chi­moldo: ¡ah, viejo loco! y ¿en­ton­ces? ¿Cómo tú te en­cuen­tras? Tú sa­bes que le de­cía al Jil­ton la otra ve’, que hace tiempo que no sa­bía nada de tí. Bueno, mu­chas gra­cias por tus pa­la­bras. A ver cuando nos ve­mos ¿eh? Tú ves, ahí.

    Mia: girl, you’ll be a wo­man soon. Gra­cias por el Eco de sus palabras.

    Fol­vril: ex­trê­me­ment re­con­nais­sants pour vos pa­ro­les d’affection et de faire sa­voir au monde que vous m’a ins­piré pour illus­trer cette his­to­ire avec Les Ramones.

Carta al lector

Paris, IXe arrondissement D
28 de abril de 2010

Cher lecteur:

Luego del encuentro que protagonizamos en el burdel de mala muerte de la calle Saint Très Putain, y antes de manchar los manuscritos con grandes aureolas violáceas-bordeaux de vino Berrete —las cuales acusó como «meras manifestaciones de un neoplasticismo amanerado»—, adjunto en este sobre los borradores del último capítulo de MediaTinta, «El anartista», del cual conjeturo ya habrá tenido la gentileza de leer.&mdash

Le ruego, estimado lector, que en caso de anhelar la publicación de una observación, apostilla, nota, comentario, glosa, coletilla, postilla, pastilla, tableta, comprimido o blíster, tenga la amabilidad de enviarnos una carta al Apartado de Correos bsmseinte mnsdueve sfvmsfydos tresochodos.&mdash

Por otro parte, anexo junto a este sobre cinco mil francos en pro de amortiguar los daños que en forma de vino, la tela su traje absorbió con todo éxito.&mdash

Recevez mes salutations distinguées:

Frèdèric Durhomme.-

Carta al escritor

Usted ya sabe dónde
03 de octubre de 2010

Frèdèric Durhomme.-
http://mediatinta.info.-
De mi menor consideración:

Atentamente: