El autor de esta fotografía fue Charles Pöch von Sonntag, un afamado constructor alemán que nació en San Ramón, Uruguay bajo el nombre de Carlos «Pocho» Dominguez.
Docentes de «Das Staatliche Bauhaus» (o simplemente «La Bauhaus») en Weimar, Alemania, en 1919. En esta escuela se cimentaron las bases del diseño moderno, tanto gráfico como industrial y se aplicaron en hechos concretos (y de concreto) las teorías arquitectónicas que se venían generando desde principio de siglo, cuyo principal constructor fue el arquitecto franco-suizo Le Corbusier.
Ampliando la foto vemos de izquierda a derecha, en el arco, a Josef Albers; línea de tres: Hinnerk Scheper, Georg Muche, László Moholy-Nagy; en el medio campo: Herbert Bayer, Joost Schmidt, Walter Gropius, Marcel Breuer; como enganche: Vasily Kandinsky; en la punta: Paul Klee y Lyonel Feininger; dirige: Gunta Stölzl, arbitra: Oskar Schlemmer.
El autor de esta fotografía fue Charles Pöch von Sonntag, un afamado constructor alemán que nació en San Ramón, Uruguay bajo el nombre de Carlos «Pocho» Dominguez. Propició sus más valorados talentos en Europa, Estados Unidos, Japón, así como también en Salinas y Lezica. Fue Grado Cinco en la carrera de Maestro de Cuchara y en la Licenciatura de Fratacho Artístico en la Bauhaus así como profesor suplente en la UTU de Atlántida.
Escribió nueve de tratados de arquitectura —siete de ellos destratados — , tres manifiestos, cinco ensayos y un debut; un testamento y tres cartas a una novia. Edificó más de cien edificios (se le cayeron tres), creó cinco vanguardias, tres modas (una pasajera) y llamó a una radio de Vaduz para ganarse dos entradas para la Oktoberfest del ’47.
Conoció a Durhomme cuando éste necesitaba la refacción de una palangana desarraigada de la pared del baño luego de haber apoyado la pata para cortarse las uñas de la misma. Al terminar el jornal, von Sonntag confesó: —¿Sabe? yo también escribo.
El canario-germano le entregó un volante promocional sobre un pequeño y perdido burdel ubicado en el Boulevard de Clichy del 18e arrondissement, al pie de Montmartre en París, cuyo nombre era «Saint Très Putain», lugar que a la postre Durhomme se citaría con su último editor. Al principio, Frèdèric pensó que von Sonntag era un redactor publicitario, pero luego que éste le mostrara el reverso del volante, descubrió que sobre el mismo había escrito un cuento.
Fue así que nuestro escritor afanó con todo éxito su famoso cuento «Instrucciones para subir una escalera de albañil» y que a continuación publicaremos con el permiso de nuestro amigo Charles Pöch von Sonntag, persona edificante si las hay.
Instrucciones para subir una escalera de albañil
Nadie habrá dejado de observar que con frecuencia el suelo se pliega de manera tal que una parte sube en ángulo recto con el plano del suelo, y luego la parte siguiente se coloca una nueva capa de revoque grueso perpendicular a este plano, para dar un paso a una capa de revoque fino, conducta que se repite en espiral o en líneas horizontales hasta alturas sumamente variables.
Agarrándose y poniendo la mano izquierda en una de las partes verticales, y la derecha en la horizontal superior, se está en posición momentánea de un peldaño o escalón. Cada uno de estos peldaños, formados como se ve por un elemento horizontal y otro vertical en común, se sitúa un tanto más arriba y adelante que el anterior, principio que da a la escalera de albañil, ya que cualquier otra combinación producirá formas quizá más útiles para un encofrado o para leña de un asado, pero incapaces de trasladar el balde de mezcla de una planta baja a un primer piso.
Las escaleras de albañil se suben de frente manteca, pues hacia atrás o de costado quedará particularmente como un nabo. La actitud natural consiste en mantenerse de pie, con la raya del culo asomando por el vaquero sin esfuerzo, el gorrito de Helados Gebetto erguido aunque no tanto que los ojos dejen ver el tupperware inmediatamente después de la hora del trabajo, y se aspira los mocos rápida y regularmente.
Para subir una escalera de albañil se comienza por llevar la mano a ese paquete que tiene la camisa situado a la izquierda arriba, envuelto casi siempre en papel plateado, y que salvo excepciones cabe exactamente en el bolsillo. Puesta la mano en dicha parte, que para abreviar llamaremos «tabaco», se recoge la pequeña libretita (también llamada «hojilla de tabaco», pero no ha de confundirse con el ticket alimentación ubicada en el bolsillo antes citado) y extrae una de estas finas páginas para depositar en ella un puñado de hojillas trituradas de la citada planta (que previamente habrá discriminado entre «La Paz» o «Cerrito»).
Se realiza entonces un delicado movimiento de mano con el fin de amalgamar la hojilla con las hojillas hasta propiciar la más cilíndrica de las formas. Para un sellado definitivo, se lleva el proto pucho a la altura de la boca y se le hace descansar en la extremidad de la lengua (que tuvo la precaución de sacar previamente) a la vez que se lo hace recorrer de punta a punta.
Una vez lacrado y puesto nuevamente en la boca desde una de sus extremidades, se trata de incinerar la extremidad sobrante y aspirar la parte equivalente a una pitada. (Las primeras armadas de tabaco son siempre las más difíciles, hasta adquirir la coordinación necesaria. La coincidencia de nombre entre la hojilla de cigarros y las hojillas de tabaco hace difícil la explicación. De todas maneras, cuídese especialmente de no pitar desde la extremidad quemante).
Luego de la pitada, se lleva el pucho a la altura de la cintura y se le hace un pequeño pero firme movimiento con el fin de desechar toda parte cuya combustión haya sido completada. Conviene también, expirar las pequeñas partículas en suspensión de las cuales abreviaremos como «humo».
Llegando de esta forma a la segunda pitada, basta repetir alternadamente los movimientos citados hasta encontrarse con el final del pucho. Se sale de él fácilmente, con un ligero tiquiñazo de dedos que lo fija en el piso, del que no se moverá hasta el momento de limpieza de la construcción.
Perdido el tiempo necesario con el pucho y luego de suspirar «la puta madre, hay que laburar» proceda sin miedo a subir la escalera de albañil.
El tema es «Ich bin von Kopf bis Fuß auf Liebe eingestellt», algo así como «Estoy hecha para amarte de los pies a la cabeza» y fue compuesto por Frederick Hollander. Interpretada por la mismísima Marlene Dietrich, es la canción central del film alemán «Der blaue Engel» («El ángel azul») de 1930 y es considerado uno de los mejores largometrajes sonoros alemanes de todos los tiempos.
Seguramente, tanto docentes como estudiantes de la Bauhaus, habrán analizado esta película desde el punto de vista formal —luz, composición, montaje — ; mas conjeturo que su única opinión fue: «Fick dich! wie gut ist die Marlene» («¡La puta! qué buena que está la Marlene»).
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Es un hønørensen pärä mí ke publike el kuentø ke escribí hace tiempo, ke tän nøblementen häce referencienn ä mi prøfesiøn.
Le ruegø desde äki lä mäjestuøsä Berlin, ke cønträdigä tødø ulterior kømentäriø en relaciøn äl pärecidø, ø mejør dichø, äl deskärädø røbø ke sufrí äñøs después køn un täl Cørtázen.
Se despidesen änte usted, Charles Pöch vøn Sønntag. Pøchø, si usted prefiere.
2
Interesantísimo. Guardaré las instrucciones para el caso de que intente la sublime experiencia de fumar tabaco. Sospecho que usted también se dedica a la fotografía o tiene una memoria similar a la de nuestro amigo en común, el admirado Doctor Sheldon Cooper.
Ésta es la primera lectura pero volveré con un comentario más constructivo. En otro orden de cosas, ¿me podría decir a cuánto está el Pantheón de Soufflot? Mis más azules y angélicos saludos.
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Precioso diseño.
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Sin duda, de las mejores enseñanzas que le dejó esta relación con el constructor a usted mi querido Frèdèric, es aquella que me refirió una tarde mojarrenando orillas del Rhin. Intentaré reproducirla sin bastardearla demasiado…
Parece que una tarde después de terminar su labor, luego de darse su consabido baño al estilo de los naturales de Polonia, ante una observación suya, en la que usted le hacía notar lo torcidos que habían sido colocados los azulejos del baño, von Sonntag (también conocido en su momento como «el Duque de la Portland») enarcando una ceja dejó caer un: «despues de todo yo no voy a vivir aquí». Fabuloso resumen de una filosofía de vida.