MediaTinta

Ensayos sobre arte escritos por Frèdèric Durhomme, en los cuales admite sus técnicas para crear textos, así como también, para afanarlos con todo éxito.

Carl Jung
Carl Gustav Jung en su casa junto al lago de Zúrich, en el apacible poblado de Küsnacht, Suiza.

Santos discípulos

Frè­dè­ric Dur­homme tuvo un alumno. Se lla­maba Au­guste M’Hìjo Dé­bu­tants y que­ría ser es­cri­tor como él. Una tarde de do­mingo le mos­tró dos cuen­tos a su profesor.

Carl Gus­tav Jung en su casa junto al lago de Zú­rich, en el apa­ci­ble po­blado de Küs­na­cht, Suiza, pa­sa­dos los ochenta años de edad. Na­cido en 1875, era un psi­quia­tra del hos­pi­tal Bughölzi para en­fer­mos men­ta­les de la ci­tada ciu­dad hel­vé­tica. Fue el pri­mero en po­ner a prueba los mé­to­dos psi­co­na­lí­ti­cos de Freud en psi­có­ti­cos, en­fer­mos más gra­ves que los neu­ró­ti­cos. Tam­bién fue el que acuño el fa­moso tér­mino «com­plejo» e in­ventó prue­bas diag­nos­ti­ca­das ba­sa­das en la aso­cia­ción de palabras.

El Freud de aus­tríaco quedó muy im­pre­sio­nado al co­no­cerlo y vi­ce­versa. —Jung es como un hijo para mí, es el prín­cipe he­re­dero del mo­vi­miento —es­cri­bió cons­cien­te­mente al­guna vez el pa­dre del psi­coa­ná­li­sis. Ya desde el co­mienzo de su amis­tad, Jung ad­mi­tió que te­nía sen­ti­mien­tos con­fu­sos res­pecto a Freud.

—Mi ve­ne­ra­ción por us­ted, se pa­rece a una «pa­sión re­li­giosa». Aun­que en reali­dad no me preo­cupa, me pro­duce cierta re­pug­nan­cia y una sen­sa­ción de ri­dículo a raíz de sus in­ne­ga­bles ma­ti­ces eró­ti­cos. Este sen­ti­miento de­lez­na­ble pro­viene del he­cho de cuando era niño fui víc­tima de un abuso se­xual por un hom­bre al que an­taño ha­bía ve­ne­rado —es­cri­bió Jung a Freud en una carta fe­chada el 28 de oc­tu­bre de 1907.

La res­puesta de Freud fue que una «pa­sión re­li­giosa» puede ter­mi­nar mal, en una re­bel­día. —Haré cuanto pueda para de­mos­trarle que no soy muy ade­cuado como ob­jeto de ve­ne­ra­ción —con­testó Sig­mund. Este tema de ser «como pa­dre e hijo» y la su­ce­si­vas crí­ti­cas que Jung for­muló en con­tra de las teo­rías de Freud, hizo que éste pu­siera en evi­den­cia una in­de­pen­den­cia de cri­te­rio que ge­ne­raba una re­sis­ten­cia ante lo in­cons­ciente y un de­seo de ani­qui­lar al padre.

En 1913, la rup­tura en­tre am­bos fue de­fi­ni­tiva. Freud en­vió una carta a Jung en la que de­cía: «Su ale­gato de que trato a mis se­gui­do­res como pa­cien­tes es evi­den­te­mente falso. Es una con­ven­ción en­tre los ana­lis­tas que nin­guno de no­so­tros debe sen­tirse aver­gon­zado de su pro­pia neu­ro­sis. Pero us­ted que, mien­tras se com­porta anor­mal­mente, si­gue gri­tando que es nor­mal, da sus­tento a la sos­pe­cha de que le falta asu­mir su en­fer­me­dad. En con­se­cuen­cia, pro­pongo que aban­do­ne­mos nues­tras re­la­cio­nes per­so­na­les enteramente».

Esta es la clá­sica his­to­ria del alumno que rompe con su maes­tro, del bo­rrego que bi­furca su des­tino en pro de desa­rro­llar sus pro­pios ca­mi­nos que una vez co­menzó junto con su pe­da­gogo. Ideal del maes­tro es —con­viene de­cir— aquel dis­cí­pulo que apren­dida sus he­rra­mien­tas puede cons­truir por sí solo, sin la mano pa­ter­nal del edu­ca­dor. Es el «puedo en­se­ñarte a vo­lar pero no se­guirte el vuelo» que una vez Zi­ta­rrosa cantó en Mi mayor.

Frè­dè­ric Dur­homme tuvo un alumno, un se­gui­dor. Se lla­maba Au­guste M’Hìjo Dé­bu­tants y que­ría ser es­cri­tor como él. Una buena tarde de do­mingo, en el Jar­din des Plan­tes de Pa­rís, am­bos se en­con­tra­ron para ve­ri­fi­car las ca­pa­ci­da­des li­te­ra­rias de M’Hìjo.

—Cuén­teme com­pa­ñero qué tiene para mos­trarme —ma­ni­festó Frèdèric

—Tengo un…

—Em­piece por el que más le guste.

—Tengo un pe­queño re­lato de un ca­ba­llero que ve­nera a su amada.

—Ajá. Lea, lea —pi­dió Dur­homme mien­tras se ce­baba un mate. M’Hìjo or­denó sus apun­tes y leyó en voz alta.

Primer cuento

¡Oh flor de la ca­ba­lle­ría que con sólo un ga­rro­tazo aca­baste la ca­rrera de tus tan bien gas­ta­dos años! Sólo mira cómo se me­nea, cómo le gusta ca­mi­nar. De quien tengo la re­ceta en la me­mo­ria, con el cual no hay que te­ner te­mor a la muerte, ni hay pen­sar mo­rir de fe­rida al­guna pero ma­yo­res se­cre­tos pienso en­se­ñarte y ma­yo­res mer­ce­des ha­certe si sólo ob­ser­vas su ca­bal­gar sua­ve­cito como la ma­rea, su mi­rada, oh es­cu­dero mío, te puede matar.

Sepa vues­tra mer­ced, que esta her­mosa Ja­rifa por quien yo he he­cho, hago y haré los más fa­mo­sos he­chos de ca­ba­lle­rías que se han visto, vean ni ve­rán en el mundo. Mire vues­tra mer­ced, se­ñor, pe­ca­dor de mí, mire cómo va go­zando, cómo suena su cas­ca­bel. Non fu­yan las vues­tras mer­ce­des, ni te­man des­a­gui­sado al­guno, ca a la or­den de ca­ba­lle­ría que pro­feso non toca ni atañe fa­cerle a nin­guno, cuanto más a tan al­tas don­ce­llas como vues­tras pre­sen­cias de­mues­tran que su pa­sito me está en­ve­ne­nando y se pierde al ano­che­cer, hasta el alba de es­tas tierras.

Os pido en aho­gado grito, in­dó­mito Dios que acude a sal­va­guar­dar mi re­ta­guar­dia en sú­bita ti­nie­bla mora, que no la de­jes ir, ¡no! os ruego ante los cie­los, que no la de­jes ir. Pre­gun­ta­rais por qué y en ver­dad que mi hu­mil­dad en­ga­lana de no­ble cor­te­sía y con la sim­pleza del trote de un huso de Gua­da­rrama, os digo, os res­pondo ante vos: pues por­que os lo digo yo.

¿Quién es? cues­tio­na­rás. Di­chosa pre­gunta hará in­flar mi ar­ma­dura de or­gu­llo, de cuando se me llena el pe­cho de ven­tura va­len­tía ante el ata­que soez bár­baro, para de­cir ante los mo­li­nos del tiempo y la eter­ni­dad de mis sue­ños, que es Vio­leta, aque­lla be­lla se­ñora de ámbar y al­ga­lia en­tre al­go­do­nes que se va sin de­cir adiós.

No la de­jes ir, pido de ro­di­llas an­tes el maíz que ha puesto Bel­cebú, no la de­jes ir. Pre­gunta por qué moro pa­gano y os diré que os lo digo yo. Anímate y osa a pre­gun­tar quién es y re­pe­tiré como olas de un río em­bra­ve­cido que es Vio­leta, la be­lla moza que se lleva mi corazón.

Tiem­bla la faz de la an­cha y es­pa­ciosa tie­rra las do­ra­das he­bras de sus her­mo­sos ca­be­llos cuando baila como un te­rre­moto. Bien pa­rece la me­sura en las fer­mo­sas y es mu­cha san­dez ade­más la risa que de leve causa pro­cede; esa cin­tura que me hace tem­blar pero non vos lo digo por­que os acui­te­des ni mos­tre­des mal ta­lante, que el mío non es de ál que de ser­vi­ros pues tiene un fee­ling que me vuelve loco. Pero, sea lo que fuere, venga luego, que el tra­bajo y peso de las ar­mas no se puede lle­var sin el go­bierno de las tri­pas y yo no me puedo controlar.

Sólo pido que mi­res como sube y baja como si se fuera a rom­per en plena ba­ta­lla, en pleno an­dar del enemigo zoez y baja ca­na­lla. No lo haré otra vez, se­ñor mío; por la pa­sión de Dios, que no lo haré otra vez, y yo pro­meto de te­ner de aquí ade­lante más cui­dado con el hato. Es que con­fieso que me co­rre un frío por la es­palda y mal pa­rece to­ma­ros con quien de­fen­der no se puede, ad­mito que yo no sé lo que voy hacer.

¡Oh! tú, sa­bio en­can­ta­dor, quien­quiera que seas, a quien ha de to­car el ser co­ro­nista desta pe­re­grina poe­sía que no la de­jes ir, os pido que no, no la de­jes ir. Pre­gunte otra vez, se­ñor mío; por la hi­dal­guía de Dios, que por qué, y yo con­fiero se­gún los usos de la ca­ba­lle­ría que es por­que te lo digo yo. Mi dama es la más her­mosa so­bre la tie­rra o pronto ve­rán el pago que lle­váis de vues­tra san­dez y de­ma­sía, el des­fa­ce­dor de agra­vios y sin­ra­zo­nes, y a Dios que­dad, y no se os parta de las mien­tes lo pro­me­tido y ju­rado, so pena de la pena pronunciada.

Pre­gunta quién es y será gran pru­den­cia de­jar pa­sar el mal in­flujo de las es­tre­llas que agora co­rre. Mi­rá­banme las mo­zas y an­da­ban con los ojos bus­cán­dome el ros­tro, que la mala vi­sera me en­cu­bría; mas como se oye­ron lla­mar don­ce­llas, cosa tan fuera de mi pro­fe­sión, no pu­die­ron te­ner la risa y fue de ma­nera que fui a co­rrerse y a de­ci­ros: Vio­leta, que se lleva mi corazón.

El si­len­cio se apo­deró del jar­dín. La gente mi­raba cómo M’Hìjo gri­taba. La po­li­cía ob­ser­vaba. Frè­dè­ric cebaba.

—¡Pero M’Hìjo! —in­qui­rió Dur­homme —¡Tran­qui­lí­cese! ¿Qué otra cosa tiene para mí?

—Un re­lato o bueno, el co­mienzo de una novela.

—Ajá —dijo Fré­dè­ric luego de to­mar un mate. —¿Cómo se llama?

—Au­guste.

—No M’Hìjo, su novela.

—¡Ah! Se llama «¡To­can!»

—¿A dónde? ¿¡Quién es!?

—No, «To­can» se llama la novela.

—Claro M’Hìjo, era para ver si es­taba atento. Lea, lea. —Y Au­guste leyó.

Segundo cuento

El 12 de oc­tu­bre de 1992, una ca­mio­neta mo­delo Un­fair­child 571 per­te­ne­ciente a la em­presa Fuerza Fle­tera Uru­guaya par­tió desde la zona de Tres Cru­ces trans­por­tando al grupo de heavy me­tal «Old Sa­ta­nics» que se di­ri­gía a rea­li­zar un show en Ai­gúa, Mal­do­nado, junto a su par «Old Gores»

Par­tie­ron por la ruta ocho y pa­ra­ron en Mi­nas por el mal tiempo y la es­pesa nie­bla. El viaje con­ti­núo hasta que en la no­che del 13 de oc­tu­bre, cerca del arroyo Los Ta­pes y de­bido a un fa­tal error de con­duc­ción del cho­fer, la ca­mio­neta se va con­tra la ban­quina, avanza a unas tres cua­dras campo aden­tro hasta de­te­nerse en el me­dio de la pista de un baile de cam­paña. Por las ven­ta­nas ro­tas, fuer­tes cum­bias en­tra­ban y la te­rra­jada se sen­tía hasta los hue­sos. Los so­bre­vi­vien­tes, que­da­ron va­ra­dos en la pista por 72 horas.

Esta es la his­to­ria de los lla­ma­dos «So­bre­vi­vien­tes de los Ta­pes»: ¡To­can!, el triunfo del oído humano.

—Aja. Y ¿cómo si­gue? –pre­guntó Frèdèric.

—Bueno, de­bido a la in­tensa cum­bia reinante, los so­bre­vi­vien­tes se ven obli­ga­dos a ta­par las ven­ta­nas para que no in­grese la más mí­nima es­trofa tro­pi­cal. Cuando la falta de rock se hace in­so­por­ta­ble, de­ci­den to­car sus pro­pios ins­tru­men­tos como única ma­nera de sobrevivir.

—Y ¿en­ton­ces?

—Rea­li­zan va­rias ex­pe­di­cio­nes para bus­car un te­lé­fono pero la ma­yo­ría fue­ron un fra­caso. In­cluso uno de ellos no re­gresó ja­más al ser aba­tido por una lu­ga­reña que lo aga­rró para bai­lar en pleno es­tri­bi­llo de «Qué tiene la no­che» de So­nido Caracol.

—¡Bár­ba­ri­dad!

—Fi­nal­mente, eli­jen a dos in­te­gran­tes, Fer­nando Ba­rrado y Ro­berto Pa­nessa, para lo­grar una ex­pe­di­ción fi­nal en busca de la ca­bina te­le­fó­nica en la can­tina del baile. Cuando es­tán lle­gando a la ba­rra, se en­cuen­tran con un se­gu­ri­dad que te­nía una re­mera de Me­ta­llica. Uno de los ex­pe­di­cio­na­rios, le tira una bo­te­lla de plás­tico con vino aden­tro a la que le ató un pa­ñuelo en el que es­cri­bió: «Vengo de una ca­mio­neta que se chocó en las sie­rras. Soy mon­te­vi­deano. Hace 20 mi­nu­tos que es­ta­mos ca­mi­nando. Tengo un amigo bai­lando en el me­dio de la pista. Te­ne­mos que sa­lir rá­pido de aquí y no sa­be­mos cómo. No te­ne­mos cas­set­tes. Es­ta­mos lle­nos de azu­quita pa’l café ¿Cuándo ven­drán a bus­car­nos? Por fa­vor. No po­de­mos ni es­cu­char. ¿Dónde estamos?»

—Ay, qué ho­rri­ble, —bo­ci­feró Durhomme.

—Tam­bién por ahí tengo pen­sado, el drama de los pa­dres de la banda bus­cán­do­los. Hago hin­ca­pié en uno de ellos, el pa­dre del ba­jista, pin­tor de ca­sas, de esos que te pi­den para darse una du­cha en tu baño al fi­nal de cada jor­nada. Se hizo fa­moso años des­pués, pin­tando toda una casa grande como un pue­blo, cerca de Punta del Este, al que to­dos ad­mi­ra­ban cuando en reali­dad sa­bían la por­que­ría snob que era.

—Ajá, pero no se me vaya de la his­to­ria. ¿Qué pasó al fi­nal? —pre­guntó Frèdèric.

—Los res­ca­ta­ron y la no­ti­cia re­co­rrió el país. En las dé­ca­das si­guien­tes, cada mú­sico dio con­fe­ren­cias so­bre el oído hu­mano y la su­per­vi­ven­cia en am­bien­tes te­rra­jas. Li­bros es­cri­bie­ron y do­cu­men­ta­les hi­cie­ron. Una in­dus­tria ba­sada en esas se­tenta y dos ho­ras de supervivencia.

—Com­prendo. Ahora me pre­gunto ¿por qué de­mo­ra­ron tanto en sa­lir de ahí?

—Con­fia­ban en que vi­nie­ran a rescatarlos.

—Pero se con­fia­ron mu­chas horas.

—Si, es cierto. Si hu­biera sido por mí, hu­biera sa­lido an­tes de ese lugar.

—¿No cree que los per­so­na­jes te­nían una vida un tanto có­moda como para que­darse de ma­nara tan… pasiva?

—Tal vez. Sin embargo…

—Dis­culpe, eso de las con­fe­ren­cias, li­bros y do­cu­men­ta­les ¿no son una ma­nera de ex­plo­tar una ex­pe­rien­cia que a la pos­tre, fue trágica?

—Si, pero…

—Sé­pame dis­cul­par pero esa di­co­to­mía Rock-​Cumbia, ¿no es un tanto discriminatoria?

—Exacto —dijo Au­guste. —Me­diante el re­curso de cierta exa­ge­ra­ción o ca­ri­ca­tu­ri­za­ción de la his­to­ria, me es útil para de­nun­ciar es­tas cosas.

—Pero M’Hìjo, no cam­biará el mundo con esto.

—Al me­nos lo intento.

—In­tente con­tarme el otro cuento.

—Es que no tengo más. Me re­sulta di­fí­cil pen­sar en algo nuevo ¿Cómo hace us­ted, Don Frèdèric?

—Bueno mire, us­ted co­loca ¾ de yerba, le pone agua fría y…

—Le pre­gunto cómo hace para escribir.

—Com­prendo. Bueno M’hijo, mire, ¿us­ted cree en Dios?

—Sólo creo en lo que escribo.

—Bien. Pri­mer error. No crea en lo que es­cribe ¿Cómo va a creer en algo que us­ted in­ventó? Es como esas per­so­nas que di­cen «sólo creo en mi pro­pia re­li­gión». In­sisto ¿cómo va a creer en algo que us­ted inventó?

—Pero en­ton­ces na­die cree­ría en nada.

—Una cosa es creér­sela uno mismo y otra es ha­cer creer a los demás.

—En­tiendo. De to­das ma­ne­ras, me pre­gun­taba si creía en Dios.

—Le de­cía, las ideas no vie­nen ilu­mi­na­das desde el cielo, ni si­quiera son lla­mas del in­fierno. ¿Us­ted ha ca­mi­nado por París?

—Si claro, vivo acá.

—He ca­mi­nado tanto Pa­rís como ado­qui­nes de mi Mon­te­vi­deo. Y ¿sabe? la crea­ti­vi­dad es como una ciu­dad y las bue­nas ideas vi­ven en al­guna casa per­dida. Us­ted ja­más sa­brá a priori en qué puerta es­tará vi­viendo la gran idea, esa idea que hará ex­pre­sar sus emo­cio­nes en forma de arte.

—Y ¿cómo hace us­ted para en­con­trar a esa gran idea?

—Gol­pee puerta por puerta. In­ves­ti­gue. Re­co­rra los ba­rrios de la crea­ti­vi­dad, los bur­de­les de su sub­cons­ciente y los puen­tes de su lo­cura so­bre ab­sur­dos ria­chue­los. Evite las zo­nas tu­rís­ti­cas de su crea­ti­vi­dad. No en­con­trará ahí más que lu­ga­res co­mu­nes, ideas ya pen­sa­das e in­cluso éxi­tos y fra­ca­sos aje­nos. Vaya por esas ca­lles que ni un ta­xi­mè­tre lo lle­vará; pero ca­mine y ca­mine mu­cho, gol­pee puerta por puerta y haga so­nar cada tim­bre. En el mo­mento me­nos pen­sando, al­gún ap­par­te­ment pren­derá el fa­rol de la buena idea para que lo haga pa­sar a los có­mo­dos si­llo­nes de la inteligencia.

—¿No es eru­dito de más en lo que dice?

—No sea nabo M’Hìjo. La in­te­li­gen­cia es su prin­ci­pal ca­pi­tal. Te­ner una idea es te­ner poder.

—Bien, lo vengo si­guiendo. Ahora, us­ted me quiere de­cir que para lle­gar a una buena idea hay que ca­mi­nar y mu­cho ¿es así? —pre­guntó Auguste.

—Exacto, no hay mé­tro que nos brinde el atajo.

—¿Y la experiencia?

—La ex­pe­rien­cia, M’Hìjo, es ape­nas ca­mi­nar un poco más rá­pido y sa­ber de an­te­mano que al­gu­nos fa­ro­les ja­más prenderán.

—En­tiendo. Por otro lado, mi pro­me­tida, Ma­rie, me dijo que cuando leyó mis apun­tes, juró ha­ber­los leído en otro lado.

—Es po­si­ble —con­fesó Durhomme.

—Pero yo no leo nin­gún li­bro, ni una no­vela. No me quiero sen­tir influido.

—¡Pe­cado! —gritó Frè­dè­ric. —El buen ar­tista mira, lee, es­cu­cha y siente todo al­re­de­dor. El mundo de los otros ar­tis­tas es tam­bién su mundo.

—Pero temo de copiar.

—Tema de no sa­ber qué pasa y de es­cri­bir algo que ya está es­crito. Us­ted debe te­ner el su­fi­ciente co­no­ci­miento de no co­me­ter el error de es­cri­bir la Di­vina Co­me­dia por se­gunda vez, sólo por­que no sa­bía de la exis­ten­cia de ésta.

—Je com­prends.

—Lea mu­cho. Aprenda. Dé­jese in­fluir. La in­fluen­cia no es mala, sólo es un ci­miento para esa casa que al­ber­gará a su obra. Lea mu­cho. Aprenda. Dé­jese de ig­no­rar lo que el hom­bre ya ha he­cho y bus­que, en­tre ap­par­te­mentap­par­te­ment, ese fa­rol que sólo us­ted sa­brá pren­der e ilu­mi­nará a aque­llos que es­tán en esa oscuridad.

—Lu­ciér­na­gas atraí­das por la luz.

—Exacto. Las men­tes cu­rio­sas y sen­si­bles a esa luz, luz que es su arte. Mas le ad­vierto que el buen ar­tista es tam­bién un buen fotógrafo.

—¿A qué se refiere?

—No se so­bre ex­ponga, no ilu­mine de­ma­siado. Tam­poco os­cu­rezca. Haga un buen con­traste. Dé la su­fi­ciente luz como un faro en el mar. Deje que el lec­tor lle­gue por sí solo al puerto que ne­ce­sita ama­rrar. En­señe a vo­lar pero no siga el vuelo.

Au­guste y Fré­dé­ric to­ma­ron el último mate. Fue­ron en busca de al­gún caffè para más agua ca­liente. El sol se iba. Los fa­ro­les de Pa­rís se encendían.

Mu­chos años des­pués, Dur­homme asis­tió a la fiesta de quince años de una so­brina nieta le­jana que vi­vía en Río IV, en Ar­gen­tina. Se le pi­dió al es­cri­tor que ape­lara a su fa­ci­li­dad li­te­ra­ria y di­jera unas pa­la­bras alu­si­vas al fes­tejo. Frè­dè­ric —em­pa­ñado en Fer­net— ape­nas atinó a tan­tear su bol­si­llo para sa­car aquel viejo apunte que M’Hìjo Dé­bu­tants le en­señó años atrás.

Dur­homme leyó lo que pudo. La gente ape­nas aplau­dió un tanto des­con­cer­tada. La fes­te­jada sólo pre­gun­taba «Y este tipo ¿quién ca­rajo es?» (tiempo des­pués, Franz Buck Veinghei­mer, bió­grafo del es­cri­tor, com­probó que Frè­dè­ric se ha­bía con­fun­dido de fiesta). Sin em­bargo, uno de los in­vi­ta­dos, tomó nota de aquel ba­rroco cuento de Au­guste M’Hìjo Débutants.

—Ché, esto me suena —con­fesó nues­tro es­cri­tor un año des­pués cuando en un 427 es­cu­chó la si­guiente canción.

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  1. El 25 de noviembre de 2009, a eso de las 18:40,
    Miss Marple apuntó que:

    1

    Mi que­rido Mon­sieur Durhomme:

    Sen­tada aquí en el jar­dín de mi ca­sita de Saint Mary Mead, mi­rando los ro­do­den­dros en flor, le agra­dezco a la vida con­tar con us­ted como amigo. Es un ho­nor ser la pri­mera en leer sus es­cri­tos an­tes de que los lleve a la im­prenta, ho­nor que he que­rido com­par­tir con Char­lie mi fiel jardinero.

    Am­bos he­mos coin­ci­dido en que su ge­nio tal vez por ahora in­com­pren­dido, lo lle­vará a las más ex­qui­si­tas de­li­cias de la vida que son mu­cho más que el éxito co­mer­cial. Apre­ciar el arte, la li­te­ra­tura, la mú­sica, los gran­des ge­nios del es­pí­ritu y es­pe­cial­mente la co­me­die hu­maine,y sa­ber­los con­ju­gar en un texto con hu­mor y hu­mil­dad, es un pri­vi­le­gio sólo «pour la mi­nurí». Como di­rían Les Lut­hiers, este es «flor de blosss»

    Un día, tal vez pronto, nos en­con­tra­re­mos en el Jar­din de Plan­tes y to­mando unos ma­tes, ana­li­za­re­mos me­jor la obra de su jo­ven y naïf alumno. Me des­pido acá, por­que el ma­tri­mo­nio que cuida la finca com­puesto por Mrs Glen­dita Ja­ck­son and her hus­band, un poco más cal­ma­dos ahora que ven a sus quin­ti­lli­zos cre­cer en per­fecto es­tado de sa­lud, re­quie­ren de mi presencia.

  2. El 25 de noviembre de 2009, a eso de las 18:57,
    Frèdèric Durhomme apuntó que:

    2

    Que­ri­dí­sima Miss Marple:

    ¿Aún pre­para esas ex­qui­si­tas tar­tas de man­za­nas de la cual me atoré una vez y fui sal­vado por el ami­ga­ble y des­con­ges­tio­nante es­pal­da­razo que me dio su buen jar­di­nero Don Charly y que me dejó he­cho una Cé ma­yús­cu­las sans se­rif por las si­guien­tes dos semanas?

    Mis más ca­ri­ño­sos sa­lu­dos a ambos.

  3. El 25 de noviembre de 2009, a eso de las 20:34,
    Severino apuntó que:

    3

    ¿Qué de­cir de éste pre­cioso ori­gi­nal que tengo el pla­cer de leer?, me pa­rece me­jor re­cor­dar en es­tos mo­men­tos la cán­dida re­la­ción que tuvo Dur­homme con sus discípulos.

    Asistí cierto día por ejem­plo a una de sus lec­cio­nes, vi­vi­das en carne viva por uno de sus apren­di­ces, cuando so­bre su ma­ne­cita el viejo ver­tía el agua pronta para el mate; de­mos­trán­dole así que tan ca­liente se de­bía pre­pa­rar la in­fu­sión. (En otro mo­mento se­ría bueno con­tar como ad­qui­rió la cos­tum­bre del mate nues­tro escritor).

    Se cuenta en «Shi­darta» que al ha­llarse en pre­sen­cia de un ilu­mi­nado, ha­biendo re­co­no­cido su san­ti­dad en cada uno de sus ges­tos, llegó a com­pren­der que cual­quier cosa que éste pu­diera de­cirle le se­ría inú­til pues sólo al­can­za­ría di­cha sa­bi­du­ría ha­ciendo su pro­pio ca­mino. Quizá sea cierto que sólo se aprende de la pro­pia ob­ser­va­ción, pero ha­bía que ver cómo gri­taba aque­lla criatura!

  4. El 25 de noviembre de 2009, a eso de las 21:05,
    Frèdèric Durhomme apuntó que:

    4

    Es­ti­mado Don Severino:

    ¿Re­cuerda us­ted las afa­ma­das ga­las li­te­ra­rias en aquel pue­blito de La­va­lleja? Fue cuando co­nocí su ma­ra­vi­llosa bi­blio­teca de co­no­ci­miento, en es­pe­cial la re­fe­rente a la in­fluen­cia pa­pal en la Mon­go­lia del si­glo XIV.

    Re­cuér­dome, cuando afirmó —e in­cluso re-​afirmó gol­peando la mesa— (que a la pos­tre tuvo que re­pa­rar con cinta pato) que (cito) «Gen­gis Kan era ca­tó­lico y ¡de los apos­tó­li­cos ro­ma­nos! Su cru­zada no fue otra cosa más que lle­gar hasta Roma para pin­tarse un fresco en la puerta del Vaticano».

    To­dos se rie­ron me­nos yo —el ti­tu­lar de mi cé­dula de iden­ti­dad— mien­tras le arri­maba tro­zos de cinta pato a lo que us­ted mur­mu­raba: «vá­mosno a otro lado que si cuento la de Na­po­león con Lech Wa­lesa, nos matan».

  5. El 26 de noviembre de 2009, a eso de las 00:56,
    Marinarrosa apuntó que:

    5

    Frè­dè­ric:

    Co­nozco a mu­cha gente de La­va­lleja de­bido a las tra­di­cio­na­les ex­cur­sio­nes que or­ga­niza mi Agen­cia de Tu­rismo a la ciu­dad por siem­pre bo­nita pero más linda en abril, pero nunca vi a Don Severino.

    Eco­ute moi, Frè­dè­ric: Se­ve­rino no es el mismo que dio esa charla so­bre Gen­gis Kan. Po­dría ha­ber sido Ed­gard de la Rose ves­tido de Hugh Heff­ner :) pero Se­ve­rino, no.

    Lo in­tere­sante de la pá­gina de hoy es ese dato so­bre la in­fan­cia de Jung, del que he leído va­rias obras. Ex­plica en parte su dis­tan­cia­miento de Freud, aun­que me pa­rece que es más que una pe­lea de pa­dre e hijo, ya que sus teo­rísa de los ar­que­ti­pos se aleja mu­cho de la teo­ría de Freud so­bre el inconsciente.

    A pro­pó­sito, me pa­re­ció muy crea­tivo de su parte ilus­trar con las car­tas del ta­rot que es­tán ba­sa­das en mi­tos an­ti­guos y muy in­tere­sante la in­te­li­gente y as­tuta pre­gunta de Se­ve­rino: ¿cuándo y cómo apren­dió a to­mar mate? ¿fue su maes­tro el fo­tó­grafo canario?

  6. El 27 de noviembre de 2009, a eso de las 17:11,
    Edgard de la Rose apuntó que:

    6

    ¡Ja! ¡La clá­sica se­ño­rita que con­funde a la gente como uno! Me he co­deado con Mr. Dur­homme del Pub Swan, Lon­don, En­gland, com­par­tiendo una Ale… o más.

Carta al lector

Paris, IXe arrondissement D
25 de noviembre de 2009

Cher lecteur:

Luego del encuentro que protagonizamos en el burdel de mala muerte de la calle Saint Très Putain, y antes de manchar los manuscritos con grandes aureolas violáceas-bordeaux de vino Berrete —las cuales acusó como «meras manifestaciones de un neoplasticismo amanerado»—, adjunto en este sobre los borradores del último capítulo de MediaTinta, «Santos discípulos», del cual conjeturo ya habrá tenido la gentileza de leer.&mdash

Le ruego, estimado lector, que en caso de anhelar la publicación de una observación, apostilla, nota, comentario, glosa, coletilla, postilla, pastilla, tableta, comprimido o blíster, tenga la amabilidad de enviarnos una carta al Apartado de Correos bsmseinte mnsdueve sfvmsfydos tresochodos.&mdash

Por otro parte, anexo junto a este sobre cinco mil francos en pro de amortiguar los daños que en forma de vino, la tela su traje absorbió con todo éxito.&mdash

Recevez mes salutations distinguées:

Frèdèric Durhomme.-

Carta al escritor

Usted ya sabe dónde
03 de octubre de 2010

Frèdèric Durhomme.-
http://mediatinta.info.-
De mi menor consideración:

Atentamente: