MediaTinta

Ensayos sobre arte escritos por Frèdèric Durhomme, en los cuales admite sus técnicas para crear textos, así como también, para afanarlos con todo éxito.

Elvis
Elvis Presley con su guitarra Gibson J-200 en 1957.

Heartbreak tale

—Cuando El­vis mu­rió, Tom Waitts dijo: «tal vez, se cansó un poco de arre­glar los co­ra­zo­nes ro­tos del mundo» y fue así que Dur­homme se quitó esa cu­rita del alma.

Frè­dè­ric Dur­homme, vol­vía, sin ho­jas que leer, una fría tarde de do­mingo, ape­nas en no­viem­bre, en el au­to­bus, casi va­cío, los vi­drios des­en­fo­ca­dos por la con­den­sa­ción, el puño del saco hú­medo por en­fo­car la ven­ta­ni­lla en un arco de cir­cun­fe­ren­cia que acercó un poco más a la ciu­dad. El único mo­vi­miento fue la iner­cia de la fre­nada, en la pa­rada si­guiente, cuando la gente subió.

Re­cor­daba cada mi­nuto, cada su­su­rro, ni un mi­nuto en vano, el brazo des­li­zando la cin­tura, la fría mano que ha­bía que abri­gar cuando ca­mi­na­ban jun­tos, cada ca­ri­cia ahora ya perdida.

Cos­taba re­pa­sar los pá­rra­fos que con­ta­ban cuando se co­no­cie­ron en la fa­cul­tad, la pri­mera no­che jun­tos en la ha­bi­ta­ción blanca de Dur­homme, sin cua­dros, el pri­mer mes jun­tos. Mas la vida los ha­bía apre­su­rado y ella que apa­re­ció de re­pente, se fue tam­bién así.

El juego cruel, la com­pa­ti­bi­li­dad de sig­nos, las lla­ma­das, el te ex­traño, los ir y ve­nir, la efí­mera es­ta­bi­li­dad en las ho­ras de sofá, mi­rán­dose, la mú­sica a las es­pal­das, la manta que los trans­for­maba en una sola forma.

Co­men­za­ron como ex­tra­ños y hoy, fría tarde de do­mingo, ape­nas en no­viem­bre, en el au­to­bus casi va­cío, vol­vie­ron a serlo. Una tre­gua en el es­tado na­tu­ral de ellos: el no sa­ber el uno del otro. Su amor se ha­bía ido y no ha­bía consuelo.

—Ya ven­drá otro amor —pen­saba Frè­dè­ric que se re­fu­giaba en las go­ti­tas que pei­na­ban la ven­tana —y como de­cía El­vis en aque­lla can­ción: «los hom­bres sa­bios di­cen que solo los ton­tos se apre­su­ran y que como un río que se­gu­ra­mente fluye al mar, que­rida mía, al­gu­nas co­sas es­tán des­ti­na­das a pasar».

—Al­gu­nas co­sas es­tán des­ti­na­das a pa­sar —pensó otra vez Dur­homme.

En los pri­me­ros fríos de oc­tu­bre, Frè­dè­ric fue in­vi­tado a una fiesta del Ins­ti­tuto Su­pe­rior del Arte por el Arte, de­pen­diente de la Uni­ver­si­dad del Buen Bur­gués, como re­pre­sen­tante de la Es­cuela Na­cio­nal del Arte Dia­léc­tico y su Ma­te­ria­li­dad Pic­tó­rica, de la cual, Dur­homme era docente.

Pensó que era una ce­le­bra­ción for­mal, de esas, que los do­cen­tes y aca­dé­mi­cos con aliento a san­gu­chito de ca­te­ring re­cién co­mido y ca­chito de miga en la co­mi­sura, las ri­sas suel­tas por esa co­pita de vino re­ci­bida con un «bueno, sólo una» y vie­jas pa­que­tas, bajo ki­los de base, rouge de cinco fran­cos, aque­llas pes­ta­ñas que eran tol­dos im­permea­bles a cual­quier su­dor y en­re­da­de­ras Cas­ting Gloss de pe­lu­que­ría de ga­le­ría co­mer­cial con lo­ca­les casi abandonados.

A Dur­homme le chu­paba un huevo. La chu­paba un huevo pero ha­bía que ir. El «así no más», vis­tió sus ro­pas: su saco, ese es­cri­bano de pana ma­rrón que tan­tas es­cri­tu­ras firmó y los mi­llo­nes de olo­res que tomó pero que siem­pre olía bien por el per­fume que pin­taba ante cada sa­lida y por la ven­ti­lada, de vez en cuando, con el sol­cito de la te­rraza; los va­que­ros, azul re­sis­tente al ja­bón de polvo blanco y al sol­cito men­cio­nado; el sa­quito como no­vato del dis­fraz so­bre la ca­misa que más vale di­si­mu­larla y claro, las Converse.

Dur­homme amaba sus bo­ti­tas Con­verse. Ne­gra lona y de pa­ra­gol­pes blan­cos, in­vi­si­bles a la mo­der­ni­dad pero que a la vez lo eran, el to­que que ro­baba años a su ver­da­dera edad, la mi­rada de los otros que le acu­sa­ban in­for­ma­li­dad pero que «bueno, es un es­cri­tor, un bohe­mio, no es­pe­raba me­nos», el to­que des­pro­lijo a tanta con­ven­ción so­cial y que le cal­za­ban las pa­tas, ha­ciendo de pe­que­ños au­tos suburbanos.

To­dos lo sa­lu­da­ban y no ha­bía otra que sa­lu­dar. El por­tero, los do­cen­tes, un par de alum­nos al­cahue­tes, la rec­tora y su pe­da­cito de miga en la co­mi­sura. Miró en pa­neo es­té­reo, de iz­quierda a de­re­cha, como ob­ser­vando un te­rreno des­co­no­cido, un poco ate­rra­dor pero a la vez ya mu­chas ve­ces visto, ra­zo­nando fría­mente su nuevo paso, como Arms­trong en la base del Águila por­que como él, no sa­bría dónde es­ta­ría ca­mi­nando en los pró­xi­mos mi­nu­tos y se­ría un pe­queño paso, sí, pero un gran salto a la in­co­mo­di­dad. De frente y mano se di­ri­gió al mozo. La mano di­recto al grano, a la copa, mas le ga­na­ron de mano.

—Per­dón —dijo ella.

—No hay pro­blema —con­testó Dur­homme, to­mando otra copa de be­be­raje bordeaux.

—Us­ted es Frè­dè­ric ¿no es así?

—Sí, eso di­cen —con­testó él.

—Leí Me­dia­Tinta y me gustó. Me reí mu­cho con aquel cuento de cuando usted…

La mú­sica co­menzó a so­nar tan fuerte que Frè­dè­ric no es­cu­chó so­bre qué cuento le ha­blaba. Tam­poco le ad­vir­tió que no ha­bía escuchado.

—Ah, sí. Gra­cias. Costó es­cri­birlo ¿Cómo es su nom­bre? —pre­guntó él.

Vi­vía en Lon­dres, al otro lado del charco y era casi tan alta como Dur­homme: si usaba sus bo­tas, la lí­nea ima­gi­na­ria que se for­maba al mi­rarse era per­fec­ta­mente pa­ra­lela al plano te­rres­tre. Y eran ojos ver­des en­vuel­tos en pes­ta­ñas de corte árabe que si los ce­rraba, era la única ma­nera de ver sus la­bios rojo ber­me­llón: a él, le cos­taba sa­lir de esa luz verde de dos faros.

—Ma­rie.

—Frè­dè­ric.

—Sí, lo sé.

Son­rie­ron.

—¿Está es­cri­biendo algo nuevo? —pre­guntó Ma­rie con copa en mano y ojos ver­des en Durhomme.

—Sí, algo tenemos.

—¿Me puede dar un adelanto?

—Bueno, aún no está ter­mi­nado, pero le po­dría con­tar que es so­bre una fiesta en una fa­cul­tad de arte a la que asisto y co­mienzo a des­cri­bir al­gu­nas cosas.

—¿Se re­fiera a esta misma fiesta?

—Claro.

—¿Se acuerdo de al­gún pasaje?

—Sí, claro. Dice así…

Son­rie­ron.

—¿Está es­cri­biendo algo nuevo? —pre­guntó Ma­rie con copa en mano y ojos ver­des en Durhomme.

—Sí, algo tenemos.

—¿Me puede dar un adelanto?

—Bueno, aún no está ter­mi­nado, pero le po­dría con­tar que es so­bre una fiesta en una fa­cul­tad de arte a la que asisto y co­mienzo a des­cri­bir al­gu­nas cosas.

—¿Se re­fiera a esta misma fiesta?

—Claro.

—¿Se acuerdo de al­gún pasaje?

—Sí, claro. Dice así…

—Ajá —dijo Ma­rie. —Es­toy an­siosa por leerlo completo.

—En unos mi­nu­tos ya lo leerá com­pleto. Sólo que­dan unos párrafos.

—En­ton­ces, di­ga­mos que us­ted está es­cri­biendo lo que nos está pa­sando en éste mo­mento. De he­cho, lo que digo ahora es pura ocu­rren­cia suya.

—Claro, por­que es­ta­mos en un cuento. Es­toy es­cri­biendo lo que es­toy di­ciendo ahora ¿com­prende? Am­bos so­mos cons­cien­tes de que so­mos parte de una his­to­ria. Ahora bien, yo, Frè­dè­ric, tam­bién soy un per­so­naje de un cuento y es­toy siendo es­crito por al­guien más ¿me sigue?

—En­tiendo, pero ¿quién es ese al­guien más que lo es­cribe a us­ted y luego us­ted nos es­cribe a nosotros?

—No lo sé, no lo co­nozco. Sin em­bargo, es­toy se­guro que mi crea­dor es tam­bién un per­so­naje de cuen­tos de otro crea­dor y así sucesivamente.

—Una ma­mushka literato-​existencialista.

—Que reíte de Sar­tre. Su­pongo que debo te­ner co­sas de mi au­tor a ima­gen y se­me­janza, si quiere.

—Tal vez su au­tor quiera ser a ima­gen y se­me­janza de us­ted. Se­ría más in­tere­sante. De to­das ma­ne­ras, con lo que me dice, no es di­fí­cil con­je­tu­rar, en­ton­ces, que el des­tino está escrito.

—No lo sé, puede que haya algo de li­bre al­be­drío tam­bién o una com­bi­na­ción de ambas.

—Es como la luz, que a ve­ces se com­porta como on­das y otras como partículas.

—Sí, so­mos cuen­tis­tas de nues­tros pro­pios cuen­tos y como en el de­cá­logo del…

—…per­fecto cuen­tista de Ho­ra­cio Quiroga…

—…de­be­ría­mos tam­bién sa­ber a dónde vamos.

—¿Qué me dice del último ítem, donde no hay que pen­sar en los ami­gos al escribir?

—Bueno, de he­cho al­gu­nos ami­gos míos es­tán le­yendo esto pero a la vez, ami­gos de mi crea­dor nos es­tán mi­rando ahora.

—¡Uf! y yo con es­tos pelos.

—Y acá es­toy, en­tre­gán­do­les mi cin­cuenta por ciento.

—¿Cómo es eso?

—Cada ar­tista hace con su obra un cin­cuenta por ciento de la misma, nunca un cien. El otro cin­cuenta se lo da el es­pec­ta­dor, el lec­tor, el es­cu­cha, lo que sea, ya que una obra no está com­pleta hasta ser leída, vista o es­cu­chada ¿comprende?

—Di­ga­mos que en este mo­mento, el que nos está le­yendo, está com­ple­tando la obra.

—Exacto. Me re­cuerda a esa vieja pre­gunta de si se pro­duce ruido al caerse un árbol y no hay na­die para es­cu­charlo. Acá es lo mismo: se ne­ce­sita que al­guien es­cu­che al arte para que haga ruido o so­nido, si pre­fiere una pa­la­bra más armónica.

—Pero y ¿cómo hace el es­pec­ta­dor para com­ple­tar la obra?

—La com­pleta apor­tando no sólo con su lec­tura –en el sen­tido más am­plio de la pa­la­bra – , sino tam­bién en la ma­nera en que se está ima­gi­nando las co­sas, en la me­dida que el ar­tista le hace mo­ver el ba­lero. Por ejem­plo ¿de qué co­lor es su pelo?

—Bueno, mire, no está es­ta­ble­cido aún. Aquel lec­tor dice que soy ru­bia y aque­lla de allá, que soy una mo­ro­cha con un Ko­les­ton 2000 ne­gro azabache.

—¿Ve? Ahora, esos de­ta­lles los está ima­gi­nando el lec­tor. Él co­la­bora con la his­to­ria, agranda la obra y por cada lec­tor ha­brá un cin­cuenta por ciento distinto.

—Di­ga­mos que fi­nal­mente la obra es como un mons­truo de mil cabezas.

—Algo así. Lo lindo, sabe, es cuando la obra no está com­pleta, es de­cir, no tiene un fi­nal cerrado.

—Bueno, pero a mí me gusta que en el fi­nal me cie­rre todo.

—Sí, pero no es ne­ce­sa­rio que le den todo mas­ti­cado. A ve­ces está bueno que us­ted se ima­gine cómo ter­mi­nan al­gu­nas pun­tas, cómo se desatan al­gu­nos nu­dos, por­que si el au­tor cie­rra to­das las po­si­bi­li­da­des con un fi­nal ce­rrado, la obra muere. En cam­bio, si deja puer­tas abier­tas, la obra vive en us­ted ya que que­da­rán cor­de­les que en­la­zar y us­ted lo hará con su imaginación.

—El au­tor nos hace ima­gi­nar e ima­gi­nar es pensar.

—Y qué re­galo más lindo que la ha­gan pensar.

—¿Cómo ter­mi­nará nues­tra his­to­ria, de la cual us­ted es au­tor pero no­so­tros tam­bién so­mos cuen­tis­tas de nues­tros cuen­tos y a la vez so­mos es­cri­tos por otro crea­dor que no es us­ted? Aun­que, ahora que lo pienso, ¿está plan­teando una es­pe­cie de ser su­pe­rior que nos es­cribe, un Dios, digamos?

—No, no; no digo que haya un Dios: sólo juego con la idea. Tiro pie­dras sin es­con­der la mano para que el lec­tor ima­gine. Cuando uno hace una pro­puesta ar­tís­tica no es ne­ce­sa­rio creer o abo­gar por lo que se está pro­po­niendo, sino me­ra­mente ju­gar con eso. Fí­jese que se han es­crito ase­si­na­tos ho­rri­bles en ma­ra­vi­llo­sas no­ve­las po­li­cia­les y el au­tor de las mis­mas no ex­horta a rea­li­zar esos ase­si­na­tos sino que sólo le pide al lec­tor que los ima­gine, que se es­tre­mezca por un rato.

—La fe poética.

—Ahí está. Cuando en el tea­tro un per­so­naje se muere, us­ted no se le­vanta y grita que el ac­tor si­gue vivo, que no se mu­rió. No. Us­ted se per­mite te­ner una fe poé­tica y cree, den­tro del marco ar­tís­tico, que ese ac­tor sí está muerto. Si no ¿qué gracia?

—¿Sabe qué? Me re­cuerda a que to­dos va­mos a morir.

—No le entiendo.

—Fi­gú­rese el gran tema del ser hu­mano, la muerte, lo inevi­ta­ble: hay que te­ner fe poé­tica en que no nos va­mos a mo­rir para po­der se­guir vi­viendo. Si no, vi­vi­ría­mos an­gus­tia­dos todo el tiempo y ¿qué gra­cia? ¿no?

—Tiene ra­zón. Por otro lado y nada que ver ¿us­ted com­parte su imaginación?

—Bueno, mire, Dur­homme, la ima­gi­na­ción se com­parte, como el amor, con quien la me­rece, con los que quiere, con los que te en­tien­den, con los que ima­gi­nan con us­ted. Yo ni me lo dis­cuto eso. Tal vez por­que soy ge­ne­rosa por na­tu­ra­leza con eso, con el co­no­ci­miento, con las co­sas en ge­ne­ral. Es me­jor ser así, vi­vir sin aga­rrarse mu­cho de nada, pu­diendo sol­tarse siem­pre que se quiera ir le­jos, o no le­jos, pero irse por un rato. La gente que guarda mu­cho, aga­rra mu­cho; piensa mu­cho si dar o no dar y queda muy atada: no puede ir más allá. Na­die con ver­da­dera ima­gi­na­ción guarda la misma, por­que la ima­gi­na­ción se hace de a mu­chos, de a to­dos. Piense, sino, qué idea po­dría ha­ber sin ideas anteriores.

—Com­prendo. Es que se ha lle­gado a un mo­mento en que es muy di­fí­cil in­ven­tar algo nuevo y lo único que se puede ha­cer es apor­tar pe­que­ños des­te­llos de luz a la ce­guera de Ba­bel, con otras 410 pá­gi­nas de 40 ren­glo­nes y 80 sím­bo­los por renglón.

—Pero siem­pre ha­brá un ciego que vol­verá a ver con esa nueva luz.

—Exacto, lo di­cho: el cin­cuenta por ciento que siem­pre falta. Ahora bien, vol­viendo al tema de com­par­tir o no la ima­gi­na­ción, sí, claro, en­tiendo sus pa­la­bras y es claro que hay un riesgo: si se con­vida una idea que a uno le pa­rece ge­nial, al otro le puede pa­re­cer lu­ná­tica y ya lo tra­tan de loco.

—Claro, como cuando Len­non de­cía en «Straw­be­rry Fields fo­re­ver», que na­die es­taba en su árbol, es de­cir si alto o bajo. Se re­fe­ría a que te­nía pen­sa­mien­tos que para él eran úni­cos y por eso na­die es­taba en su árbol pero que po­dían ser una ge­nia­li­dad –alto– o unas lo­cu­ras –bajo – . A ve­ces puede ser una es­tu­pi­dez y otras una revolución.

—Sí, y luego las re­vo­lu­cio­nes no ad­mi­ten otra re­vo­lu­ción, pero bueno. Re­cuerdo ese tema: «vi­vir es fá­cil con los ojos ce­rra­dos, sin en­ten­der lo que ves; es di­fí­cil ser al­guien pero al fi­nal re­sulta; no me im­porta de­ma­siado». Como us­ted de­cía, vi­vir sin aga­rrarse de mucho.

—Ni me diga de tra­tar de ser al­guien cuando sé que soy un per­so­naje de cuen­tos y me es­pera una última página.

—Tén­gase fe poé­tica, Ma­rie, que al fi­nal todo re­sulta. Mire, tó­queme que es­ta­mos vi­vos. Es­ta­mos en el cuento de al­guien, pero es­ta­mos vi­vos. «La vida imita al arte y es, por de­cirlo así, el es­pejo, en tanto que el arte es la reali­dad» dijo Os­car Wilde y se­gu­ra­mente al au­tor de este cuento tam­bién pen­sará que lo de él tam­bién es un cuento. Sin em­bargo, la fe poé­tica salva todo, m’hija. Tén­gase fe. Triun­fa­re­mos los sensibles.

—Há­game creer que es­toy viva y que no soy una historia.

Frè­dè­ric y Ma­rie se be­sa­ron así no más, sin preám­bu­los. Qué tanto.

—Her­moso beso —dijo Ma­rie viendo los cla­ros ojos de Frè­dè­ric. —¿Se da cuenta que ya no es­ta­mos en la facultad?

—Sí, ésta es otra realidad.

—Cal­cule: con el beso que me dio como para no cam­biar de realidad.

—Sí, es que el au­tor quiso que la cosa se pi­cara un poco por­que la ve­nía­mos em­bo­lando con el tema de la ima­gi­na­ción y en cual­quier mo­mento nos cam­bia de es­ce­na­rio vay — te amo Marie.

—Yo tam­bién Frè­dè­ric. Me voy a ta­par un po­quito que me dio frío. ¿No te­nés otra mantita?

—Sí, pará que te traigo.

—Está por ama­ne­cer. Ahora que hay un poco más de res­plan­dor veo me­jor tu cuarto, Frè­dè­ric. Creo que por acá fal­ta­ría al­gún cua­dro. Está todo muy blanco.

—Sí, ten­dría qu — Fe­liz pri­mer mes, mi amor.

—¡Gra­cias, mi vida! ¡Uf! El au­tor de nues­tra his­to­ria nos está apu­rando un poco. Fi­jate que hace unos pá­rra­fos atrás re­cién nos co­no­cía­mos en la facultad.

—Sí, con la elip­sis na­rra­tiva a ple — No en­tiendo por qué no me que­rés ver más, Marie.

—Ya no es lo mismo Frè­dè­ric y lo sa­bés. Vi­vir en ciu­da­des dis­tin­tas nos está matando.

—Tal vez sea me­jor ter­mi­nar acá.

—Las co­sas por algo son —dijo Ma­rie, —pero soy la re­pre­sen­ta­ción de tu ideal y ca­paz vuelva a tu his­to­ria re­en­car­nada en otro per­so­naje. Esto es un cuento ¿te ol­vi­dás? Todo puede pasar.

—Si el au­tor de esto quiere.

—El au­tor mis po­lai­nas: quiero que vos lo quieras.

—Yo quiero. Yo te quiero.

—Y yo tam­bién. Vol­veré de ver­dad, den­tro de un tiempo o den­tro de unos pá­rra­fos y apu­ré­mosno an­tes que el au­tor se dé cuenta de nues­tro sabotaje.

—¿Cómo sa­bré que el pró­ximo per­so­naje se­rás vos?

—Por­que aun­que cam­bie de nom­bre, edad o viva en Pa­rís, se­guiré siendo lo que vos que­rés, así como sos lo que yo quiero, seas Dur­homme o el au­tor en sí. No im­por­tan las más­ca­ras y los disfraces.

—Ahí viene el au­to­bus —dijo Dur­homme des­con­so­lado mien­tras la llu­via pasó de ga­rúa a go­tas que mojan.

—Subí que se te va a ir. Cuidate.

—No sólo el bus se va.

—Adiós, Frè­dè­ric.

—Adiós.

Frè­dè­ric Dur­homme, vol­vía, sin ho­jas que leer, una fría tarde de do­mingo, ape­nas en no­viem­bre, en el au­to­bus, casi va­cío, los vi­drios des­en­fo­ca­dos por la con­den­sa­ción, el puño del saco hú­medo por en­fo­car la ven­ta­ni­lla en un arco de cir­cun­fe­ren­cia que acercó un poco más a la ciu­dad. El único mo­vi­miento fue la iner­cia de la fre­nada, en la pa­rada si­guiente, cuando la gente subió.

Re­cor­daba cada mi­nuto, cada su­su­rro, ni un mi­nuto en vano, el brazo des­li­zando la cin­tura, la fría mano que ha­bía que abri­gar cuando ca­mi­na­ban jun­tos, cada ca­ri­cia de Ma­rie, ahora ya perdida.

—Ya ven­drá otro amor —pen­saba Frè­dè­ric que se re­fu­giaba en las go­ti­tas que pei­na­ban la ven­tana. Al rato, sin mu­cha aten­ción, sin­tió una tela que ro­zaba su hom­bro de­re­cho, el ca­lor de otra per­sona que se sen­taba al lado. Frè­dè­ric giro y miró y esa per­sona tam­bién lo miró y habló.

—Mi­rada triste qué te­nés, ché.

—Sí, es el ano­che­cer de un día agi­tado —dijo Durhomme.

—¡Uf! Sí, de­cí­melo a mí que re­cién llegué.

—¿A dónde?

—Acá, a París.

—¿De dónde?

—De muy lejos.

—Ajá. Y ¿cómo te llamás?

—Ja­cinta.

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  1. El 8 de julio de 2010, a eso de las 02:47,
    Frèdèric Durhomme apuntó que:

    1

    Hay un pá­rrafo que dice:

    —«La ima­gi­na­ción se com­parte, como el amor, con quien la me­rece, con los que quiere, con los que te en­tien­den, con los que ima­gi­nan con us­ted. Yo ni me lo dis­cuto eso. Tal vez por­que soy ge­ne­rosa por na­tu­ra­leza con eso, con el co­no­ci­miento, con las co­sas en ge­ne­ral. Es me­jor ser así, vi­vir sin aga­rrarse mu­cho de nada, pu­diendo sol­tarse siem­pre que se quiera ir le­jos, o no le­jos, pero irse por un rato. La gente que guarda mu­cho, aga­rra mu­cho; piensa mu­cho si dar o no dar y queda muy atada: no puede ir más allá. Na­die con ver­da­dera ima­gi­na­ción guarda la misma, por­que la ima­gi­na­ción se hace de a mu­chos, de a to­dos. Piense, sino, qué idea po­dría ha­ber sin ideas anteriores».

    …y el tri­no­mio de palabras:

    —«Triun­fa­re­mos los sensibles»

    …no son de mi au­to­ría sino de al­guien que lo es­cri­bió en un in­ter­cam­bio epis­to­lar y esta per­sona sabe que es­toy to­mando sus pa­la­bras para este cuento.

    La can­ción se llama «Can’t help fa­lling in love» y fue com­puesta en el año 1961 por George Weiss, Hugo Pe­retti, y Luigi Crea­tore, e in­ter­pre­tada, claro, por El­vis Pres­ley para la pe­lí­cula «Blue Ha­waii».

  2. El 9 de julio de 2010, a eso de las 20:54,
    Mia Wallace apuntó que:

    2

    Cada día El­vis canta me­jor y vos ¡¡cada día Dur­homme es­cri­bís mejor!!.

    La clave está en la can­ción que co­nozco muy bien por­que soy fa­ná­tica de El­vis, tanto es así que vi la pe­lí­cula «Blue Ha­waii» para la que fue escrita.

    Es di­fí­cil en­ten­der para los que no son fans del Rey, cómo una pe­lí­cula que sólo es un LP en­mar­cado en una su­ce­sión de her­mo­sos pai­sa­jes pueda no aburrir.

    Tam­bién es di­fí­cil en­ten­derte si no se lee con mu­cha aten­ción este ca­pí­tulo, o tal vez haya que ser pre­via­mente tu fan. Yo lo soy.

    «Los sa­bios di­cen que solo los ton­tos se enamo­ran tan rá­pido pero no puedo evi­tar el enamo­rarme de ti. ¿De­be­ría de que­darme.? ¿Se­ría ser un pe­cado si no puedo evi­tar enamo­rarme de ti? Como un río que fluye al mar amor, así es mi amor al­gu­nas co­sas es­tán des­ti­na­das a pa­sar. Toma mi mano, toma toda mi vida tam­bién por­que no puedo evi­tar enamo­rarme de ti. Como un río que fluye al mar amor, así es mi amor al­gu­nas co­sas es­tán des­ti­na­das a pa­sar. Toma mi mano, toma toda mi vida tam­bién por­que no puedo evi­tar enamo­rarme de ti por­que no puedo evi­tar enamo­rarme de ti».

    Los sa­bios tam­bién se enamo­ran, así que es­tás perdonado :)

    De la ima­gi­na­ción y el tema del arte que ha­blen otros.

  3. El 10 de julio de 2010, a eso de las 00:01,
    Marcos apuntó que:

    3

    Hola Fede, te en­con­tré en el Facebook.

    Muy es­con­dido te­nías esto, siem­pre pensé que lo tuyo era dia­gra­mar. Pero muy bueno, loco, a mí me pasa eso del salto a la in­co­mo­di­dad cada vez que ando por tra­bajo en al­guna reunión.

    Nos ve­mos.

  4. El 10 de julio de 2010, a eso de las 20:43,
    El Santi apuntó que:

    4

    No en­tiendo nada.

    Por­que Ma­rie no está ahí. No puede estar.

    Por­que no se llama Ma­rie ni es londinense.

    Se llama Margarita.

    Es pe­li­rroja, tiene el pelo en­ru­lado y en este mo­mento se en­cuen­tra sen­tada so­bre una roca en la playa del Ce­rro, llo­rando y vi­viendo aga­rrada a una ban­de­rita de Uru­guay en su mano de­re­cha. Un can­grejo sin ter­mi­nar de es­cri­birse y to­da­vía ile­gi­ble la mira y qui­siera be­sarla pero no se anima por­que to­da­vía no leyó el fi­nal. Al can­grejo no le gusta El­vis, le gusta Arjona.

    Y Mar­ga­rita está es­pe­rando que us­ted venga y la es­criba de otra ma­nera y que yo la lea de otra ma­nera para ver si este puto li­bro al­gún puto día po­dría te­ner al­gún otro puto fi­nal. Uno bien pero bien abierto.

    Un fi­nal que empiece.

  5. El 20 de julio de 2010, a eso de las 00:18,
    Lucía apuntó que:

    5

    Mire, es­ti­mado, es­tas le­tras su­yas me han re­cor­dado la ad­ver­ten­cia que realizó un tal Onetti: «se­rán pro­ce­sa­dos quie­nes in­ten­ten en­con­trar una fi­na­li­dad a este re­lato; se­rán des­te­rra­dos quie­nes in­ten­ten sa­car del mismo una en­se­ñanza mo­ral; se­rán fu­si­la­dos quie­nes in­ten­ten des­cu­brir en él una in­triga no­ve­lesca» y por eso, le juro, que no lo hice.

    Atte, ¡Hola! o ¿debo de­cir hasta luego?

  6. El 29 de septiembre de 2010, a eso de las 20:54,
    Frèdèric Durhomme apuntó que:

    6

    Mia Wa­llace. Mu­chas gra­cias por la pu­bli­ca­ción de la le­tra y sí, la clave es­tuvo en ter­mi­nar el ca­pí­tulo es­cu­chando esta can­ción. Gra­cias por su pre­sen­cia soberana.

    Mar­cos. Sí, lo te­nía es­con­dido mas no me ofenda que no solo dia­gramo: tam­bién se co­ser y abrir la puerta para sa­lir a jugar.

    El Santi. Mire, yo tam­poco en­tiendo nada, mas lo de un «un fi­nal que em­piece» me gustó tanto como su co­men­ta­rio. Gra­cias por leer y estar.

    Lu­cía. Digo que es un «hasta siem­pre», como se des­pi­den las mur­gas. Gra­cias por co­men­tar y traerme a Juan Carlos.

Carta al lector

Paris, IXe arrondissement D
8 de julio de 2010

Cher lecteur:

Luego del encuentro que protagonizamos en el burdel de mala muerte de la calle Saint Très Putain, y antes de manchar los manuscritos con grandes aureolas violáceas-bordeaux de vino Berrete —las cuales acusó como «meras manifestaciones de un neoplasticismo amanerado»—, adjunto en este sobre los borradores del último capítulo de MediaTinta, «Heartbreak tale», del cual conjeturo ya habrá tenido la gentileza de leer.&mdash

Le ruego, estimado lector, que en caso de anhelar la publicación de una observación, apostilla, nota, comentario, glosa, coletilla, postilla, pastilla, tableta, comprimido o blíster, tenga la amabilidad de enviarnos una carta al Apartado de Correos bsmseinte mnsdueve sfvmsfydos tresochodos.&mdash

Por otro parte, anexo junto a este sobre cinco mil francos en pro de amortiguar los daños que en forma de vino, la tela su traje absorbió con todo éxito.&mdash

Recevez mes salutations distinguées:

Frèdèric Durhomme.-

Carta al escritor

Usted ya sabe dónde
03 de octubre de 2010

Frèdèric Durhomme.-
http://mediatinta.info.-
De mi menor consideración:

Atentamente: