—Cuando Elvis murió, Tom Waitts dijo: «tal vez, se cansó un poco de arreglar los corazones rotos del mundo» y fue así que Durhomme se quitó esa curita del alma.
Frèdèric Durhomme, volvía, sin hojas que leer, una fría tarde de domingo, apenas en noviembre, en el autobus, casi vacío, los vidrios desenfocados por la condensación, el puño del saco húmedo por enfocar la ventanilla en un arco de circunferencia que acercó un poco más a la ciudad. El único movimiento fue la inercia de la frenada, en la parada siguiente, cuando la gente subió.
Recordaba cada minuto, cada susurro, ni un minuto en vano, el brazo deslizando la cintura, la fría mano que había que abrigar cuando caminaban juntos, cada caricia ahora ya perdida.
Costaba repasar los párrafos que contaban cuando se conocieron en la facultad, la primera noche juntos en la habitación blanca de Durhomme, sin cuadros, el primer mes juntos. Mas la vida los había apresurado y ella que apareció de repente, se fue también así.
El juego cruel, la compatibilidad de signos, las llamadas, el te extraño, los ir y venir, la efímera estabilidad en las horas de sofá, mirándose, la música a las espaldas, la manta que los transformaba en una sola forma.
Comenzaron como extraños y hoy, fría tarde de domingo, apenas en noviembre, en el autobus casi vacío, volvieron a serlo. Una tregua en el estado natural de ellos: el no saber el uno del otro. Su amor se había ido y no había consuelo.
—Ya vendrá otro amor —pensaba Frèdèric que se refugiaba en las gotitas que peinaban la ventana —y como decía Elvis en aquella canción: «los hombres sabios dicen que solo los tontos se apresuran y que como un río que seguramente fluye al mar, querida mía, algunas cosas están destinadas a pasar».
—Algunas cosas están destinadas a pasar —pensó otra vez Durhomme.
En los primeros fríos de octubre, Frèdèric fue invitado a una fiesta del Instituto Superior del Arte por el Arte, dependiente de la Universidad del Buen Burgués, como representante de la Escuela Nacional del Arte Dialéctico y su Materialidad Pictórica, de la cual, Durhomme era docente.
Pensó que era una celebración formal, de esas, que los docentes y académicos con aliento a sanguchito de catering recién comido y cachito de miga en la comisura, las risas sueltas por esa copita de vino recibida con un «bueno, sólo una» y viejas paquetas, bajo kilos de base, rouge de cinco francos, aquellas pestañas que eran toldos impermeables a cualquier sudor y enredaderas Casting Gloss de peluquería de galería comercial con locales casi abandonados.
A Durhomme le chupaba un huevo. La chupaba un huevo pero había que ir. El «así no más», vistió sus ropas: su saco, ese escribano de pana marrón que tantas escrituras firmó y los millones de olores que tomó pero que siempre olía bien por el perfume que pintaba ante cada salida y por la ventilada, de vez en cuando, con el solcito de la terraza; los vaqueros, azul resistente al jabón de polvo blanco y al solcito mencionado; el saquito como novato del disfraz sobre la camisa que más vale disimularla y claro, las Converse.
Durhomme amaba sus botitas Converse. Negra lona y de paragolpes blancos, invisibles a la modernidad pero que a la vez lo eran, el toque que robaba años a su verdadera edad, la mirada de los otros que le acusaban informalidad pero que «bueno, es un escritor, un bohemio, no esperaba menos», el toque desprolijo a tanta convención social y que le calzaban las patas, haciendo de pequeños autos suburbanos.
Todos lo saludaban y no había otra que saludar. El portero, los docentes, un par de alumnos alcahuetes, la rectora y su pedacito de miga en la comisura. Miró en paneo estéreo, de izquierda a derecha, como observando un terreno desconocido, un poco aterrador pero a la vez ya muchas veces visto, razonando fríamente su nuevo paso, como Armstrong en la base del Águila porque como él, no sabría dónde estaría caminando en los próximos minutos y sería un pequeño paso, sí, pero un gran salto a la incomodidad. De frente y mano se dirigió al mozo. La mano directo al grano, a la copa, mas le ganaron de mano.
—Perdón —dijo ella.
—No hay problema —contestó Durhomme, tomando otra copa de beberaje bordeaux.
—Usted es Frèdèric ¿no es así?
—Sí, eso dicen —contestó él.
—Leí MediaTinta y me gustó. Me reí mucho con aquel cuento de cuando usted…
La música comenzó a sonar tan fuerte que Frèdèric no escuchó sobre qué cuento le hablaba. Tampoco le advirtió que no había escuchado.
—Ah, sí. Gracias. Costó escribirlo ¿Cómo es su nombre? —preguntó él.
Vivía en Londres, al otro lado del charco y era casi tan alta como Durhomme: si usaba sus botas, la línea imaginaria que se formaba al mirarse era perfectamente paralela al plano terrestre. Y eran ojos verdes envueltos en pestañas de corte árabe que si los cerraba, era la única manera de ver sus labios rojo bermellón: a él, le costaba salir de esa luz verde de dos faros.
—Marie.
—Frèdèric.
—Sí, lo sé.
Sonrieron.
—¿Está escribiendo algo nuevo? —preguntó Marie con copa en mano y ojos verdes en Durhomme.
—Sí, algo tenemos.
—¿Me puede dar un adelanto?
—Bueno, aún no está terminado, pero le podría contar que es sobre una fiesta en una facultad de arte a la que asisto y comienzo a describir algunas cosas.
—¿Se refiera a esta misma fiesta?
—Claro.
—¿Se acuerdo de algún pasaje?
—Sí, claro. Dice así…
Sonrieron.
—¿Está escribiendo algo nuevo? —preguntó Marie con copa en mano y ojos verdes en Durhomme.
—Sí, algo tenemos.
—¿Me puede dar un adelanto?
—Bueno, aún no está terminado, pero le podría contar que es sobre una fiesta en una facultad de arte a la que asisto y comienzo a describir algunas cosas.
—¿Se refiera a esta misma fiesta?
—Claro.
—¿Se acuerdo de algún pasaje?
—Sí, claro. Dice así…
—Ajá —dijo Marie. —Estoy ansiosa por leerlo completo.
—En unos minutos ya lo leerá completo. Sólo quedan unos párrafos.
—Entonces, digamos que usted está escribiendo lo que nos está pasando en éste momento. De hecho, lo que digo ahora es pura ocurrencia suya.
—Claro, porque estamos en un cuento. Estoy escribiendo lo que estoy diciendo ahora ¿comprende? Ambos somos conscientes de que somos parte de una historia. Ahora bien, yo, Frèdèric, también soy un personaje de un cuento y estoy siendo escrito por alguien más ¿me sigue?
—Entiendo, pero ¿quién es ese alguien más que lo escribe a usted y luego usted nos escribe a nosotros?
—No lo sé, no lo conozco. Sin embargo, estoy seguro que mi creador es también un personaje de cuentos de otro creador y así sucesivamente.
—Una mamushka literato-existencialista.
—Que reíte de Sartre. Supongo que debo tener cosas de mi autor a imagen y semejanza, si quiere.
—Tal vez su autor quiera ser a imagen y semejanza de usted. Sería más interesante. De todas maneras, con lo que me dice, no es difícil conjeturar, entonces, que el destino está escrito.
—No lo sé, puede que haya algo de libre albedrío también o una combinación de ambas.
—Es como la luz, que a veces se comporta como ondas y otras como partículas.
—Sí, somos cuentistas de nuestros propios cuentos y como en el decálogo del…
—…perfecto cuentista de Horacio Quiroga…
—…deberíamos también saber a dónde vamos.
—¿Qué me dice del último ítem, donde no hay que pensar en los amigos al escribir?
—Bueno, de hecho algunos amigos míos están leyendo esto pero a la vez, amigos de mi creador nos están mirando ahora.
—¡Uf! y yo con estos pelos.
—Y acá estoy, entregándoles mi cincuenta por ciento.
—¿Cómo es eso?
—Cada artista hace con su obra un cincuenta por ciento de la misma, nunca un cien. El otro cincuenta se lo da el espectador, el lector, el escucha, lo que sea, ya que una obra no está completa hasta ser leída, vista o escuchada ¿comprende?
—Digamos que en este momento, el que nos está leyendo, está completando la obra.
—Exacto. Me recuerda a esa vieja pregunta de si se produce ruido al caerse un árbol y no hay nadie para escucharlo. Acá es lo mismo: se necesita que alguien escuche al arte para que haga ruido o sonido, si prefiere una palabra más armónica.
—Pero y ¿cómo hace el espectador para completar la obra?
—La completa aportando no sólo con su lectura –en el sentido más amplio de la palabra – , sino también en la manera en que se está imaginando las cosas, en la medida que el artista le hace mover el balero. Por ejemplo ¿de qué color es su pelo?
—Bueno, mire, no está establecido aún. Aquel lector dice que soy rubia y aquella de allá, que soy una morocha con un Koleston 2000 negro azabache.
—¿Ve? Ahora, esos detalles los está imaginando el lector. Él colabora con la historia, agranda la obra y por cada lector habrá un cincuenta por ciento distinto.
—Digamos que finalmente la obra es como un monstruo de mil cabezas.
—Algo así. Lo lindo, sabe, es cuando la obra no está completa, es decir, no tiene un final cerrado.
—Bueno, pero a mí me gusta que en el final me cierre todo.
—Sí, pero no es necesario que le den todo masticado. A veces está bueno que usted se imagine cómo terminan algunas puntas, cómo se desatan algunos nudos, porque si el autor cierra todas las posibilidades con un final cerrado, la obra muere. En cambio, si deja puertas abiertas, la obra vive en usted ya que quedarán cordeles que enlazar y usted lo hará con su imaginación.
—El autor nos hace imaginar e imaginar es pensar.
—Y qué regalo más lindo que la hagan pensar.
—¿Cómo terminará nuestra historia, de la cual usted es autor pero nosotros también somos cuentistas de nuestros cuentos y a la vez somos escritos por otro creador que no es usted? Aunque, ahora que lo pienso, ¿está planteando una especie de ser superior que nos escribe, un Dios, digamos?
—No, no; no digo que haya un Dios: sólo juego con la idea. Tiro piedras sin esconder la mano para que el lector imagine. Cuando uno hace una propuesta artística no es necesario creer o abogar por lo que se está proponiendo, sino meramente jugar con eso. Fíjese que se han escrito asesinatos horribles en maravillosas novelas policiales y el autor de las mismas no exhorta a realizar esos asesinatos sino que sólo le pide al lector que los imagine, que se estremezca por un rato.
—La fe poética.
—Ahí está. Cuando en el teatro un personaje se muere, usted no se levanta y grita que el actor sigue vivo, que no se murió. No. Usted se permite tener una fe poética y cree, dentro del marco artístico, que ese actor sí está muerto. Si no ¿qué gracia?
—¿Sabe qué? Me recuerda a que todos vamos a morir.
—No le entiendo.
—Figúrese el gran tema del ser humano, la muerte, lo inevitable: hay que tener fe poética en que no nos vamos a morir para poder seguir viviendo. Si no, viviríamos angustiados todo el tiempo y ¿qué gracia? ¿no?
—Tiene razón. Por otro lado y nada que ver ¿usted comparte su imaginación?
—Bueno, mire, Durhomme, la imaginación se comparte, como el amor, con quien la merece, con los que quiere, con los que te entienden, con los que imaginan con usted. Yo ni me lo discuto eso. Tal vez porque soy generosa por naturaleza con eso, con el conocimiento, con las cosas en general. Es mejor ser así, vivir sin agarrarse mucho de nada, pudiendo soltarse siempre que se quiera ir lejos, o no lejos, pero irse por un rato. La gente que guarda mucho, agarra mucho; piensa mucho si dar o no dar y queda muy atada: no puede ir más allá. Nadie con verdadera imaginación guarda la misma, porque la imaginación se hace de a muchos, de a todos. Piense, sino, qué idea podría haber sin ideas anteriores.
—Comprendo. Es que se ha llegado a un momento en que es muy difícil inventar algo nuevo y lo único que se puede hacer es aportar pequeños destellos de luz a la ceguera de Babel, con otras 410 páginas de 40 renglones y 80 símbolos por renglón.
—Pero siempre habrá un ciego que volverá a ver con esa nueva luz.
—Exacto, lo dicho: el cincuenta por ciento que siempre falta. Ahora bien, volviendo al tema de compartir o no la imaginación, sí, claro, entiendo sus palabras y es claro que hay un riesgo: si se convida una idea que a uno le parece genial, al otro le puede parecer lunática y ya lo tratan de loco.
—Claro, como cuando Lennon decía en «Strawberry Fields forever», que nadie estaba en su árbol, es decir si alto o bajo. Se refería a que tenía pensamientos que para él eran únicos y por eso nadie estaba en su árbol pero que podían ser una genialidad –alto– o unas locuras –bajo – . A veces puede ser una estupidez y otras una revolución.
—Sí, y luego las revoluciones no admiten otra revolución, pero bueno. Recuerdo ese tema: «vivir es fácil con los ojos cerrados, sin entender lo que ves; es difícil ser alguien pero al final resulta; no me importa demasiado». Como usted decía, vivir sin agarrarse de mucho.
—Ni me diga de tratar de ser alguien cuando sé que soy un personaje de cuentos y me espera una última página.
—Téngase fe poética, Marie, que al final todo resulta. Mire, tóqueme que estamos vivos. Estamos en el cuento de alguien, pero estamos vivos. «La vida imita al arte y es, por decirlo así, el espejo, en tanto que el arte es la realidad» dijo Oscar Wilde y seguramente al autor de este cuento también pensará que lo de él también es un cuento. Sin embargo, la fe poética salva todo, m’hija. Téngase fe. Triunfaremos los sensibles.
—Hágame creer que estoy viva y que no soy una historia.
Frèdèric y Marie se besaron así no más, sin preámbulos. Qué tanto.
—Hermoso beso —dijo Marie viendo los claros ojos de Frèdèric. —¿Se da cuenta que ya no estamos en la facultad?
—Sí, ésta es otra realidad.
—Calcule: con el beso que me dio como para no cambiar de realidad.
—Sí, es que el autor quiso que la cosa se picara un poco porque la veníamos embolando con el tema de la imaginación y en cualquier momento nos cambia de escenario vay — te amo Marie.
—Yo también Frèdèric. Me voy a tapar un poquito que me dio frío. ¿No tenés otra mantita?
—Sí, pará que te traigo.
—Está por amanecer. Ahora que hay un poco más de resplandor veo mejor tu cuarto, Frèdèric. Creo que por acá faltaría algún cuadro. Está todo muy blanco.
—Sí, tendría qu — Feliz primer mes, mi amor.
—¡Gracias, mi vida! ¡Uf! El autor de nuestra historia nos está apurando un poco. Fijate que hace unos párrafos atrás recién nos conocíamos en la facultad.
—Sí, con la elipsis narrativa a ple — No entiendo por qué no me querés ver más, Marie.
—Ya no es lo mismo Frèdèric y lo sabés. Vivir en ciudades distintas nos está matando.
—Tal vez sea mejor terminar acá.
—Las cosas por algo son —dijo Marie, —pero soy la representación de tu ideal y capaz vuelva a tu historia reencarnada en otro personaje. Esto es un cuento ¿te olvidás? Todo puede pasar.
—Si el autor de esto quiere.
—El autor mis polainas: quiero que vos lo quieras.
—Yo quiero. Yo te quiero.
—Y yo también. Volveré de verdad, dentro de un tiempo o dentro de unos párrafos y apurémosno antes que el autor se dé cuenta de nuestro sabotaje.
—¿Cómo sabré que el próximo personaje serás vos?
—Porque aunque cambie de nombre, edad o viva en París, seguiré siendo lo que vos querés, así como sos lo que yo quiero, seas Durhomme o el autor en sí. No importan las máscaras y los disfraces.
—Ahí viene el autobus —dijo Durhomme desconsolado mientras la lluvia pasó de garúa a gotas que mojan.
—Subí que se te va a ir. Cuidate.
—No sólo el bus se va.
—Adiós, Frèdèric.
—Adiós.
Frèdèric Durhomme, volvía, sin hojas que leer, una fría tarde de domingo, apenas en noviembre, en el autobus, casi vacío, los vidrios desenfocados por la condensación, el puño del saco húmedo por enfocar la ventanilla en un arco de circunferencia que acercó un poco más a la ciudad. El único movimiento fue la inercia de la frenada, en la parada siguiente, cuando la gente subió.
Recordaba cada minuto, cada susurro, ni un minuto en vano, el brazo deslizando la cintura, la fría mano que había que abrigar cuando caminaban juntos, cada caricia de Marie, ahora ya perdida.
—Ya vendrá otro amor —pensaba Frèdèric que se refugiaba en las gotitas que peinaban la ventana. Al rato, sin mucha atención, sintió una tela que rozaba su hombro derecho, el calor de otra persona que se sentaba al lado. Frèdèric giro y miró y esa persona también lo miró y habló.
—Mirada triste qué tenés, ché.
—Sí, es el anochecer de un día agitado —dijo Durhomme.
—¡Uf! Sí, decímelo a mí que recién llegué.
—¿A dónde?
—Acá, a París.
—¿De dónde?
—De muy lejos.
—Ajá. Y ¿cómo te llamás?
—Jacinta.
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1
Hay un párrafo que dice:
—«La imaginación se comparte, como el amor, con quien la merece, con los que quiere, con los que te entienden, con los que imaginan con usted. Yo ni me lo discuto eso. Tal vez porque soy generosa por naturaleza con eso, con el conocimiento, con las cosas en general. Es mejor ser así, vivir sin agarrarse mucho de nada, pudiendo soltarse siempre que se quiera ir lejos, o no lejos, pero irse por un rato. La gente que guarda mucho, agarra mucho; piensa mucho si dar o no dar y queda muy atada: no puede ir más allá. Nadie con verdadera imaginación guarda la misma, porque la imaginación se hace de a muchos, de a todos. Piense, sino, qué idea podría haber sin ideas anteriores».
…y el trinomio de palabras:
—«Triunfaremos los sensibles»
…no son de mi autoría sino de alguien que lo escribió en un intercambio epistolar y esta persona sabe que estoy tomando sus palabras para este cuento.
La canción se llama «Can’t help falling in love» y fue compuesta en el año 1961 por George Weiss, Hugo Peretti, y Luigi Creatore, e interpretada, claro, por Elvis Presley para la película «Blue Hawaii».
2
Cada día Elvis canta mejor y vos ¡¡cada día Durhomme escribís mejor!!.
La clave está en la canción que conozco muy bien porque soy fanática de Elvis, tanto es así que vi la película «Blue Hawaii» para la que fue escrita.
Es difícil entender para los que no son fans del Rey, cómo una película que sólo es un LP enmarcado en una sucesión de hermosos paisajes pueda no aburrir.
También es difícil entenderte si no se lee con mucha atención este capítulo, o tal vez haya que ser previamente tu fan. Yo lo soy.
«Los sabios dicen que solo los tontos se enamoran tan rápido pero no puedo evitar el enamorarme de ti. ¿Debería de quedarme.? ¿Sería ser un pecado si no puedo evitar enamorarme de ti? Como un río que fluye al mar amor, así es mi amor algunas cosas están destinadas a pasar. Toma mi mano, toma toda mi vida también porque no puedo evitar enamorarme de ti. Como un río que fluye al mar amor, así es mi amor algunas cosas están destinadas a pasar. Toma mi mano, toma toda mi vida también porque no puedo evitar enamorarme de ti porque no puedo evitar enamorarme de ti».
Los sabios también se enamoran, así que estás perdonado :)
De la imaginación y el tema del arte que hablen otros.
3
Hola Fede, te encontré en el Facebook.
Muy escondido tenías esto, siempre pensé que lo tuyo era diagramar. Pero muy bueno, loco, a mí me pasa eso del salto a la incomodidad cada vez que ando por trabajo en alguna reunión.
Nos vemos.
4
No entiendo nada.
Porque Marie no está ahí. No puede estar.
Porque no se llama Marie ni es londinense.
Se llama Margarita.
Es pelirroja, tiene el pelo enrulado y en este momento se encuentra sentada sobre una roca en la playa del Cerro, llorando y viviendo agarrada a una banderita de Uruguay en su mano derecha. Un cangrejo sin terminar de escribirse y todavía ilegible la mira y quisiera besarla pero no se anima porque todavía no leyó el final. Al cangrejo no le gusta Elvis, le gusta Arjona.
Y Margarita está esperando que usted venga y la escriba de otra manera y que yo la lea de otra manera para ver si este puto libro algún puto día podría tener algún otro puto final. Uno bien pero bien abierto.
Un final que empiece.
5
Mire, estimado, estas letras suyas me han recordado la advertencia que realizó un tal Onetti: «serán procesados quienes intenten encontrar una finalidad a este relato; serán desterrados quienes intenten sacar del mismo una enseñanza moral; serán fusilados quienes intenten descubrir en él una intriga novelesca» y por eso, le juro, que no lo hice.
Atte, ¡Hola! o ¿debo decir hasta luego?
6
Mia Wallace. Muchas gracias por la publicación de la letra y sí, la clave estuvo en terminar el capítulo escuchando esta canción. Gracias por su presencia soberana.
Marcos. Sí, lo tenía escondido mas no me ofenda que no solo diagramo: también se coser y abrir la puerta para salir a jugar.
El Santi. Mire, yo tampoco entiendo nada, mas lo de un «un final que empiece» me gustó tanto como su comentario. Gracias por leer y estar.
Lucía. Digo que es un «hasta siempre», como se despiden las murgas. Gracias por comentar y traerme a Juan Carlos.