Frèdèric Durhomme tuvo una novia y se llamaba Jacinta Pereyra. Jacinta era una uruguaya que viajó a París con los manuscritos de su libro «Allá en la prosa me siento bien».
A la izquierda: Stuart Sutcliffe. Fue pintor, poeta y bajista original de The Beatles. Era el más íntimo amigo de John Lennon que lo conoció en el Art College de Liverpool cuando ambos tenían diecinueve años. Antes de ser lo que fueron, el cuarteto de Liverpool era un quinteto y se hicieron músicos profesionales tocando noche tras noche en las discotecas y quilombos de Hamburgo entre 1960 y 1961. Stuart no quería ser bajista pero John lo convenció.
A la derecha: Astrid Kirchherr. Es una fotógrafa y artista alemana, envuelta durante muchos años en el movimiento existencialista francés. Era novia del bajista y pintor Klaus Voorman que lo conoció en la academia Meister Schule de Hamburgo. En 1960, Voorman escuchó una música que salía de la discoteca Kaiserkeller de un tal grupo llamado The Silver Beatles. Tan emocionado quedó, que invitó a Kirchherr a que también escuchara a esta manga de pendejos ingleses que usaban el pelo à lla Elvis.
En la foto: Stuart Sutcliffe y Astrid Kirchherr. Stuar y Astrid se conocieron y se enamoraron. Ambos compartían la pasión por el arte y ella se hizo también muy amiga de los restantes Beatles. Astrid los fotografiaba con frecuencia y se dice que ellos empezaron a peinarse como ella, sin jopos Presley, con flequillo, a lo Beatle.
En 1961, John, Paul, George y Pete Best (el primer baterista antes de Ringo Starr) regresaron a Inglaterra a continuar su carrera bajo el mando de ahora en más su nuevo manager, Brian Epstein. Sutcliffe se quedó y se quedó con Kirchherr. El 10 de abril de 1962, llegaron a manos de John dos telegramas de Astrid desde Hamburgo. Stu había estado enfermo; Stu había muerto.
En el aeropuerto de Hamburgo tuvo lugar una escena emotiva. Paul, John y Pete, que habían volado antes, aguardaban en el aeropuerto con Astrid, al día siguiente, cuando aterrizó el avión en que viajaban Brian, George y Millie Sutcliffe, la madre de Stu. Brian, que no había conocido a Stu, trato de brindar apoyo y consuelo. Advirtió, como lo advirtió la señora Sutcliffe, que John Lennon era el único del grupo que tenía los ojos secos, inconmovible como sólo él podía serlo.
Convencida de que John sólo fingía ser cruel, Astrid halló fuerzas en su actitud cínica. —No te podés comportar como una viuda —dijo él —Decidite: o vivís o morís. No podés quedar en el medio. Tanto Astrid como Klaus Voorman siguieron siendo amigos del grupo en los siguientes años. Ella tomó las fotos promocionales del film «A hard day’s night». Él diseño la portada de «Revolver» y fue el bajista de John en sus primeros discos solistas, a comienzos de los setenta.
Jacinta
Por esos años, Frèdèric Durhomme tuvo una novia y se llamaba Jacinta Pereyra. Jacinta era una uruguaya que viajó a París con los manuscritos de su libro «Allá en la prosa me siento bien. Los párrafos y los puntitos también, saben bien, bien de bien» y que sus editores uruguayos no quisieron publicar. Era de unos veinte largos y del Barrio Sur; de pelo negro y piel quemada de tantos soles en la playa de Buceo. Todos la conocían como La Negra Jacinta.
Se conocieron en el «Club de la Cebada», un grupo de amigos donde compartían el placer de tomar mate en pleno París y se entablaban memorables conversaciones y discusiones a las cuales Jacinta colaboraba con visiones ingenuas y a la vez tiernas. Durhomme se enamoró de ella y ella de él. Vivieron juntos. Escribieron juntos.
Fue Jacinta quién le hizo escuchar a Frèdèric la música de Alfredo Zitarrosa, cuando ella le mostró un pequeño texto que escribió sobre el músico uruguayo. Se llamaba «De no olvidar».
De no olvidar
Nunca dijimos que se fue sino más bien que algún día, porque su corazón compañero, musical y acompasado, su melodía cantando en el oído y su recuerdo permanecido nos está diciendo que no hay olvido.
Nos dijo que él sabía quién era y que si no volvía, caña de azúcar, machete hermano, sabía dónde ir porque sabía quién era. Y que no canta por nosotros, sino la zamba; pero bien sabemos que cantando así, canta para él también. Y mucho después, cuando tuvo que cantar poquito como el hornero, levantar el nido frente al pampero, sus coplas fueron como un poncho en ese camino invernal, porque supimos que el valor todo lo puede, que hay que tenerse confianza y lo que el valor no puede lo ha de tener la esperanza.
Alfredo Zitarrosa nació en libertad y en su ciudad y por milonga cantó y más que un solo fue una pasión por cantar la viva emoción de nuestra canción. Con cada canto nuevo sintió que al cantar la vida le subía por la garganta. Porque el canto le sale como aprendido, que desde el nacer nació peleando contra el olvido.
Si te vas
A fines de febrero de 1985, Jacinta quiso volver a Uruguay.
—Hago falta. Necesito volver a Montevideo porque no habrá más oscuridad —le dijo a Frèdèric antes de subir al tren.
—¿Querés llevar unas velas? —preguntó Durhomme.
—No; hablo de otra oscuridad, de la oscuridad de un pueblo que se tuvo que poner alas para volar porque no había más libertad.
—Y ahora ¿la habrá?
—Tal vez. Sólo pido que no perdamos la memoria.
—¿Nosotros?
—Vos, yo y todos y por los que vendrán también.
—¿Vas a dejar de estar?
—Acá sí, allá no. Escribime.
—Je vais le faire
Meses después, Frèdèric escribió. La cartas llegaron y Jacinta leyó.
I
¿Cómo haré para tomarte en mis adentros, amada, amada Negra? ¿Cómo haré para que sientas mi torpe amor, mis ganas de hacerte sonar entera y mía? ¿Cómo se toca tu viande noire, tu perfumado tacto, tu corazón sin hambre, tu silencio en el primer mate, tu dedo quinto, tu cheveux grueso y oscuro, tus parientes chusmas, tus tres hermanas, conversadoras como metidas?
¿Cómo se puede amarte sin dolor, sin apuro, sin testigos, sin manos que te ofendan? ¿Cómo traspasarte mis apuntes y poemas bien queridos, amada; mis textos ajenos, mi certeza de escribirte como pocos? ¿Cómo entregarte todos estos papeles y esas frases, sin inundar tu corazón de embole, de aburrimiento, de ceniza para la estufa, de hipérboles e hipérbatos, de oxímoron demorones y tole-toles idiotas?
II
Hoy anduvo tus ganas de conocerme buscando entre mis libros alguna cosa. Hoy por la tarde anduvo, entre mates, averiguando cómo he sido, cómo ha sido mi día, cuánto tiempo perdí, cómo escribía cuando había cuadernos Ipusa que se vendían a la vuelta de la escuela, cuando tenía dos Majorette, unos lindos rulos, dos pares de championes Flecha, cuando había cuatro canales de televisión, ese mundo sin control remoto, alegre, monótono, esa novela canallesca O Globo que arrancaba a las 20:30.
Hoy anduvo tus ganas de conocerme entre mis libros buscando mi pasado, buscando los veranos del 80, los muchachitos sobre la chiva, los Bazooka clandestinos, los paraísos del barrio, afanados de coquitos para la cerbatana. Hoy anduvo tus ganas de conocerme revisando mi boletera, mis amigos, sus nombres, las noches en el Café Criollo, las encomiendas en el Expreso con olor a milanesa, revisando a mi padre, sus plantitas, su Farreras, su Fiat 600, revisando a mi madre, su biblioteca, al Uruguay frentista, a Juan Mateo querido, a La Pedrera en el Cynsa, bajo el equipo Adidas a tres rayas, bajo cervezas y el termo de mate antes de salir a la carretera.
Hoy anduvo tus ganas de conocerme revisando los ruidos del teléfono, distintos bajo el 80·35·24, las fotos, el tocadisco, los gatos y los VHS, los cuatro ingleses que me habitan, sus discos, sus canciones múltiples, sus posters y cassettes, bajo sospecha de alegría inmensa. Y no halló nada. No pudo hallar al Parque Batlle, ni a mi padre ni a mi madre, ni a Sagan, ni a Mateo, ni a Boris ni al jefe galo, ni a la Aduana ni a nadie. Ni a las Guambias más recientes.
A mí tampoco me encontró. Yo había tomado un ómnibus al tiempo ulterior e iba sentado al lado del misterio. Pasé frente a tus besos y el misterio había pintado unos carteles que decían «no te enamores de mis años anteriores». Me preguntaste el por qué en una esquina y en la bolsa que llevaba iba el misterio, junto con el susurro: «enamorémonos del presente y futuro que pasaremos juntos».
Hoy dejaré las puertas y las ventanas de mis años abiertos. Y mis ganas de conocerte entrarán por todas las ventanas de tus años, por todas las ventanas de tus días, por todas las ventanas de todas mis tardes y todas las estaciones, por todas las ventanas de nuestros ratos libres. Tus ganas de conocerme también entrarán, cabeceando, saltarán para adentro, texto a texto a la luz de la mesa de luz y se echarán en el acolchado como un gato y aguardarán hasta la madrugada del primer termo. Hoy te dejaré las puertas y las ventanas de mi alma abiertas para siempre.
III
Mi corazón está más cerca que mi casa. Mi casa, más cerca que mi barrio. Mi barrio más cerca que Montevideo. En mi barrio vive Jacinta caminando conmigo de la mano.
IV
Temblando, con el labio partido por mi labio, por el abrazo, cae sobre tu boca suave como inesperado mi beso. Cae con ternura, de bruces sobre tus labios, suspirando al descuajarse nuestra defensa, ya sólo un fuerte suspiro enorme, ya sólo pasión y energía en media tonelada de caricias a la deriva, hincadas en toda tu piel temblorosa y atónita.
Ahí nos vamos arrinconando, como el boxeador que va al fracaso, atrapado por tus brazos que me saltan arriba y por los míos que logran tu cintura abierta en los atajos de tu abrigo en plena estupidez sentimental, en plena media tonelada de placentero amor, incomprensible, absurdo a mis años anteriores, suspirando alegres y tontos, como dos corazones que no piensan, mientras meditan lentamente por qué se alegran tanto y por qué se alegran tanto qué parte de quién que somos nosotros mismos, lo amantes, abiertos al descuartizamiento de nuestras ropas en cualquier parte, que nunca habían amado y que ahora eran una sola parte, tan unidos y que nunca habían amado. Haciendo tardes, días, libros, mates, leyendo y escuchando discos, que era la vida misma manando hacia nuestros adentros, vibrando tiernamente como un sol cálido hacia sus adentros y que nunca habían amado.
Ya estás acostada. Nuestros cuerpos se enderezan, se endurecen y avanzan hacían adelante y hacia atrás, implorantes y fatalmente lívidos, rematados en cortos jadeos que hace un instante amasaban el sofá del pub, el asiento de otros cien jadeos, jóvenes de las noches de fin de semana nacidos para morir de un beso. Ahora somos un sólo cuerpo tirado en la cama: «te voy a amar desde Uruguay».
Aquel otro beso que murió en tu cuello, cayó y tembló todo el pecho. Aquel otro beso, que recibió una caricia en plena frente de dos labios de espesor, mientras entraba mi mano desconfiando porque allí no había más paños, alcanzó a comprender que había otro beso adelante, jadeando, que ya se la llevaba tu otra mano. Y cayó en tu cuello también y la cama tembló bajo nuestros huesos.
Aquel otro beso, que esquivó mi camisa y que cayó también, con un suspiro ahogado y una mirada perdida, entrecerrada, también cayó y templó la pieza, temblaron nuestros cuerpos, tembló la cama; el beso murió temblando de amor y pasión de un suspiro en plena boca: «te voy a amar desde Uruguay».
V
En la punta de la mesa, una Jacinta luminosa, de quince lunares se hace chispa, se ríe, se sonroja, se enciende, habla entre otras flores más pequeñas, lee, escribe, la catapulta el trago de Kronenbourg Blanc y sube como panadero en el aire. Está escribiendo siempre, mientras el trío improvisa en ese rincón de la boite.
Entre aplausitos, al compás del jazz, blanda Jacinta negra, alegre, nostalgiosa en el aire. Subida en los aplausos como inspirada, alegre, enamorada. Ríe y lee toda la noche, tira versos bailando bajo el humo dulzón, redacta, escribe por el libro azul de cuentos como si lo fuera a publicar —y lo hará— y sin embargo, así seguirá escribiendo, anotando y borrando, mientras dure la noche, su belleza literaria de ingeniería, sus blancos apuntes bajo el foquillo fijo y azulado. El aleph, el gracias por el fuego, el aire de Macondo, las venas abiertas, esos cronopios, la vida breve, esos libros.
VI
Hace un buen rato ya tengo trabajo y vengo acostumbrándome al desuso de mis caminatas, a mis cinco termos diarios, a las malas costumbres de mis textos, que de algún modo siempre fueron nuestros, vos lo sabés, amada Negra.
Hoy reanudamos en un cómico encuentro las ganas de vernos parados en la plaza. Nos hacen unirnos las alas que nos pusimos para imaginar y crear, más escribimos y se alzan, leemos y nos acompañan, reímos y baten de a dos, como que están volando y se aman, sin embargo nuestras alas se aman, se enderezan se hacen amigas nuestras para llevarnos por todas partes. Allá está la canción, aquí la letra; más allá la poesía y más acá el amor. Pero la poesía está también más acá. Y antes estaba allá también, detrás del amor el amor.
Hemos viajado por todos nuestros caprichos y por la ciudad de metro en metro, amándonos con ganas, odiando los días en que nos extrañamos y amando las tardes de paseo. Con millones de fotos, con esquelas en la heladera y croquis en un cuaderno y sus mil rayas dicen: «ahora, nuestro amor es eterno».
VII
La Jacinta viene hacía a mí en la calle, en el aire húmedo, por el aire húmedo caminando, por el aire agobiante del andén, ominoso agosto, caminando en el aire caliente. Y yo vi que no era a mí a quién buscaba sino a mis besos. Y que no buscaba a mis besos, también vi, porque no era mariposa de la Île de la Cité, ni nacida para eso. Sino que era mariposa nada más en la ciudad libre y ya alegre de antemano, aunque extranjera. Buscando en ese caminar suave y frágil un texto, un libro, una inspiración de novela para sus cuentos.
Porque la mariposa lee y no escribe en cualquier lado, inspirada de vida por su nuevo sitio, por sus estaciones cambiadas, por su sorbito de mate ya bebido. Eso no es tan alegre: alegre es verla escribiendo en el pasto, depositada junto al Sena a la sombra de las altas paredes de Notre Dame, su libro de cuentos de seda ya casi terminado.
VIII
Me hacés falta. Yo siento que la vida se agita nerviosa si no te siento, si no estás. Siento que hay un asiento para vos en el métro, que se ve ese vacío, que hay una respiración que falta, que defraudo una rueda de mate. Siento el amor o la nostalgia inexpresada de mi compañera, el amor de la que me aguarda ansiosa esperando una primavera.
Falta tu cara en las letras de mis textos, tu voz en las correcciones, en la escucha, en la pasión de leer, tus piernas en el pasto, tus guillerminas hollando las baldosas de nueve panes, los siete ojos míos en la contemplación de tus vestidos, mis manos en el lápiz, en el Le Monde, en la guitarra, nuestras lenguas en español y francés, el gesto de nuestras caras en cada encuentro diario.
IX
¿Cómo haré para tomarte en mis adentros, amada, amada Negra? Dice Auguste, mi discípulo, que hay cierto mate que se ceba mansamente y nos ceba, cebándose una charla quieta allá al fondo, sentado en la silla blanca de plástico. Y dice más, mi otro discípulo, el Yuber, dice que desde que me dejaste la ventanita del amor se me cerró y las azucenas han perdido su color; que tengo el alma en pedazos, ya no aguanto esta pena y que tanto tiempo sin verte es como una condena.
Y he sabido, amada, que este otro escritor que criaste, novelero, cuentista, a veces en prosa o en verso, cual casi todo escritor pasional, vagará por anchos besos, por manos abrazantes hasta amarlas también, tal vez un día de caricias o suspiros o del algún tierno beso de Jacinta: de Jacinta sin duda.
Jacinta Pereira terminó de leer y sabía que esta carta no era para ella. Sin embargo, tomó un Air France y conoció a Durhomme. Durhomme vió que Jacinta estaba más blanca y era castaña.
Ahí se dio cuenta que aquella carta la dirigió a Jacinta Pereira y no a Pereyra. A Durhomme no le importó. A Jacinta Pereira tampoco. Se enamoraron y vivieron juntos por siete años.
El tema es «Jacinta» de Eduardo Mateo, claramente inspirado en el momento en que Frèdèric se despidió de ella en la estación de tren.
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1
Mi estimadisimo H:
Me reí menos que con los anteriores, pero me encantó muy mucho. Además sé que es tu manera de homenajear al Zita y por eso me gusta mucho más aún. ¡Ya estoy esperando el proximo post!
2
Mi estimadísimo Frèdèric:
He realizado unas pequeñas modificaciones a un antiguo poema de mi autoría para expresar el sentimiento verdadero que me inspiró su apasionado pero esperanzado texto.
No tan lejos llevome la vida,
me he tornado tristona y pausada,
qué nostalgia tan honda me oprime
cuando siento el olor a jazmines.
Si a otros sitios muy lejos del tuyo
Frèdèric, algún día te llevan
y no eres feliz y suspiras
por pisar las viejas veredas
y un diciembre en un soplo de viento
un perfume de jazmines te asalta
ya sabrás, montevideano asombrado
lo que es la palabra nostalgia.
3
Très bien, Durhomme! Como anoche estuve mirando un programa sobre el sunami ecologista que se nos viene, porque el planeta no da para más con tanta basura,con tanta cosa amontonada, le voy a exponer una teoría que se me acaba de ocurrir y que sólo le puedo trasmitir a usted que es de mente muy amplia.
Le manifiesto que: la ecología se puede aplicar a la literatura. Basta de guardar textos en la memoria, por buenos y tirar al olvido,por malos, a la mayoría. ¡Hay que reciclar ya!
Reciclar en este caso sería algo como lo que usted ha hecho con Guitarra Negra de Alfredo Zitarrosa. No es plagio porque lo ha transformado y le ha infundido talento y gracia propios, Durhomme, y tampoco ha querido distraer al lector para que olvide la guitarra negra que está detrás.
Aparentemente un trabajo fácil, pero no lo es. Supone un profundo respeto del texto del Zita, una paciente sustitución de palabras, un armado concienzudo, para obtener de tragedias como la de la fotógrafa famosa y la de los anónimos uruguayos, la creación de una comedia aplicada a su vida personal.
Ha emprendido, eso sí, el difícil camino de escribir para pocos: no tire nada, por favor, si no se convierte en un escritor de culto, siempre podrá reciclar su obra =)
Miaujuajua
PD: si se comunica vía «el juego de la copa»” con Juanita , pregúntele por qué llora antes de terminar de leer; aparentemente se quedó en la parte que le revisan la biblioteca.
4
Me gustó mucho la frase de John Lennon. Hay que decidirse por la vida, siempre.
Como siempre, Fede, excelente todo tu trabajo. Espero ansiosa otra aventura o desventura de este maravilloso Monsieur Durhomme. Au revoir.
5
Realmente un trabajo precioso, no puedo agregar nada en este momento ya que mi estado al finalizar la lectura es indescriptible (¿asombro?, ¿alegría por el asombro?, ¿respeto?, ¿conmovido?, ¿divertido por cierto pasaje?).
Gracias.
6
¡Sensacional! Hay una referencias tan acertadas sobre el mate, sobre esas mateadas que se convierten en momentos de perfecta comunicación, que estoy dispuesta a continuar mi blog Mateleo con el entusiasmo con que lo comencé, aunque no lo lea nadie.
Gracias, Durhomme, por toda tu inspiración que me inspira.
Que este 2010, que tanto tiempo fue sólo un futuro imaginado por Kubrick,y que comenzó con una hermosa luna llena, te devuelva toda la felicidad que puedes dar dar con estos textos a esta devota lectora.
7
No es tanto lo que cuesta sino lo que no tiene sentido. Hablo de la tentación urgente de imaginar qué buscaba el autor cuando escribió estas líneas. Hablo de pensar con la cabeza del que escribe. Definitivamente no tiene sentido. No me importa saber su intención, porque este cuento ya es mío.
Y como el cuento es mío y la interpretación me pertenece, me quedo con lo que me generó. No sé si el autor quiso hacerme reír de la manera en que me reí por momentos. No sé si quiso que me sensibilizara ante la necesidad, que siempre juega en corto con la ausencia. No sé si quiso traerme a Zitarrosa con más fuerza que a los Beatles porque Don Alfredo se lo merece, porque él nos hace falta. No sé si quiso que comente, no me importa. Este es mi texto, el que yo construí al leerlo, el que me dio un lugar preferencial en un viaje inolvidable, el que me hizo reír, el que me conmovió, el que me trajo a Alfredo, el que me obligó a comentar.
Al autor no le voy a hablar, porque primero tendría que agradecerle.