MediaTinta

Ensayos sobre arte escritos por Frèdèric Durhomme, en los cuales admite sus técnicas para crear textos, así como también, para afanarlos con todo éxito.

Stuart Sutcliffe y Astrid Kirchherr
Stuart Sutcliffe y Astrid Kirchherr en Hamburgo, circa 1960.

Milonga para Jacinta

Frè­dè­ric Dur­homme tuvo una no­via y se lla­maba Ja­cinta Pe­reyra. Ja­cinta era una uru­guaya que viajó a Pa­rís con los ma­nus­cri­tos de su li­bro «Allá en la prosa me siento bien».

A la iz­quierda: Stuart Sut­cliffe. Fue pin­tor, poeta y ba­jista ori­gi­nal de The Beatles. Era el más íntimo amigo de John Len­non que lo co­no­ció en el Art Co­llege de Li­ver­pool cuando am­bos te­nían die­ci­nueve años. An­tes de ser lo que fue­ron, el cuar­teto de Li­ver­pool era un quin­teto y se hi­cie­ron mú­si­cos pro­fe­sio­na­les to­cando no­che tras no­che en las dis­co­te­cas y qui­lom­bos de Ham­burgo en­tre 1960 y 1961. Stuart no que­ría ser ba­jista pero John lo convenció.

A la de­re­cha: As­trid Kir­ch­herr. Es una fo­tó­grafa y ar­tista ale­mana, en­vuelta du­rante mu­chos años en el mo­vi­miento exis­ten­cia­lista fran­cés. Era no­via del ba­jista y pin­tor Klaus Voor­man que lo co­no­ció en la aca­de­mia Meis­ter Schule de Ham­burgo. En 1960, Voor­man es­cu­chó una mú­sica que sa­lía de la dis­co­teca Kai­ser­ke­ller de un tal grupo lla­mado The Sil­ver Beatles. Tan emo­cio­nado quedó, que in­vitó a Kir­ch­herr a que tam­bién es­cu­chara a esta manga de pen­de­jos in­gle­ses que usa­ban el pelo à lla El­vis.

En la foto: Stuart Sut­cliffe y As­trid Kir­ch­herr. Stuar y As­trid se co­no­cie­ron y se enamo­ra­ron. Am­bos com­par­tían la pa­sión por el arte y ella se hizo tam­bién muy amiga de los res­tan­tes Beatles. As­trid los fo­to­gra­fiaba con fre­cuen­cia y se dice que ellos em­pe­za­ron a pei­narse como ella, sin jo­pos Pres­ley, con fle­qui­llo, a lo Beatle.

En 1961, John, Paul, George y Pete Best (el pri­mer ba­te­rista an­tes de Ringo Starr) re­gre­sa­ron a In­gla­te­rra a con­ti­nuar su ca­rrera bajo el mando de ahora en más su nuevo ma­na­ger, Brian Eps­tein. Sut­cliffe se quedó y se quedó con Kir­ch­herr. El 10 de abril de 1962, lle­ga­ron a ma­nos de John dos te­le­gra­mas de As­trid desde Ham­burgo. Stu ha­bía es­tado en­fermo; Stu ha­bía muerto.

En el ae­ro­puerto de Ham­burgo tuvo lu­gar una es­cena emo­tiva. Paul, John y Pete, que ha­bían vo­lado an­tes, aguar­da­ban en el ae­ro­puerto con As­trid, al día si­guiente, cuando ate­rrizó el avión en que via­ja­ban Brian, George y Mi­llie Sut­cliffe, la ma­dre de Stu. Brian, que no ha­bía co­no­cido a Stu, trato de brin­dar apoyo y con­suelo. Ad­vir­tió, como lo ad­vir­tió la se­ñora Sut­cliffe, que John Len­non era el único del grupo que te­nía los ojos se­cos, in­con­mo­vi­ble como sólo él po­día serlo.

Con­ven­cida de que John sólo fin­gía ser cruel, As­trid ha­lló fuer­zas en su ac­ti­tud cí­nica. —No te po­dés com­por­tar como una viuda —dijo él —De­ci­dite: o vi­vís o mo­rís. No po­dés que­dar en el me­dio. Tanto As­trid como Klaus Voor­man si­guie­ron siendo ami­gos del grupo en los si­guien­tes años. Ella tomó las fo­tos pro­mo­cio­na­les del film «A hard day’s night». Él di­seño la por­tada de «Re­vol­ver» y fue el ba­jista de John en sus pri­me­ros dis­cos so­lis­tas, a co­mien­zos de los setenta.

Jacinta

Por esos años, Frè­dè­ric Dur­homme tuvo una no­via y se lla­maba Ja­cinta Pe­reyra. Ja­cinta era una uru­guaya que viajó a Pa­rís con los ma­nus­cri­tos de su li­bro «Allá en la prosa me siento bien. Los pá­rra­fos y los pun­ti­tos tam­bién, sa­ben bien, bien de bien» y que sus edi­to­res uru­gua­yos no qui­sie­ron pu­bli­car. Era de unos veinte lar­gos y del Ba­rrio Sur; de pelo ne­gro y piel que­mada de tan­tos so­les en la playa de Bu­ceo. To­dos la co­no­cían como La Ne­gra Jacinta.

Se co­no­cie­ron en el «Club de la Ce­bada», un grupo de ami­gos donde com­par­tían el pla­cer de to­mar mate en pleno Pa­rís y se en­ta­bla­ban me­mo­ra­bles con­ver­sa­cio­nes y dis­cu­sio­nes a las cua­les Ja­cinta co­la­bo­raba con vi­sio­nes in­ge­nuas y a la vez tier­nas. Dur­homme se enamoró de ella y ella de él. Vi­vie­ron jun­tos. Es­cri­bie­ron juntos.

Fue Ja­cinta quién le hizo es­cu­char a Frè­dè­ric la mú­sica de Al­fredo Zi­ta­rrosa, cuando ella le mos­tró un pe­queño texto que es­cri­bió so­bre el mú­sico uru­guayo. Se lla­maba «De no olvidar».

De no olvidar

Nunca di­ji­mos que se fue sino más bien que al­gún día, por­que su co­ra­zón com­pa­ñero, mu­si­cal y acom­pa­sado, su me­lo­día can­tando en el oído y su re­cuerdo per­ma­ne­cido nos está di­ciendo que no hay olvido.

Nos dijo que él sa­bía quién era y que si no vol­vía, caña de azú­car, ma­chete her­mano, sa­bía dónde ir por­que sa­bía quién era. Y que no canta por no­so­tros, sino la zamba; pero bien sa­be­mos que can­tando así, canta para él tam­bién. Y mu­cho des­pués, cuando tuvo que can­tar po­quito como el hor­nero, le­van­tar el nido frente al pam­pero, sus co­plas fue­ron como un pon­cho en ese ca­mino in­ver­nal, por­que su­pi­mos que el va­lor todo lo puede, que hay que te­nerse con­fianza y lo que el va­lor no puede lo ha de te­ner la esperanza.

Al­fredo Zi­ta­rrosa na­ció en li­ber­tad y en su ciu­dad y por mi­longa cantó y más que un solo fue una pa­sión por can­tar la viva emo­ción de nues­tra can­ción. Con cada canto nuevo sin­tió que al can­tar la vida le subía por la gar­ganta. Por­que el canto le sale como apren­dido, que desde el na­cer na­ció pe­leando con­tra el olvido.

Si te vas

A fi­nes de fe­brero de 1985, Ja­cinta quiso vol­ver a Uruguay.

—Hago falta. Ne­ce­sito vol­ver a Mon­te­vi­deo por­que no ha­brá más os­cu­ri­dad —le dijo a Frè­dè­ric an­tes de subir al tren.

—¿Que­rés lle­var unas ve­las? —pre­guntó Durhomme.

—No; ha­blo de otra os­cu­ri­dad, de la os­cu­ri­dad de un pue­blo que se tuvo que po­ner alas para vo­lar por­que no ha­bía más libertad.

—Y ahora ¿la habrá?

—Tal vez. Sólo pido que no per­da­mos la memoria.

—¿No­so­tros?

—Vos, yo y to­dos y por los que ven­drán también.

—¿Vas a de­jar de estar?

—Acá sí, allá no. Escribime.

—Je vais le faire

Me­ses des­pués, Frè­dè­ric es­cri­bió. La car­tas lle­ga­ron y Ja­cinta leyó.

I

¿Cómo haré para to­marte en mis aden­tros, amada, amada Ne­gra? ¿Cómo haré para que sien­tas mi torpe amor, mis ga­nas de ha­certe so­nar en­tera y mía? ¿Cómo se toca tu viande noire, tu per­fu­mado tacto, tu co­ra­zón sin ham­bre, tu si­len­cio en el pri­mer mate, tu dedo quinto, tu che­veux grueso y os­curo, tus pa­rien­tes chus­mas, tus tres her­ma­nas, con­ver­sa­do­ras como metidas?

¿Cómo se puede amarte sin do­lor, sin apuro, sin tes­ti­gos, sin ma­nos que te ofen­dan? ¿Cómo tras­pa­sarte mis apun­tes y poe­mas bien que­ri­dos, amada; mis tex­tos aje­nos, mi cer­teza de es­cri­birte como po­cos? ¿Cómo en­tre­garte to­dos es­tos pa­pe­les y esas fra­ses, sin inun­dar tu co­ra­zón de em­bole, de abu­rri­miento, de ce­niza para la es­tufa, de hi­pér­bo­les e hi­pér­ba­tos, de oxí­mo­ron de­mo­ro­nes y tole-​toles idiotas?

II

Hoy an­duvo tus ga­nas de co­no­cerme bus­cando en­tre mis li­bros al­guna cosa. Hoy por la tarde an­duvo, en­tre ma­tes, ave­ri­guando cómo he sido, cómo ha sido mi día, cuánto tiempo perdí, cómo es­cri­bía cuando ha­bía cua­der­nos Ipusa que se ven­dían a la vuelta de la es­cuela, cuando te­nía dos Ma­jo­rette, unos lin­dos ru­los, dos pa­res de cham­pio­nes Fle­cha, cuando ha­bía cua­tro ca­na­les de te­le­vi­sión, ese mundo sin con­trol re­moto, ale­gre, mo­nó­tono, esa no­vela ca­na­llesca O Globo que arran­caba a las 20:30.

Hoy an­duvo tus ga­nas de co­no­cerme en­tre mis li­bros bus­cando mi pa­sado, bus­cando los ve­ra­nos del 80, los mu­cha­chi­tos so­bre la chiva, los Ba­zooka clan­des­ti­nos, los pa­raí­sos del ba­rrio, afa­na­dos de co­qui­tos para la cer­ba­tana. Hoy an­duvo tus ga­nas de co­no­cerme re­vi­sando mi bo­le­tera, mis ami­gos, sus nom­bres, las no­ches en el Café Crio­llo, las en­co­mien­das en el Ex­preso con olor a mi­la­nesa, re­vi­sando a mi pa­dre, sus plan­ti­tas, su Fa­rre­ras, su Fiat 600, re­vi­sando a mi ma­dre, su bi­blio­teca, al Uru­guay fren­tista, a Juan Ma­teo que­rido, a La Pe­drera en el Cynsa, bajo el equipo Adi­das a tres ra­yas, bajo cer­ve­zas y el termo de mate an­tes de sa­lir a la carretera.

Hoy an­duvo tus ga­nas de co­no­cerme re­vi­sando los rui­dos del te­lé­fono, dis­tin­tos bajo el 80·35·24, las fo­tos, el to­ca­disco, los ga­tos y los VHS, los cua­tro in­gle­ses que me ha­bi­tan, sus dis­cos, sus can­cio­nes múl­ti­ples, sus posters y cas­set­tes, bajo sos­pe­cha de ale­gría in­mensa. Y no ha­lló nada. No pudo ha­llar al Par­que Batlle, ni a mi pa­dre ni a mi ma­dre, ni a Sa­gan, ni a Ma­teo, ni a Bo­ris ni al jefe galo, ni a la Aduana ni a na­die. Ni a las Guam­bias más recientes.

A mí tam­poco me en­con­tró. Yo ha­bía to­mado un ómni­bus al tiempo ul­te­rior e iba sen­tado al lado del mis­te­rio. Pasé frente a tus be­sos y el mis­te­rio ha­bía pin­tado unos car­te­les que de­cían «no te enamo­res de mis años an­te­rio­res». Me pre­gun­taste el por qué en una es­quina y en la bolsa que lle­vaba iba el mis­te­rio, junto con el su­su­rro: «enamo­ré­mo­nos del pre­sente y fu­turo que pa­sa­re­mos juntos».

Hoy de­jaré las puer­tas y las ven­ta­nas de mis años abier­tos. Y mis ga­nas de co­no­certe en­tra­rán por to­das las ven­ta­nas de tus años, por to­das las ven­ta­nas de tus días, por to­das las ven­ta­nas de to­das mis tar­des y to­das las es­ta­cio­nes, por to­das las ven­ta­nas de nues­tros ra­tos li­bres. Tus ga­nas de co­no­cerme tam­bién en­tra­rán, ca­be­ceando, sal­ta­rán para aden­tro, texto a texto a la luz de la mesa de luz y se echa­rán en el acol­chado como un gato y aguar­da­rán hasta la ma­dru­gada del pri­mer termo. Hoy te de­jaré las puer­tas y las ven­ta­nas de mi alma abier­tas para siempre.

III

Mi co­ra­zón está más cerca que mi casa. Mi casa, más cerca que mi ba­rrio. Mi ba­rrio más cerca que Mon­te­vi­deo. En mi ba­rrio vive Ja­cinta ca­mi­nando con­migo de la mano.

IV

Tem­blando, con el la­bio par­tido por mi la­bio, por el abrazo, cae so­bre tu boca suave como ines­pe­rado mi beso. Cae con ter­nura, de bru­ces so­bre tus la­bios, sus­pi­rando al des­cua­jarse nues­tra de­fensa, ya sólo un fuerte sus­piro enorme, ya sólo pa­sión y ener­gía en me­dia to­ne­lada de ca­ri­cias a la de­riva, hin­ca­das en toda tu piel tem­blo­rosa y atónita.

Ahí nos va­mos arrin­co­nando, como el bo­xea­dor que va al fra­caso, atra­pado por tus bra­zos que me sal­tan arriba y por los míos que lo­gran tu cin­tura abierta en los ata­jos de tu abrigo en plena es­tu­pi­dez sen­ti­men­tal, en plena me­dia to­ne­lada de pla­cen­tero amor, in­com­pren­si­ble, ab­surdo a mis años an­te­rio­res, sus­pi­rando ale­gres y ton­tos, como dos co­ra­zo­nes que no pien­san, mien­tras me­di­tan len­ta­mente por qué se ale­gran tanto y por qué se ale­gran tanto qué parte de quién que so­mos no­so­tros mis­mos, lo aman­tes, abier­tos al des­cuar­ti­za­miento de nues­tras ro­pas en cual­quier parte, que nunca ha­bían amado y que ahora eran una sola parte, tan uni­dos y que nunca ha­bían amado. Ha­ciendo tar­des, días, li­bros, ma­tes, le­yendo y es­cu­chando dis­cos, que era la vida misma ma­nando ha­cia nues­tros aden­tros, vi­brando tier­na­mente como un sol cá­lido ha­cia sus aden­tros y que nunca ha­bían amado.

Ya es­tás acos­tada. Nues­tros cuer­pos se en­de­re­zan, se en­du­re­cen y avan­zan ha­cían ade­lante y ha­cia atrás, im­plo­ran­tes y fa­tal­mente lí­vi­dos, re­ma­ta­dos en cor­tos ja­deos que hace un ins­tante ama­sa­ban el sofá del pub, el asiento de otros cien ja­deos, jó­ve­nes de las no­ches de fin de se­mana na­ci­dos para mo­rir de un beso. Ahora so­mos un sólo cuerpo ti­rado en la cama: «te voy a amar desde Uruguay».

Aquel otro beso que mu­rió en tu cue­llo, cayó y tem­bló todo el pe­cho. Aquel otro beso, que re­ci­bió una ca­ri­cia en plena frente de dos la­bios de es­pe­sor, mien­tras en­traba mi mano des­con­fiando por­que allí no ha­bía más pa­ños, al­canzó a com­pren­der que ha­bía otro beso ade­lante, ja­deando, que ya se la lle­vaba tu otra mano. Y cayó en tu cue­llo tam­bién y la cama tem­bló bajo nues­tros huesos.

Aquel otro beso, que es­quivó mi ca­misa y que cayó tam­bién, con un sus­piro aho­gado y una mi­rada per­dida, en­tre­ce­rrada, tam­bién cayó y tem­pló la pieza, tem­bla­ron nues­tros cuer­pos, tem­bló la cama; el beso mu­rió tem­blando de amor y pa­sión de un sus­piro en plena boca: «te voy a amar desde Uruguay».

V

En la punta de la mesa, una Ja­cinta lu­mi­nosa, de quince lu­na­res se hace chispa, se ríe, se son­roja, se en­ciende, ha­bla en­tre otras flo­res más pe­que­ñas, lee, es­cribe, la ca­ta­pulta el trago de Kro­nen­bourg Blanc y sube como pa­na­dero en el aire. Está es­cri­biendo siem­pre, mien­tras el trío im­pro­visa en ese rin­cón de la boite.

En­tre aplau­si­tos, al com­pás del jazz, blanda Ja­cinta ne­gra, ale­gre, nos­tal­giosa en el aire. Subida en los aplau­sos como ins­pi­rada, ale­gre, enamo­rada. Ríe y lee toda la no­che, tira ver­sos bai­lando bajo el humo dul­zón, re­dacta, es­cribe por el li­bro azul de cuen­tos como si lo fuera a pu­bli­car —y lo hará— y sin em­bargo, así se­guirá es­cri­biendo, ano­tando y bo­rrando, mien­tras dure la no­che, su be­lleza li­te­ra­ria de in­ge­nie­ría, sus blan­cos apun­tes bajo el fo­qui­llo fijo y azu­lado. El aleph, el gra­cias por el fuego, el aire de Ma­condo, las ve­nas abier­tas, esos cro­no­pios, la vida breve, esos libros.

VI

Hace un buen rato ya tengo tra­bajo y vengo acos­tum­brán­dome al desuso de mis ca­mi­na­tas, a mis cinco ter­mos dia­rios, a las ma­las cos­tum­bres de mis tex­tos, que de al­gún modo siem­pre fue­ron nues­tros, vos lo sa­bés, amada Negra.

Hoy reanu­da­mos en un có­mico en­cuen­tro las ga­nas de ver­nos pa­ra­dos en la plaza. Nos ha­cen unir­nos las alas que nos pu­si­mos para ima­gi­nar y crear, más es­cri­bi­mos y se al­zan, lee­mos y nos acom­pa­ñan, reí­mos y ba­ten de a dos, como que es­tán vo­lando y se aman, sin em­bargo nues­tras alas se aman, se en­de­re­zan se ha­cen ami­gas nues­tras para lle­var­nos por to­das par­tes. Allá está la can­ción, aquí la le­tra; más allá la poe­sía y más acá el amor. Pero la poe­sía está tam­bién más acá. Y an­tes es­taba allá tam­bién, de­trás del amor el amor.

He­mos via­jado por to­dos nues­tros ca­pri­chos y por la ciu­dad de me­tro en me­tro, amán­do­nos con ga­nas, odiando los días en que nos ex­tra­ña­mos y amando las tar­des de pa­seo. Con mi­llo­nes de fo­tos, con es­que­las en la he­la­dera y cro­quis en un cua­derno y sus mil ra­yas di­cen: «ahora, nues­tro amor es eterno».

VII

La Ja­cinta viene ha­cía a mí en la ca­lle, en el aire hú­medo, por el aire hú­medo ca­mi­nando, por el aire ago­biante del an­dén, omi­noso agosto, ca­mi­nando en el aire ca­liente. Y yo vi que no era a mí a quién bus­caba sino a mis be­sos. Y que no bus­caba a mis be­sos, tam­bién vi, por­que no era ma­ri­posa de la Île de la Cité, ni na­cida para eso. Sino que era ma­ri­posa nada más en la ciu­dad li­bre y ya ale­gre de an­te­mano, aun­que ex­tran­jera. Bus­cando en ese ca­mi­nar suave y frá­gil un texto, un li­bro, una ins­pi­ra­ción de no­vela para sus cuentos.

Por­que la ma­ri­posa lee y no es­cribe en cual­quier lado, ins­pi­rada de vida por su nuevo si­tio, por sus es­ta­cio­nes cam­bia­das, por su sor­bito de mate ya be­bido. Eso no es tan ale­gre: ale­gre es verla es­cri­biendo en el pasto, de­po­si­tada junto al Sena a la som­bra de las al­tas pa­re­des de No­tre Dame, su li­bro de cuen­tos de seda ya casi terminado.

VIII

Me ha­cés falta. Yo siento que la vida se agita ner­viosa si no te siento, si no es­tás. Siento que hay un asiento para vos en el mé­tro, que se ve ese va­cío, que hay una res­pi­ra­ción que falta, que de­fraudo una rueda de mate. Siento el amor o la nos­tal­gia inex­pre­sada de mi com­pa­ñera, el amor de la que me aguarda an­siosa es­pe­rando una primavera.

Falta tu cara en las le­tras de mis tex­tos, tu voz en las co­rrec­cio­nes, en la es­cu­cha, en la pa­sión de leer, tus pier­nas en el pasto, tus gui­ller­mi­nas ho­llando las bal­do­sas de nueve pa­nes, los siete ojos míos en la con­tem­pla­ción de tus ves­ti­dos, mis ma­nos en el lá­piz, en el Le Monde, en la gui­ta­rra, nues­tras len­guas en es­pa­ñol y fran­cés, el gesto de nues­tras ca­ras en cada en­cuen­tro diario.

IX

¿Cómo haré para to­marte en mis aden­tros, amada, amada Ne­gra? Dice Au­guste, mi dis­cí­pulo, que hay cierto mate que se ceba man­sa­mente y nos ceba, ce­bán­dose una charla quieta allá al fondo, sen­tado en la si­lla blanca de plás­tico. Y dice más, mi otro dis­cí­pulo, el Yu­ber, dice que desde que me de­jaste la ven­ta­nita del amor se me ce­rró y las azu­ce­nas han per­dido su co­lor; que tengo el alma en pe­da­zos, ya no aguanto esta pena y que tanto tiempo sin verte es como una condena.

Y he sa­bido, amada, que este otro es­cri­tor que criaste, no­ve­lero, cuen­tista, a ve­ces en prosa o en verso, cual casi todo es­cri­tor pa­sio­nal, va­gará por an­chos be­sos, por ma­nos abra­zan­tes hasta amar­las tam­bién, tal vez un día de ca­ri­cias o sus­pi­ros o del al­gún tierno beso de Ja­cinta: de Ja­cinta sin duda.

Ja­cinta Pe­reira ter­minó de leer y sa­bía que esta carta no era para ella. Sin em­bargo, tomó un Air France y co­no­ció a Dur­homme. Dur­homme vió que Ja­cinta es­taba más blanca y era castaña.

Ahí se dio cuenta que aque­lla carta la di­ri­gió a Ja­cinta Pe­reira y no a Pe­reyra. A Dur­homme no le im­portó. A Ja­cinta Pe­reira tam­poco. Se enamo­ra­ron y vi­vie­ron jun­tos por siete años.

El tema es «Ja­cinta» de Eduardo Ma­teo, cla­ra­mente ins­pi­rado en el mo­mento en que Frè­dè­ric se des­pi­dió de ella en la es­ta­ción de tren.

Clip de au­dio: Es ne­ce­sa­rio te­ner Adobe Flash Pla­yer (ver­sión 9 o su­pe­rior) para re­pro­du­cir este clip de au­dio. Des­car­gue la ver­sión más re­ciente aquí. Tam­bién ne­ce­sita te­ner ac­ti­vado Ja­vas­cript en su navegador.

  1. El 13 de diciembre de 2009, a eso de las 01:55,
    Luzceleste apuntó que:

    1

    Mi es­ti­ma­di­simo H:

    Me reí me­nos que con los an­te­rio­res, pero me en­cantó muy mu­cho. Ade­más sé que es tu ma­nera de ho­me­na­jear al Zita y por eso me gusta mu­cho más aún. ¡Ya es­toy es­pe­rando el pro­ximo post!

  2. El 13 de diciembre de 2009, a eso de las 02:54,
    Juana de Ibarbourou apuntó que:

    2

    Mi es­ti­ma­dí­simo Frèdèric:

    He rea­li­zado unas pe­que­ñas mo­di­fi­ca­cio­nes a un an­ti­guo poema de mi au­to­ría para ex­pre­sar el sen­ti­miento ver­da­dero que me ins­piró su apa­sio­nado pero es­pe­ran­zado texto.

    No tan le­jos lle­vome la vida,
    me he tor­nado tris­tona y pau­sada,
    qué nos­tal­gia tan honda me oprime
    cuando siento el olor a jazmines.

    Si a otros si­tios muy le­jos del tuyo
    Frè­dè­ric, al­gún día te lle­van
    y no eres fe­liz y sus­pi­ras
    por pi­sar las vie­jas ve­re­das
    y un di­ciem­bre en un so­plo de viento
    un per­fume de jaz­mi­nes te asalta
    ya sa­brás, mon­te­vi­deano asom­brado
    lo que es la pa­la­bra nostalgia.

  3. El 13 de diciembre de 2009, a eso de las 17:42,
    El Gato Verde apuntó que:

    3

    Très bien, Dur­homme! Como ano­che es­tuve mi­rando un pro­grama so­bre el su­nami eco­lo­gista que se nos viene, por­que el pla­neta no da para más con tanta basura,con tanta cosa amon­to­nada, le voy a ex­po­ner una teo­ría que se me acaba de ocu­rrir y que sólo le puedo tras­mi­tir a us­ted que es de mente muy amplia.

    Le ma­ni­fiesto que: la eco­lo­gía se puede apli­car a la li­te­ra­tura. Basta de guar­dar tex­tos en la me­mo­ria, por bue­nos y ti­rar al olvido,por ma­los, a la ma­yo­ría. ¡Hay que re­ci­clar ya!

    Re­ci­clar en este caso se­ría algo como lo que us­ted ha he­cho con Gui­ta­rra Ne­gra de Al­fredo Zi­ta­rrosa. No es pla­gio por­que lo ha trans­for­mado y le ha in­fun­dido ta­lento y gra­cia pro­pios, Dur­homme, y tam­poco ha que­rido dis­traer al lec­tor para que ol­vide la gui­ta­rra ne­gra que está detrás.

    Apa­ren­te­mente un tra­bajo fá­cil, pero no lo es. Su­pone un pro­fundo res­peto del texto del Zita, una pa­ciente sus­ti­tu­ción de pa­la­bras, un ar­mado con­cien­zudo, para ob­te­ner de tra­ge­dias como la de la fo­tó­grafa fa­mosa y la de los anó­ni­mos uru­gua­yos, la crea­ción de una co­me­dia apli­cada a su vida personal.

    Ha em­pren­dido, eso sí, el di­fí­cil ca­mino de es­cri­bir para po­cos: no tire nada, por fa­vor, si no se con­vierte en un es­cri­tor de culto, siem­pre po­drá re­ci­clar su obra =)

    Miau­jua­jua

    PD: si se co­mu­nica vía «el juego de la copa»” con Jua­nita , pre­gún­tele por qué llora an­tes de ter­mi­nar de leer; apa­ren­te­mente se quedó en la parte que le re­vi­san la biblioteca.

  4. El 14 de diciembre de 2009, a eso de las 10:59,
    Marinarrosa apuntó que:

    4

    Me gustó mu­cho la frase de John Len­non. Hay que de­ci­dirse por la vida, siempre.

    Como siem­pre, Fede, ex­ce­lente todo tu tra­bajo. Es­pero an­siosa otra aven­tura o des­ven­tura de este ma­ra­vi­lloso Mon­sieur Dur­homme. Au revoir.

  5. El 28 de diciembre de 2009, a eso de las 23:56,
    Severino apuntó que:

    5

    Real­mente un tra­bajo pre­cioso, no puedo agre­gar nada en este mo­mento ya que mi es­tado al fi­na­li­zar la lec­tura es in­des­crip­ti­ble (¿asom­bro?, ¿ale­gría por el asom­bro?, ¿res­peto?, ¿con­mo­vido?, ¿di­ver­tido por cierto pasaje?).

    Gra­cias.

  6. El 3 de enero de 2010, a eso de las 01:10,
    Mateína apuntó que:

    6

    ¡Sen­sa­cio­nal! Hay una re­fe­ren­cias tan acer­ta­das so­bre el mate, so­bre esas ma­tea­das que se con­vier­ten en mo­men­tos de per­fecta co­mu­ni­ca­ción, que es­toy dis­puesta a con­ti­nuar mi blog Ma­te­leo con el en­tu­siasmo con que lo co­mencé, aun­que no lo lea nadie.

    Gra­cias, Dur­homme, por toda tu ins­pi­ra­ción que me inspira.

    Que este 2010, que tanto tiempo fue sólo un fu­turo ima­gi­nado por Kubrick,y que co­menzó con una her­mosa luna llena, te de­vuelva toda la fe­li­ci­dad que pue­des dar dar con es­tos tex­tos a esta de­vota lectora.

  7. El 12 de agosto de 2011, a eso de las 20:22,
    Angel apuntó que:

    7

    No es tanto lo que cuesta sino lo que no tiene sen­tido. Ha­blo de la ten­ta­ción ur­gente de ima­gi­nar qué bus­caba el au­tor cuando es­cri­bió es­tas lí­neas. Ha­blo de pen­sar con la ca­beza del que es­cribe. De­fi­ni­ti­va­mente no tiene sen­tido. No me im­porta sa­ber su in­ten­ción, por­que este cuento ya es mío.
    Y como el cuento es mío y la in­ter­pre­ta­ción me per­te­nece, me quedo con lo que me ge­neró. No sé si el au­tor quiso ha­cerme reír de la ma­nera en que me reí por mo­men­tos. No sé si quiso que me sen­si­bi­li­zara ante la ne­ce­si­dad, que siem­pre juega en corto con la au­sen­cia. No sé si quiso traerme a Zi­ta­rrosa con más fuerza que a los Beatles por­que Don Al­fredo se lo me­rece, por­que él nos hace falta. No sé si quiso que co­mente, no me im­porta. Este es mi texto, el que yo cons­truí al leerlo, el que me dio un lu­gar pre­fe­ren­cial en un viaje inol­vi­da­ble, el que me hizo reír, el que me con­mo­vió, el que me trajo a Al­fredo, el que me obligó a co­men­tar.
    Al au­tor no le voy a ha­blar, por­que pri­mero ten­dría que agradecerle.

Carta al lector

Paris, IXe arrondissement D
13 de diciembre de 2009

Cher lecteur:

Luego del encuentro que protagonizamos en el burdel de mala muerte de la calle Saint Très Putain, y antes de manchar los manuscritos con grandes aureolas violáceas-bordeaux de vino Berrete —las cuales acusó como «meras manifestaciones de un neoplasticismo amanerado»—, adjunto en este sobre los borradores del último capítulo de MediaTinta, «Milonga para Jacinta», del cual conjeturo ya habrá tenido la gentileza de leer.&mdash

Le ruego, estimado lector, que en caso de anhelar la publicación de una observación, apostilla, nota, comentario, glosa, coletilla, postilla, pastilla, tableta, comprimido o blíster, tenga la amabilidad de enviarnos una carta al Apartado de Correos bsmseinte mnsdueve sfvmsfydos tresochodos.&mdash

Por otro parte, anexo junto a este sobre cinco mil francos en pro de amortiguar los daños que en forma de vino, la tela su traje absorbió con todo éxito.&mdash

Recevez mes salutations distinguées:

Frèdèric Durhomme.-

Carta al escritor

Usted ya sabe dónde
12 de agosto de 2011

Frèdèric Durhomme.-
http://mediatinta.info.-
De mi menor consideración:

Atentamente: