MediaTinta

Ensayos sobre arte escritos por Frèdèric Durhomme, en los cuales admite sus técnicas para crear textos, así como también, para afanarlos con todo éxito.

Le Voyage dans la Lune
Escena de «Le Voyage dans la Lune» de Georges Méliès (1902).

De la carta a la luna

—Dur­homme te­nía una so­brina de siete años lla­mada Cle­men­tina. Vi­vía en Mon­te­vi­deo y una vez, cuando es­taba con gripe, Frè­dè­ric le es­cri­bió una carta que de­cía así…

Cle­men­tina: cuando com­pré el pa­pel avión para es­cri­birte esta carta, pen­saba que ya ve­nía con alas y ti­món y que vo­la­ría solo hasta allá, pero el del co­rreo me dijo que será me­jor que lo en­vuelva en un so­bre, le ponga mi nom­bre, el tuyo, lo lleve hasta un bu­zón y me ol­vide del asunto. La gente si­gue em­pe­ci­nada en no que­rer volar.

Fi­jate que te es­toy es­cri­biendo con mi puño y le­tra y que una vez me di­jiste que era igual a las le­tras de la má­quina de es­cri­bir. Me acuerdo que me con­taste que tu papá de­cía que los pa­pe­les im­por­tan­tes van con le­tras de má­quina de es­cri­bir y que le acla­raste que yo de­bía ser im­por­tante por­que tam­bién es­cribo con le­tras de má­quina de es­cri­bir. Yo no sé si soy im­por­tante, so­brina, pero mien­tras lo sea para vos y la tía Ja­cinta todo irá de maravillas.

En­ton­ces, es­tas pa­la­bras que elegí y or­dené en se­ries de siete lí­neas por pá­rra­fos no cu­ra­rán tu gripe pero, al me­nos, te la ha­rán ol­vi­dar por un rato.

Ha­blando de ol­vi­dos, no re­cuerdo si te lle­gué a con­tar cuando te­nía un sub­ma­rino hace unos años, por­que ha­bla­mos y pa­sea­mos tanto la última vez que se me en­tre­ve­ran los cuen­tos como en un plato de ta­lla­ri­nes. Cues­tión que con un amigo te­nía­mos un sub­ma­rino que se lo com­pra­mos a unos ru­sos cuando se cayó el muro. Muro que era la me­dia­nera que se­pa­raba nues­tra casa de una fa­mi­lia rusa y por pura ero­sión in­terna, el mismo se cayó. De to­das ma­ne­ras, te­nía­mos el sub­ma­rino ahí, en la puerta de casa, estacionado.

Los sub­ma­ri­nos tie­nen que es­tar en el agua y cada tanto lo bal­deá­ba­mos, a ve­ces, in­cluso, con un cho­rrito de Fa­bu­loso La­vanda para que to­mara rico olor. Siem­pre pa­seaba con él por la ori­lla del Sena, aso­mán­dome en cada es­quina por la es­co­ti­lla y pe­gando un bo­ci­nazo mien­tras sa­caba el brazo afuera.

Me acuerdo que no te­nía se­ña­lero, guiño, esas lu­ces que anun­cian que vas a do­blar. En­ton­ces co­lo­ca­mos los co­rres­pon­dien­tes, tanto a la de­re­cha como a la iz­quierda, pero como los sub­ma­ri­nos tam­bién suben y ba­jan, pu­si­mos gui­ños tam­bién arriba y abajo. Como en la vida misma uno nunca sabe qué ma­nio­bra hará pero, a ve­ces, con­viene avisar.

Los par­ti­dos de fo­bal que ha­bre­mos visto con ese pe­ris­co­pio. Atra­cá­ba­mos la má­quina en la puerta del es­ta­dio y es­piá­ba­mos todo. Una vez vi­mos, tam­bién, una par de con­cier­tos de un loco que to­caba la gui­ta­rra desde la puerta del tea­tro y en ve­rano lo po­nía­mos en el li­ving con las hé­li­ces que nos ha­cían de ven­ti­la­dor. Te ha­cía un fres­quete lindo en pleno ju­lio pero una vez, nos ol­vi­da­mos de atarlo y tu­vi­mos que ir a bus­carlo como por Ca­lais, cerca del Ca­nal de la Man­cha. Ahí nos di­mos cuenta que el mu­cha­cho a ve­ces ex­tra­ñaba y lo lar­gá­ba­mos al agua para que se dis­tra­jera un rato.

Al fi­nal, la pla­cita de la es­quina ne­ce­si­taba al­gún tipo de juego y lo que hi­ci­mos fue par­tir el sub­ma­rino a la mi­tad: una parte fue para los ni­ños del ba­rrio y la otra fue como pa­rri­llero me­dio tan­que en el pa­tio de casa. Los cho­ri­zos que ha­bre­mos he­cho con los ru­sos de al lado.

Y una vez, so­brina, tra­bajé como gota de agua. Cuando ima­gi­na­bas mu­cho y te ibas a las nu­bes, allá en­con­tra­bas un puesto de re­clu­ta­miento para go­tas de agua. A ve­ces ha­bía se­quía y se ne­ce­si­ta­ban gotas.

Me anoté con toda cir­cuns­tan­cia y en la en­tre­vista te ha­cían mil no­ve­cien­tas ochenta y un pre­gun­tas; ni una más, ni una me­nos. Te pre­gun­ta­ban si te­nías an­te­ce­den­tes de mal tem­pe­ra­mento, por­que, claro, si eras de ca­len­tarte se­guido el tra­bajo no te­nía mu­cha ra­zón de ser. Tam­bién que­rían sa­ber si eras de su­dar la gota gorda o ape­nas una hu­me­dad en la frente los días de ca­lor ago­biante y si cuando an­da­bas en bici te en­chas­tra­bas en los char­cos de barro.

A las mu­je­res se les pre­gun­taba qué tanto les afec­taba la hu­me­dad a sus brus­hing y re­cuerdo que tuve que de­cla­rar si cuando me ti­raba al agua pri­mero po­nía la pun­tita del pie, me ti­raba en bomba o era una en­trada gra­dual. Que cuánta agua lle­vaba la masa de una pizza, cinco ma­tes y la yema mo­jada para el re­pul­gue de las em­pa­na­das. Si mi­raba el lado lleno o el lado va­cío, si era de aho­garme en un vaso de agua o si ha­bía ca­lor o ha­bía frío.

Fi­nal­mente, una vez in­gre­sado, te se­pa­ra­ban en gru­pos de a tres. A mí me tocó ser oxí­geno y a los otros dos mu­cha­chos ser hi­dró­geno. Te da­ban tu uni­forme: era un traje trans­pa­rente que si mi­ra­bas a tra­vés de él, las co­sas se cur­va­ban en una es­fera, como los ojos de pez. Era un traje más an­cho abajo que arriba y bas­tante ma­lea­ble: casi que te po­días co­lar en cual­quier lado que no sea impermeable.

Nues­tro pri­mer tra­bajo fue en el sur, en algo que le de­cían la sud­es­tada y como éra­mos no­va­tos te­nía­mos que pa­gar de­re­cho de piso en las tor­men­tas más fuer­tes. Subimos hasta los 5.000 pies (ta­lle 39) y mien­tras, nos da­ban ins­truc­cio­nes: ape­nas nos en­con­tre­mos con el frente cá­lido nos ti­rá­ra­mos como si la vida se nos fuera en ello. Luego, te­nía­mos que re­en­con­trar­nos en el mar para es­pe­rar nue­vas indicaciones.

El frente cá­lido llegó. Era ve­rano y me lancé. Al­gu­nos gri­ta­ban «¡Ge­ró­nimo!», otros solo un «se largó» y unos po­cos guar­da­ban un si­len­cio como re­zando. Era de no­che y por suerte, cada dos por tres, nos ilu­mi­na­ban con ra­yos, me­ra­mente, para ver nues­tro camino.

Al prin­ci­pio nos es­pe­raba puro campo y pasto que re­gar pero el viento nos tiró para la ciu­dad. Iba aga­rrando ve­lo­ci­dad y ¡zaz!: de­re­cho a los ru­los de una vieja que largó un «justo ahora em­pezó». Sal­pi­qué, caí en la ca­lle y me junté con mis pa­res a ge­ne­rar nues­tro pri­mer charco. Éra­mos el charco en la es­quina de 18 y Ejido. Un clásico.

Los ómni­bus pa­sa­ban y el charco se nos des­ar­maba hasta que fi­nal­mente salté a la boca ca­lle. Fue una como una mon­taña rusa el caer hasta las al­can­ta­ri­llas y co­men­zar ese río ur­bano, en pe­num­bras, un after-​office de go­tas tan un­der­ground que mu­chos le de­cían «El bo­li­che». Es­taba un poco os­curo, con­fieso, pero éra­mos va­rios y la com­pa­ñía ame­ri­taba a to­mar otra al­can­ta­ri­lla. Ha­bía go­tas que se que­da­ron es­tan­ca­das de vie­jas llu­vias y otras, las más ca­lla­das, eran ema­na­cio­nes de tie­rra adentro.

Lle­ga­mos al mar. Nos cam­bia­mos los tra­jes dul­ces para po­ner­nos los sa­la­dos, la tor­menta des­pejó y sa­lió el sol. De re­pente ha­bía ca­lor y me des­va­necí, me des­mayé o algo así. Cuando re­cu­peré el co­no­ci­miento, casi me muero del vér­tigo al ver que es­taba como a quince me­tros del mar y ha­bía adel­ga­zado, per­diendo mu­chas de las mo­lé­cu­las com­pa­ñe­ras. Las po­cas que te­nía es­ta­ban como dispersas.

Subía y subía y las nu­bes se acer­ca­ban hasta que lle­gué a una de ellas, de las más al­tas. Nos re­ci­bió una au­to­ri­dad con un «buen tra­bajo, mu­cha­chos» y esa fue la vez que tra­bajé como gota de agua. Ter­miné agotado.

Hay mu­cha gente que tra­baja y es­tu­dia para ser eso: go­tas pro­fe­sio­na­les. Al­gu­nas se es­pe­cia­li­zan en ali­men­tar plan­tas, hu­me­de­cer la tie­rra, otras solo como mar y te­nía a mi amiga Ro­cío, la gota más linda de to­das. Me con­ta­ron que ha­bía es­cue­las es­pe­cia­les para ser agua en el cuerpo hu­mano, que el ce­re­bro con­tra­taba a un 75% y sólo iban las más sabias.

Me quise ano­tar como lá­grima de al­guna be­lla dama, pero me di­je­ron que un tra­bajo para po­cos: nunca sa­bías si eras de fe­li­ci­dad o tris­teza y te se­ca­ban de un pa­ñue­lazo. Po­bre de vos que co­rrie­ras a un pro­lijo rim­mel.

Ar­gu­menté que se­ría lindo ro­dar por una me­ji­lla y me con­tes­ta­ron que no sea nabo: la me­jor ma­nera de ro­dar es en forma de ca­ri­cia y eva­po­rarse en un beso.

El último 20 de ju­lio se cum­plían unos tan­tos años de la lle­gada del hom­bre a la luna y la NASA me in­vitó al aniver­sa­rio de tal evento. Iba a ser un asado a ori­llas del mis­mí­simo Mar de la Tran­qui­li­dad donde la are­nita es gris polvo lu­nar y el agua, bueno, del mismo ma­te­rial. Se in­vitó a mu­cha gente e in­cluso con­vi­da­ron a par­ti­ci­par a los ru­sos –sí, los de la me­dia­nera – , tam­bién a Arms­trong (y su trom­peta), un par de co­la­dos y cinco extras.

Fue así que me pre­paré para tal su­ceso y so­bre todo, para viaje de tal ca­laña. Tomé mi Fi­tito azul pi­tufo, ese, que bien co­no­ciste cuando te llevé a co­mer ga­lle­ti­tas de coco con el dulce de le­che que tra­jiste para sen­tar­nos en el pas­tito de Champ-​de-​Mars en la última pri­ma­vera, que me acla­raste que los fie­rros de la To­rre Eif­fel eran para lle­gar al cielo y hasta ahí no más, que ape­nas ser­vían para es­cu­pir a al­guna vieja desde arriba o des­ar­mar las nu­bes con las ma­nos y que a Don Gus­tave no se le ocu­rrió un caño desde el tope hasta el piso como los que ba­jan los bom­be­ros cuando hay incendios.

Pero como te de­cía, tomé mi Fi­tito azul pi­tufo, me di­rigí a la pla­cita de jue­gos que está al cos­tado del Cen­tre Pom­pi­dou (que lo lla­maste «La Uni­ver­si­dad del Plo­mero» ¿te acor­dás?) y lo es­ta­cioné frente a las ha­ma­cas. Por­que, como sa­brás, Cle­men­tina, con las rue­das del auto no iba a al­can­zar a luna y bien sa­bés, ade­más, que con lo único que po­de­mos lle­gar a to­dos la­dos es con nues­tras za­pa­ti­llas Con­verse, sí, como las ro­jas que te regalé.

Di­cho y he­cho, cam­bié las cua­tro rue­das por las Con­verse, subí el Fi­tito a una de las ha­ma­cas para to­mar im­pulso y lan­zarme al cielo sin más equi­paje que mi mate, un abrigo por­que en el mar siem­pre hay frío aun­que esté tran­quilo, una li­breta para ano­tar los par­ti­dos de conga, cinco cas­set­tes de no­venta mi­nu­tos y una cá­mara que saca fo­tos para sí misma por­que teme olvidar.

Y la Tie­rra pa­saba de plana a re­donda y el azul mar pa­saba de azul no­che a azul mi­les de estrellas.

El viaje era de tres días y que­ría ha­cer una pa­rada an­tes de lle­gar: vi­si­tar a nues­tra amiga Lucy, sí, la del disco. Así que apunté di­rec­ta­mente a los cie­los de mer­me­lada y en los pri­me­ros árbo­les de man­da­rina ahí la en­con­tré, en­tre dia­man­tes, her­mosa como siem­pre. Di­mos una vuelta en el bote, por el río, y me re­galó una de las cor­ba­tas de es­pejo mien­tras el barco ya era un taxi de ho­jas de dia­rio. Con sus ojos de ca­lei­dos­co­pio, me in­vitó con pas­te­les de mal­va­vis­cos y em­prendí la des­pe­dida ape­nas le re­galé un ramo de flo­res de ce­lo­fán verde y amarillo.

Se­guí viaje y bajé des­pués de la ter­cera órbita. Alu­nicé el Fi­tito al lado de El Águila, tomé mi abrigo y me fui a los fes­te­jos. Es­ta­ban to­dos: desde los que te men­cioné hasta Ju­lio Verne que fue con Im­pey Bar­bi­cane (pre­si­dente del Bal­ti­more Gun-​Club)1 el Ba­rón de Mün­ch­hau­sen y sus ha­bas má­gi­cas2, Hans Pfaall y Ed­gar Allan Poe3, H.C. We­lls4 que lo vi very well, el Dr. Hey­wood Floyd5 que trajo fo­tos del mo­no­lito y contó que Bow­man no pudo ve­nir pero mandó sa­lu­dos a to­dos. Ha­blando de Floyd, Ro­ger Wa­ters6 tam­bién se dio una vuelta y ha­blando de vuel­tas, Mi­chael Co­llins7 pa­saba cada tanto en el Columbia.

Charla va, charla viene; salto va, salto viene y ha­bía al­guien, allá al fondo, que no sa­bía quién era e in­cluso hasta pa­re­cía que na­die lo su­piera. Era un tipo ma­yor, de bi­go­tes y el pelo un tanto largo; de po­lera gris y saco de pana beige pero es­taba le­jos y no lo­graba de­ter­mi­nar quién era. No lo comprendía.

Mien­tras que Jim Lo­vell con­taba por mi­llo­né­sima vez el susto que se pe­ga­ron8 y to­dos mi­ra­ban con cara de pri­mera vez que es­cu­cha­ban ese cuento –por­que como bien sa­bés, en cual­quier asado, cum­plea­ños o reunión de bue­nos ami­gos, los cuen­tos son sólo dos o tres que se re­pi­ten una y otra vez y di­si­mu­la­mos, en­tre ri­sas ver­da­de­ras, el per­fecto co­no­ci­miento que te­ne­mos de esas his­to­rias que nos ilu­mi­nan cada tanto solo para sa­ber que com­par­ti­mos algo, que no es­tu­vi­mos so­los en todo este rato– me di­rigí a ver quién era ese tipo.

En­tre dis­cul­pesper­mi­sos, fui abriendo ca­mino pero cuando lle­gué a donde es­taba ya no es­taba. Se­guí sus hue­llas y atrás de aquel crá­ter lo vi es­ca­pán­dose como es­pí­ritu bur­lón en­tre las es­tre­llas, mas aún no sa­bía quién era.

Fi­nal­mente me perdí en plena luna. Me senté en una roca y vi cómo la Tie­rra cre­ciente ama­ne­cía, que vaya a sa­ber cuán­tos desde allá nos mi­ra­ban ahora y no­so­tros desde acá ilu­mi­ná­ba­mos la te­rres­tre no­che; que de acá sa­lían ins­pi­ra­cio­nes para per­di­dos poe­tas en­tre cinco con­ti­nen­tes y cada sus­piro de acá era una nueva ma­rea en los siete ma­res. Hay tanto mundo para ver pero a ve­ces con­viene bus­carse el mismo arco iris que nos es­pera al fi­nal de la curva9. Ten­drías que sa­ber, Cle­men­tina, lo bueno que es verse desde afuera.

De re­pente, es­cu­ché un grito.

—¡Cui­dado que viene gente que suave se mueve!10

Mi co­ra­zón no pudo más al ver un des­file de per­so­nas, en for­ma­ción com­parsa, agi­tando tra­jes de mil co­lo­res y cam­biando de for­mas, a ve­ces ca­mi­nando más lento y otras más rá­pido, para un lado y para el otro. To­dos se mo­vían y se trans­for­ma­ban en fun­ción de su imaginación.

Le pre­gunté a uno que te­nía ojos de rueda gi­gante y bra­zos de sube y baja qué era lo que es­taba pa­sando y me con­testó que hoy, 19 de se­tiem­bre, era el cum­plea­ños del Rey de la Luna11. Para cuando me ter­minó de con­tes­tar, ya sus pier­nas te­nían forma de ca­le­sita y boca de au­tito chocador.

—¿Quién es el Rey de la Luna? —pregunté.

—An­tes, cuando él vi­vía en el pla­neta que nos mira —me dijo una mu­jer que no de­jaba de ju­gar a la pa­yana, —el Rey de la Luna era Prín­cipe Azul hasta que de­ci­dió que­darse acá, por­que se sen­tía más a gusto, que aquí era como una ca­sita en las Tos­cas, que allá na­die lo entendía.

—Pero ¿y quién es–

—¡Rá­pido! ¡Es­cón­dase! —me in­te­rrum­pió al­guien y de re­pente to­dos des­a­pa­re­cie­ron. Co­rrí atrás de una roca donde es­taba es­con­dida la mu­jer de la payana.

—¿Qué está pa­sando? —pregunté.

—Cada veinte mi­nu­tos ju­ga­mos a la es­con­dida. Si llega a sa­lir no se ol­vide de pi­car por to­dos los compas.

—¿Me po­dría de­cir quién es el Rey de la Luna?

—Ya han pa­sado veinte años y us­te­des, los ra­cio­na­les de la Tie­rra no se han dado cuenta quién es. Agá­chese más que lo van a encontrar.

—Sólo qui­siera sa­ber qui–

—Es aquel, el que está con­tando hasta cuatro.

Asomé atrás de la roca y el hom­bre que es­taba con­tando hasta cua­tro para sa­lir a bus­car­nos era el que bus­caba hoy: po­lera gris, saco ma­rrón y el pelo un tanto largo. Cuando la es­con­dida ter­minó y to­dos vol­vie­ron a sus jue­gos lu­na­res, me acer­qué y él me vio. Su bi­go­tes son­rie­ron y me dio un cassete.

—¿Qué es? ¿Qué tiene? —pregunté.

—Ahí está la con­tu­man­cia —me con­testó. Luego, saltó una ra­yuela de quince ca­si­llas, des­a­pa­re­ció en forma de alma y yo volví al Fi­tito azul pi­tufo para es­cri­birte esta carta y en­viár­tela junto con el cas­sete que me dio Eduardo, el Rey de la Luna.

Es­pero, her­mosa so­brina, que mi má­quina de es­cri­bir te haya he­cho ol­vi­dar de la gripe por un rato y pue­das ha­ber es­tado es­con­dida en luna con­tando hasta cuatro.

Pronto es­ta­rás me­jor y nos ve­re­mos para co­mer ga­lle­ti­tas de coco mien­tras nos con­ta­mos cuál es nues­tro sueño mejor.

Cle­men­tina co­locó el cas­sette, pre­sionó el bo­tón que dice…

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…y vol­vió a leer la carta una vez más.

  1. El 29 de septiembre de 2010, a eso de las 22:31,
    Frèdèric Durhomme apuntó que:

    1

    No­tas al pie.

    1. Ju­lio Verne es au­tor de «De la Te­rre à la Lune Tra­jet di­rect en 97 heu­res» (“De la Tie­rra a la Luna”), fa­mosa no­vela de 1865 en la que se cuenta con bas­tante ri­gor cien­tí­fico, las vi­ci­si­tu­des de un po­si­ble viaje al sa­té­lite. Den­tro de la trama. el per­so­naje Im­pey Bar­bi­cane, pre­si­dente del Bal­ti­more Gun-​Club, fue el de la idea del viaje.

    2. Karl Frie­drich Hie­rony­mus, ba­rón de Mün­ch­hau­sen fue un ale­mán que ter­minó en­lis­tán­dose en el ejér­cito ruso lle­gando a pe­lear con­tra los tur­cos al­re­de­dor de 1750. Al vol­ver a su casa, el ba­rón na­rró his­to­rias asom­bro­sas de sus ha­za­ñas. Es­tos cuen­tos fue­ron re­co­pi­la­dos en 1785 por Ru­dolf Erich Raspe en un li­bro lla­mado «Ba­ron Münchhausen’s Na­rra­tive of his Mar­ve­llous Tra­vels and Cam­paigns in Rus­sia» (“Na­rra­ción de los ma­ra­vi­llo­sos via­jes y cam­pa­ñas del Ba­rón Mün­ch­hau­sen en Ru­sia”). En el ca­pí­tulo 6, Mün­ch­hau­sen viaja hasta la luna me­diante unas ha­bas mágicas.

    3. Ed­gar Allan Poe pu­blicó en 1835 «The un­pa­ra­lle­led ad­ven­ture of one Hans Pfaall» (“Las in­creí­bles aven­tu­ras del inusual Hans Pfaall”) en la que el per­so­naje llega a la luna a tra­vés de un globo aeroestático.

    4. H.G. We­lls pu­blica en 1901 «The first men in the moon» (“Los pri­me­ros hom­bres en la luna”).

    5. Dr. Hey­wood Floyd y Bow­man son per­so­naes de «2001: a space odys­sey» (“2001: una odi­sea es­pa­cial”), no­vela de Art­hur C. Clake y de la que Stan­ley Ku­brick ha­ría su fa­mosa película.

    6. Ro­ger Wa­ters fue el ba­jista de Pink Floyd y com­po­si­tor de las le­tras del álbum «Dark side of the Moon» (“El lado os­curo de la luna”).

    7. Mi­chael Co­llins fue el ter­cer as­tro­nauta del Apo­llo 11 y quedó or­bi­tando al­re­de­dor de la luna en la nave Co­lum­bia mien­tras Neil Arms­trong y Buzz Al­drin rea­li­za­ban la his­tó­rica caminata.

    8. Jim Lo­vell fue el co­man­dante del Apo­llo 13.

    9. «There’s such a lot of world to see we’re af­ter the same rainbow’s end wai­tin’ ’round the bend» (“Hay tanto mundo para ver, los dos bus­ca­mos el mismo arco iris que nos aguarda al fi­nal de la curva”) es un verso de «Moon Ri­ver», can­ción de Johnny Mer­cer y Henry Man­cini y era el tema prin­ci­pal de «Break­fast at Tiffany’s» pe­lí­cula de 1961 donde ac­túa Au­drey Hepburn.

    10. «Cui­dado que viene gente que suave se mueve» es un verso de «Yu­lelé», tema de Eduardo Mateo.

    11. «El rey de la luna» es un tema de Mar­tina Gadea.

    Fi­nal­mente, el tema que Dur­homme le grabó en un cas­sette para su so­brina Cle­men­tina, es «Prín­cipe azul» de Eduardo Ma­teo (el Rey de la Luna) con le­tra de Ho­ra­cio Bus­ca­glia. Fue para la época en que Ma­teo es­taba en El Kinto Con­junto, circa de 1968.

    Más o me­nos dice así:

    «Sue­ñas el prín­cipe azul, nena chi­quita eres tú. Luna de queso ten­drás donde la luna sal­drá. Sue­nan las doce y ten­drás za­pa­ti­tos de cris­tal. Prín­cipe azul ya ven­drá, ra­ton­ci­tos lo traerán».

    «Cuando des­pier­tes del sueño ya no ten­drá luna el cielo, de­bes bus­car ese beso. Si­gue tu sueño me­jor, bos­que en­can­tado ten­drás junto al co­nejo Tam­bor, blan­cas ar­di­llas vendrán».

  2. El 30 de septiembre de 2010, a eso de las 11:25,
    Mrsaouda apuntó que:

    2

    Suena me­jor re­la­tado en vivo que con la voz do­blada al es­pa­ñol de mi mente. Lo adoré de to­dos mo­dos. En­vi­dio a su so­brina, aun­que yo tam­bién me en­con­tré de re­pente pa­seando en­tre ro­cas lunares.

  3. El 30 de septiembre de 2010, a eso de las 22:31,
    Miss Marple apuntó que:

    3

    Dí­gale tam­bién a su so­brina que Bor­ges es­cri­bió más de un poema so­bre la luna y que en uno dice:

    «Cuenta la his­to­ria que en aquel pa­sado
    Tiempo en que su­ce­die­ron tan­tas co­sas
    Reales, ima­gi­na­rias y du­do­sas,
    Un hom­bre con­ci­bió el des­me­su­rado
    Pro­yecto de ci­frar el uni­verso
    En un li­bro y con ímpetu in­fi­nito
    Eri­gió el alto y ar­duo ma­nus­crito
    Y limó y de­clamó el último verso.
    Gra­cias iba a ren­dir a la for­tuna
    Cuando al al­zar los ojos vio un bru­ñido
    Disco en el aire y com­pren­dió, atur­dido,
    Que se ha­bía ol­vi­dado de la luna.
    La his­to­ria que he na­rrado aun­que fin­gida,
    Bien puede fi­gu­rar el ma­le­fi­cio
    De cuan­tos ejer­ce­mos el ofi­cio
    De cam­biar en pa­la­bras nues­tra vida»

    Por suerte, Dur­homme , a poco de em­pe­zar su obra magna no ha caído en el error del que quiso ci­frar el uni­verso en un li­bro y se ol­vidó de la luna :)

    Como di­ría Jaz­mín Parga: «nada más que excelente».

  4. El 5 de diciembre de 2010, a eso de las 20:49,
    Luisa Lane apuntó que:

    4

    Me en­cantó

  5. El 8 de octubre de 2011, a eso de las 01:40,
    Zobeid@ apuntó que:

    5

    Es­criba aquí su nota al pie (haga clíck, anímese)

Carta al lector

Paris, IXe arrondissement D
29 de septiembre de 2010

Cher lecteur:

Luego del encuentro que protagonizamos en el burdel de mala muerte de la calle Saint Très Putain, y antes de manchar los manuscritos con grandes aureolas violáceas-bordeaux de vino Berrete —las cuales acusó como «meras manifestaciones de un neoplasticismo amanerado»—, adjunto en este sobre los borradores del último capítulo de MediaTinta, «De la carta a la luna», del cual conjeturo ya habrá tenido la gentileza de leer.&mdash

Le ruego, estimado lector, que en caso de anhelar la publicación de una observación, apostilla, nota, comentario, glosa, coletilla, postilla, pastilla, tableta, comprimido o blíster, tenga la amabilidad de enviarnos una carta al Apartado de Correos bsmseinte mnsdueve sfvmsfydos tresochodos.&mdash

Por otro parte, anexo junto a este sobre cinco mil francos en pro de amortiguar los daños que en forma de vino, la tela su traje absorbió con todo éxito.&mdash

Recevez mes salutations distinguées:

Frèdèric Durhomme.-

Carta al escritor

Usted ya sabe dónde
09 de octubre de 2011

Frèdèric Durhomme.-
http://mediatinta.info.-
De mi menor consideración:

Atentamente: