—Marcel Duchamp fue un artista y un anarquista del arte. Era de esos anormales que cambiaron a la disciplina como Picasso en pintura o Rodin en escultura.
La quietud e inmaculada atmósfera seria casi de hospital, entre pasillos de parquet y silencios solemnes con la respiración regulada por el aire acondicionado, en la atónita calma del «no entiendo nada» pero «acá somos todos cultos», es cómo vamos por cualquier museo o galería de arte del mundo.
«Este de acá me gusta» y «este es una cagada» y como cinco «no entendí nada». Por ahora objetos conocidos: cuadros, esculturas y algún alambre torcido con forma de ésta última y todos tan desconocidos como el arte mismo. Sin embargo, esto no es lo peor.
En la segunda década del siglo XX, algunos visitantes de estos museos, vieron cómo se exponían un urinario, una rueda de bicicleta sobre un taburete y un rack de botellas. Objetos cotidianos puestos en una galería seria.
—Esto lo puedo hacer yo mismo —dijo alguno y un —me están cagando —se escuchó al fondo. Esto no es lindo. Esto no expresa nada. Esto no es arte.
—Pero está en el museo y tiene la firma del artista —acotó el guía. —¡Ah! —dijo una vieja —debe ser importante.
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