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Ensayos sobre arte escritos por Frèdèric Durhomme, en los cuales admite sus técnicas para crear textos, así como también, para afanarlos con todo éxito.

Marcel Duchamp en Nueva York, marzo de 1952.

El anartista

—Mar­cel Du­champ fue un ar­tista y un anar­quista del arte. Era de esos anor­ma­les que cam­bia­ron a la dis­ci­plina como Pi­casso en pin­tura o Ro­din en escultura.

La quie­tud e in­ma­cu­lada at­mós­fera se­ria casi de hos­pi­tal, en­tre pa­si­llos de par­quet y si­len­cios so­lem­nes con la res­pi­ra­ción re­gu­lada por el aire acon­di­cio­nado, en la ató­nita calma del «no en­tiendo nada» pero «acá so­mos to­dos cul­tos», es cómo va­mos por cual­quier mu­seo o ga­le­ría de arte del mundo.

«Este de acá me gusta» y «este es una ca­gada» y como cinco «no en­tendí nada». Por ahora ob­je­tos co­no­ci­dos: cua­dros, es­cul­tu­ras y al­gún alam­bre tor­cido con forma de ésta última y to­dos tan des­co­no­ci­dos como el arte mismo. Sin em­bargo, esto no es lo peor.

En la se­gunda dé­cada del si­glo XX, al­gu­nos vi­si­tan­tes de es­tos mu­seos, vie­ron cómo se ex­po­nían un uri­na­rio, una rueda de bi­ci­cleta so­bre un ta­bu­rete y un rack de bo­te­llas. Ob­je­tos co­ti­dia­nos pues­tos en una ga­le­ría seria.

—Esto lo puedo ha­cer yo mismo —dijo al­guno y un —me es­tán ca­gando —se es­cu­chó al fondo. Esto no es lindo. Esto no ex­presa nada. Esto no es arte.

—Pero está en el mu­seo y tiene la firma del ar­tista —acotó el guía. —¡Ah! —dijo una vieja —debe ser im­por­tante.
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